Autor: Romano, Juan José. 
 Tras 15 meses de avatares, los trabajadores se convierten en accionistas. 
 IRIMO, una sociedad laboral para salir de una larga crisis     
 
 Diario 16.    21/09/1979.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 22. 

Tras 15 meses de avalares, los trabajadores se convierten en accionistas

IRÍMO, una sociedad laboral para salir de una larga crisis

Juan José Romano

BILBAO, 21 (Corresponsal D16).- Los 250 millones de pesetas concedidos por el Ministerio de Trabajo, con cargo al Fondo de Protección al Trabajo, a la empresa guipuzcoana Herramientas IRIMO ha supuesto un nuevo enfoque de financiación de la idea franquista subtitulada «Sociedades laborales». Un nuevo concepto de participación de los trabajadores en la empresa, considerando «como un nuevo intento de paliar la conflictividad laboral» por el propio comité de empresa de la factoría ubicada en Villareal de Urretxua.

La propia aceptación de este sistema de salvación ha ocasionado un cúmulo de acusaciones de las restantes empresas en crisis a los trabajadores de IRIMO. Ellos mismos se defienden argumentando que «la aceptación de este sistema es únicamente temporal y se consideró porque no había tiempo para obtener otros medios de mantener el empleo». La «solución burguesa» obtuvo el rechazo, al principio, de todas las centrales sindicales, al tiempo que el apoyo concreto en el caso de esta empresa guipuzcoana. La dirección de IRIMO, materializada en la figura de Ramón Iriondo, se encuentra satisfecha de la fórmula. Los miembros del comité haber sustentado el puesto de trabajo de 580 obreros, aunque consideran que «la sociedad laboral es una fórmula transitoria».

Quince meses en la picota

Durante quince meses, los casi seiscientos trabajadores de IRIMO, sus familias y toda la población de Urretxua, han estado expectantes ante los acontecimientos de la factoría. Se sabía de antemano que todo iba mal, que los proveedores de acero no suministraban, que los acreedores ostigabán el pago y que la crisis no dejaba levantar cabeza. El expediente de suspensión de pagos pesaba desde febrero de 1978, y dos meses más tarde, se aceptaría por la delegación ministerial el expediente de regulación de empleo que afectaba al 50 por 100 de la plantilla.

Apenas unos meses antes, la antigua dirección había tenido un momento de optimismo y euforia, ante la recomendación de los organismos oficiales en el sentido de que era necesario aumentar la producción de forjas. Suponía para IRIMO potenciar su 45 por 100 de producción, ante las perspectivas de nuevos pedidos, y se construyeron dos pabellones nuevos por pesetas. «Los pabellones nunca se han utilizado», según el comité, y a raíz de esta ampliación «se produjo un ahogo financiero», según su director.

El deterioro de la situación se agravó con la dejación del Banco de Santander como principal soporte bancario y los cien días de huelga que mantuvieron los trabajadores de IRIMO, «ante la cerrazón de los anteriores gerentes, que se negaban a aumentar los salarios en tres mil pesetas, lo que suponía ponerlos a los mismos niveles que otras empresas de Guipúzcoa», manifestaron los miembros del comité. Corrían entonces los primeros meses de 1976 y era ministro de gobernación Manuel Fraga Iribarne, «coincidiendo todo con los sucesos de Vitoria».

Junio del 78

Con la espada de Damocles del cierre se llega a Herramientas IRIMO a mediados de 1978. Fecha clave, con la contratación como director, consejero-delegado y presidente de la sociedad de Ramón Iriondo. Joven eibarrés que no ha cumplido los cuarenta, su primera condición fue solicitar plenos poderes, que le fueron concedidos.

«Lo primero que hice fue pedir unos meses de plazo para poder hacer un diagnóstico de la empresa», declaró Iriondo a D16. «Después, establecí tres premisas para una posible salida a la crisis de IRIMO: obtener de los proveedores el aplazamiento de noventa días para el pago, garantías financieras de que el papel comercial se negociase sin retenciones, y el compromiso del apoyo del personal.»

sobre ruedas. Proveedores y entidades financieras dieron su sí que, paulatinamente, fue convirtiéndose en negativa hasta que, en agosto de 1978, los trabajadores de la plantilla dieron el paso adelante y se comprometieron a ser ellos quienes salvaran la empresa. «Pero fue el aferramos a un plan de urgencia. Llevábamos un tríes sin recibir material, con más de mil millones de pasivo y debíamos buscar una salida a corto plazo», manifestaron a nuestro periódico los miembros del comité de empresa.

«El acuerdo con los trabajadores consistió en una retención de salarios por parte de la empresa, de forma proporcional progresiva, que en general viene a ser de un veinticinco por ciento», puntualizó Iriondo. Se inició el proceso en septiembre del pasado año y, un mes más tarde, bancos, Cajas de Ahorro y proveedores dieron el visto bueno a la formación de un «pool» de apoyo. Sólo el retraimiento del Banco de Bilbao provocó una acción de protesta por parte de los trabajadores, pero la situación se solventó en pocas horas.

Ventanillas ministeriales

A partir de este momento, ¡os proyectos de Ramón Iriondo fueron dirigidos a la consecución de un apoyo de la Administración Central, que se canalizó a través del Ministerio de Trabajo con el trampolín del CGV. «En noviembre de 1978 habíamos hecho un diagnóstico de la situación y programado un plan de saneamiento de IRIMO. Con ese bagage nos dirigimos a Madrid, donde se nos aconsejó la constitución de una sociedad laboral», declaró Iriondo a D16. Quedaba por resolver el problema legal de las sociedades mixtas, puesto que la normativa para conceder el préstamo mantenía que debía tratarse de empresas en las que la totalidad de las acciones estuviesen en manos de los trabajadores.

El Ministerio dirigido

Calvo Ortega exigía, además, una serie de garantías. Hasta el 27 de marzo de 1979 no se consiguió el visto bueno de la Secretaría General del Fondo de Protección al Trabajo. Como queriendo atar cabos, la dirección de IRIMO remitió, a mediados del último mes de junio, un nuevo informe que superaba favorablemente a lo requerido por el gabinete técnico ministerial. Proveedores, acreedores y entidades financieras se prodigaron en conceder facilidades y se perfeccionó el sistema de reducción de plantilla. Ya sólo restaba el último paso: la aprobación por el Ministerio y la ratificación en el Consejo de Ministros.

Pasaron las vacaciones y Rafael Calvo Ortega volvió a su despacho. La dirección de IRIMO, con Ramón Iriondo a la cabeza, atacó

de frente y solicitó una entrevista con el ministro. Todo eran pegas y «vuelva usted mañana». Pero la insistencia del joven empresario vasco dio su fruto y Calvo Ortega le recibió «sonriente y a la defensiva». Consideraba el ministro que la petición de la empresa vasca era demasiado alta, habida cuenta que el presupuesto del Fondo ascendía a 2.500 millones para el actual ejercicio. Tras dos horas y media de discusiones, Iriondo consiguió su propósito, es decir, el préstamo de 250 millones de pesetas.

El encanto de ser accionista

En su despacho de apenas 16 metros cuadrados, una mesa, tres sillas, un armario, un archivador y las paredes vacias a excepcion de un modesto calendario, Ramón Iriondo relató optimista los posteriores procesos que debía sufrir IRIMO para salir de este atolladero. «Inicialmente, debemos suscribir las escrituras del préstamo y ése será el momento en que los trabajadores adopten la condición de accionistas. A partir de ahí será preciso conformar el consejo de administración que, según las primeras premisas, seguirá un criterio de eficacia en su formación.»

El comité de empresa parece haber escuchado las palabras de su director. «El consejo de administración estará formado por técnicos y las centrales sindicales seguirán desarbolando su labor propia»,

manifestaron a DI6. CCOO, UGT, ELA y LAB, representadas en el comité, habían puesto mala cara a la sociedad laboral, pero los dirigentes sindicales comprendieron las razones expuestas para sustentar en puesto de trabajo. El propio Iriondo relató a nuestro periódico cómo vendió el producto: «Si se cerraba la empresa, como era más que previsible, la plantilla debería acogerse al seguro de desempleo, con una percepción durante 18 meses del 75 por 100 de su salario. Oferté, entonces, la percepción de ese porcentaje con la posibilidad de alargar el plazo y de asegurar, incluso, el puesto de trabajo. La respuesta fue unánime.»

El apoyo material de los trabajadores, que viene a ser unos 6 millones mensuales, ha supuesto un gran esfuerzo entre la plantilla en los últimos meses.

Esfuerzo agravado por la situación de reducción de jornada que sigue implantada. Pero, curiosamente, sólo un par de grandes jefes han desertado del esfuerzo colectivo. El resto sigue en la brecha y de 580 de plantilla, 550 han apuntado su nombre como nuevos accionistas.

La solución, mañana

Ni dirección ni comité de empresa quieren aventurar una fecha de posible solución del problema. «Se arrastraba un grave problema financiero; ha sido preciso reducir la plantilla en el mismo número de trabajadores que impuso la antigua dirección, debemos un montón de millones y la crisis general incide más seria- ´ mente en nuestro sector.»

No tenemos ni ¿dea oe cuándo y cómo Se solucionará nuestro problema», manifestaron los miembros del comité. Ramón Iriondo, el director de IRIMO, habló de la situación del sector y de la coyuntura económica nacional.

Lo cierto es que, de los 250 millones prestados por la Administración central, al menos 80 irán a parar a la compra de nuevas maquinarias con las que hacer frente a la competencia exterior. Además, hay un capital destinado al capítulo de inversiones. «Tenemos a nuestro favor que IRIMO era una empresa sólida entre las entidades financieras, antes de la crisis, y sigue contando con una cierta confianza.» Aventuraron los miembros del comité. Por el momento siguen perdiendo 8 millones semanales y todos los esfuerzos se centran en eliminar ese negativo para que la factoría no se cierre.

El plazo máximo está en esos diez años al final de los cuales, los trabajadores de IRIMO, ahora también accionistas, deben haber cubierto su deuda con el Estado. Diez años para sacar a IRIMO del ojo del huracán económico en que está metido el sector de la máquina herramienta. Diez años al final de los cuales, el actual comité de empresa deje entrever que lo mejor sería dejar de ser «capitalistas» y seguir en la lucha, sólo aplazada por la urgencia de mantener un puesto de trabajo que, de perderse," hubiese empobrecido a una buena parte de la guipuzcoana comarca del Alto Goiherri.

 

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