Autor: Fernández Ardavín, Luis. 
   Carta abierta a don Francisco de Cossío     
 
 ABC.    28/07/1960.  Página: 37. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

A B C. JUEVES 28 DE JULIO DE 1966: EBK3KM* DE TLA MAÑANA. I»Atí» 31

CARTA ABIERTA A DON FRANCISCO DE COSSIO

De las contadas plumas españolas qite aún quedan´con raigambre campesina, una es la suya, castellano amigo. Duele pensar que la mayor parte de sus páginas, muy muchas ortológicas, vayan a quedar en el olvido, por rosón de haberse pergeñado para nutrir efímeras columnas de la Prensa diaria. Amó usted el periodismo con fiebre apasionada,, y descuidó sus libros, tan parcos y contados como valiosos. Y ni siquiera la Academia se ha decidido a consagrar "de oficio" lo ejemplar de su verbo y de su estilo. Pero usted . sabe mtty bien, como lo sabemos todos, que nadie ítay que le vaya, por delante cuando a escribir se pone} y menos aún si lo hace .pa?.f£uro esparcimiento, contemplando el paisaje de su tierra nativa—que ncr es vallisoletana, sino del agro segoviano—o vagando y soñando por las viejas ciudades de Castilla. ¿Quién cantará mejor la- belleza sin limites del cereal y extenso sembradío ? ¿Quién, sus horizontes dilatados, de suavísimas lomas y lejanías onduladas?

LA, meseta central, incluyendo la Mancha, se ftíe quedando sin cantores. Ya no estará Unamuno junto oí Tormes haciendo más le-tra^á su campiña. Ni la desnuda Soria de Numancia--dictará nuevas rimas a Machado.´1 N~i siquiera "Azorin", gran andariego, Quiere volver sobre las rutas cervantinas. Sólo usted, gran cantor de la, tierra del pan, •nos queda hoy para captar crepúsculos por las orillas del Pisuerga, y nostalgias de cosechas a brasa cpte lograron labriegos de Rioseco y Peñafiel. ¡Pocos ya, también, estos labriegos Porque-la máquina los puede. •´-¥~~&r~&ificil fimtártos en aquel laboreo colectK/ipde -ai^thíío, cuando el tractor poderoso y´-la rüfidá sembradora no exigen más de u» fiambre a su manejo. Por suerte_ para España y para la riqueza de sus predios, la máquina va entrando en la labranza. Pero ello plantea, la, deserción constante. La huida del jornalero a las ciudades. Y ¿qué hará usted ¿tttonces, mi admirado Cossío, cuando no tenga con quién hablar, al volver de sus grandes foseas vesperales, deteniéndose en las lindes del pueblo, en la, arcaica plazuela del concejo o en el gran patio de labor, ajetreado y ruidoso, lleno de yuntas de anchas ancas y de carros que cabecean, como grandes navios, cargadas, a rebosar, sus altas redes con las prietas gavillas de la siega? ¡Es tan. desolador y depresivo visitar un pueblo vacio! Precisamente en esa "Soria •fría1*, a que antes aludí, contemplé el espectáculo dramático de un Calatañazor sin habitantes casi. (¡ Aquella plaza fuerte que fue la roía de Almanzor!)

Explicábalo el cura—uno da los pocos que aún inoraban allí—por la miseria en que se hallaban. La deserción que yo ahora temo no será Por miseria, pues la riqueza y la abundansa ha-bfán acabado con ella. Pero sobrando brazos, ¿qué van a hacer los que attí esténf

El hecho es, mi nunca bien ponderado cronista, que iodo cambia en el mundo, y que aquella infinita llanura, Por si misma solitaria y austera, que tanto dig que hacer a los del noventa y ocho, es otra tnuy distinta desde entonces, y que no podrá usted escribir sobre ella como en sus años, mozos. Siempre queda el paisaje, bien lo sé. Y éste fue el teína predilecto de sus muchos artículos. El Paisaje... y la vida cotidiana de las pequeñas capitales. El café provinciano, un (íía suntuoso, con sus salones de billar y ¡sus mesas de dominó; con sus partida^, de tresillo y sus tertulias burocráticas. La, ´.redftción local, del modesto diario, con enconadas discusiones y ruido de platinas en los sóíanós. El casinillo, con su sala de actos, a la- ves ateneo. Las ferias de ganados y las fiestas mayores, con sus abigarradas multitudes de sayas rojas y capotes pardos. Las horas coloquiales, saboreadas por usted, con el artista de paso p con el amigo predilecto. Las de su trabajo silencioso y querido, en su casona, entre sus libros bien amados, contemplando, a través de la ventana, los ultimes fulgores de -un ocaso que dilata las sombras violetas sobre los largos surcos en barbecho. El otoño, el invierno, el verano. La primavera entre los pinos. Pinos piñoneros de Olmedo y de Medina, con totovías mañaneras y arroyuelos claros. Sepúlveda, donde usted nació. La, áspera Sepúlveda,, señorial y villana, de sus antepasados linajudos; de crudas estaciones, deudas o abrasadoras. Con soportales y murallas, con capeas y trágicas corridas circundadas de carretones y tablados. Y V´alladolid, Capital de toda la llanura. Centro del bien ¡¿ablar y del mejor decir. Venero de un lenguaje que a-üi no hicieron escritores, sino la gleba y el burgo, el artesano y el mesero, el arriero y el mercader. Palpitante de viejas sentencias a lo Rabí Don Sem Tob el malicioso; de refranes y de proverbios; de cantares de arada -y bina, y de romances de Monleón. £/« lenguaje que no´hicieron escritores, pero que hizo ¿séniores como usted, granado etttí con el mejor idioma. féattadoHd. Roma y ´Florencia de los i>fafgín§rí> españoles, tan amados ¿e usted*

Todo esto ha pasado por su pítima, día a día, durante muchos años. Por entonces llevaba usted capa- azul de esclavina, con buen ribete de agremán y sendos broches de; placa repujada. Por entonces llevaba usted hon-fjo color avellana, o negro, sefiúñ pitaban las ceremonias y conforme compelía a aqueUos tiempos. Un día dejó usted la capa y se despojó del.hongo. Quizá su indumentaria, .resultaba, anacrónica y así lo comprendió.

Pero lo que no resulta anacrónico, ni pasado de moda, sino actual y tvvo, más ejemplar cada día y más aleccionador, por mil años que pasen, es su manera de escribir, limpia, noble, señora, rica y substanciosa, sin arcaísmos ni retrocesos, pero sin concesiones ni fisuras. Defiende usted su estilo y sus vocablos, como ha defendido su libertad de pensamiento, su independencia, su personalidad inconfundible. Nada, gregario en SH labor. Nada sumad.o a grupos o tendencias, Por norma moral, su profundo catolicismo Por norma de acción, su hidalguía intacha ble. Se ha forjado usted mismo, y hace muy lien en no consentir que nadie melle su metal.

Yo quisiera tener un hongo como el suyo, para descubrirme ante usted con toda ceremonia, elevándole sobre tui cabeza, asido por el ala, y haciéndolo rotar hacia adel-ante hasta- que tocara mi rodilla. Pero con los sombreros que hoy se usan, de suyo f lácidas y flexibles, es imposible un saludo bien mimado. Délo usted por hecho con la mímica más expresiva, y reconóscame por su siempre rendido´ y constante lector.

¡Ati! Se m-e olvidaba. Todo ¿sto lo he dicho porque acabo de leer ese magnífico libro de memorias que, con el título "Confesiones", ha esfrito usted, para recreo mies» tro.—Luis FERNANDEZ ARDAVIN.

 

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