Autor: Sempere, Joaquim. 
   "Eurocomunismo" y leninismo     
 
 El País.    21/04/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

TRIBUNA LIBRE

"Eurocomunismo" y leninismo

JOAQUIM SEMPERE - Miembro del Comité Ejecutivo del PSUC

La querella en torno al leninismo entre los comunistas españoles, vista desde fuera, puede parecer puro

bizantinismo. Algunos observadores, perdidos en la maraña bizantina, han interpretado la polémica como

una oposición entre «eurocomunistas» y «leninistas».

Las cosas no van por ahí. Me atrevería a decir que la inmensa mayoría de los cuadros y militantes activos

del PCE y del PSUC, tanto si han votado a favor o en contra de la inclusión del término «leninista» en la

definición del PCE, se identifican plenamente con el llamado «eurocomunismo». El refuerzo más

contundente a esta opinión es el hecho de que el Comité Central del PSUC haya aprobado una resolución

donde se estima que no hay diferencias de fondo entre la definición propuesta para el PCE («partido

marxista revolucionario») y la aprobada el pasado noviembre por el IV Congreso del PSUC (partido

basado «en el marxismo, el leninismo y otras aportaciones de la práctica y el pensamiento

revolucionarios»).

Las polémicas, a veces agrias, han girado más bien sobre la oportunidad de un cambio tan rotundo, sobre

el desconcierto que ha sembrado en las filas del partido y sobre la ligereza intelectual de un debate que

exigía más estudio y reflexión. La defensa del «leninismo» ha servido, en no pocas ocasiones, para

expresar el temor a una evolución del partido hacia la derecha, sin poner por ello en duda la justeza del

«eurocomunismo».

No se trata, pues, si exceptuamos casos muy minoritarios y marginales, de una oposición entre

«eurocomunistas» y «leninistas», sino de la manifestación de divergencias en la manera de entender

varios problemas, siempre dentro del marco del «eurocomunismo».

El «eurocomunismo» - expresión nada exacta, pero útil - no es otra cosa que el comunismo apto para

países capitalistas muy desarrollados. Más allá de sus insuficiencias de elaboración (que son muchas),

más allá de sus variantes nacionales y de su diversidad táctica, es una corriente de renovación profunda en

el seno del movimiento comunista. Es una corriente que se esfuerza por elaborar y llevar a la práctica una

política comunista independiente y adaptada al Occidente europeo (y a otros países como el Japón), libre

de la seducción ejercida durante años sobre el comunismo europeo por el modelo soviético de revolución

y de socialismo.

El «eurocomunismo» ha puesto en revisión o ha abandonado ideas de Lenin. y no ahora, sino desde hace

muchos años. Revisar, criticar a los fundadores, innovar, es una práctica elemental y lógica en todo

movimiento que pretenda influir sobre la realidad: lo contrario es propio más bien de una secta.

La rectificación más importante hecha por el «eurocomunismo» se refiere a las relaciones entre

democracia y socialismo. Frente a la infravaloración bolchevique de las libertades políticas, los

comunistas hemos tenido que rectificar a la luz de dos experiencias traumáticas. La primera fue la del

nazifascismo, que reveló claramente que la democracia burguesa, por muy burguesa que sea, es mil veces

preferible a la dictadura terrorista del gran capital bajo forma de fascismo. El corolario es que la defensa

de la democracia política - aun en régimen capitalista -es un deber inexcusable del movimiento obrero. La

segunda experiencia traumática fue la del estalinismo, que mostró cómo un régimen genuinamente

popular y democrático en sus inicios puede degenerar hacia un estado tiránico y totalitario si no se

aseguran los mecanismos de control y de participación democrática de todo el pueblo.

De ahí la conclusión: 1) al socialismo hay que ir por una vía democrática, que conserve y amplíe las

libertades ya existentes, a la vez que se introducen las medidas sociales y económicas contra el capital, y

2) la democracia es consustancial al socialismo, el cual no florece ni se desarrolla sin libertades.

El comunismo del occidente europeo ha tenido que replantearse muchas otras cosas. Habla de

«transformación democrática del Estado» y no de «destrucción del Estado» - según expresión de Marx y

de Lenin -, como corresponde al Estado mucho más complejo de las sociedades desarrolladas de hoy. No

contrapone «reformas» a «revolución», sino que ve en las reformas un paso obligado y positivo que

permiten a la vez mejorar las condiciones de vida del pueblo y acumular fuerzas para los enfrentamientos

decisivos. Da una gran importancia al combate por una nueva cultura, por nuevas ideas y nuevos valores

de signo socialista, aun antes de tener el poder político. Sitúa su lucha en un marco internacional

dominado aún por el imperialismo, pero donde las guerras generalizadas son más improbables debido a la

existencia del campo socialista y a las armas nucleares.

¿Quiere esto decir que con esta revisión, nos colocamos en las posiciones de la socialdemocracia? Es

obvio que no. Lo que sí hacemos es abandonar el exclusivismo con que en otras épocas nos atribuíamos la

representación de la clase obrera. Tratamos de ser más receptivos respecto a la experiencia de otros, en

particular de los socialistas. Y aspiramos - en un plazo que no puede ser breve - a rehacer

la unidad de socialistas y comunistas rota en 1927-1919. Pero pensamos que los demás también tienen

que aprender de nosotros. Nuestra concepción del partido como instrumento militante de organización y

movilización de las masas obreras y populares, nuestra más decidida capacidad de antagonismo al sistema

burgués, nuestro mayor sentido internacionalista, nuestro arraigo más concreto y activo en la clase obrera

son, entre otras, algunas de las aportaciones que podemos hacer, que hacemos ya. al movimiento obrero

en su conjunto.

Este acervo, que nos distingue de los partidos socialistas (sin desconocer que entre éstos hay diferencias),

tiene que ver con nuestra matriz leninista. No porque imitemos miméticamente lo que Lenin hizo en

Rusia, sino porque él fue el máximo dirigente de la ruptura, en 1917-1919. con una socialdemocracia que

había perdido el nervio obrerista, militante e internacionalista que hacía falta para oponerse al delirio

chovinista que las burguesías imperialistas supieron infundir a sus pueblos en 1914 para lanzarlos a una

guerra mortífera.

Reclamarse hoy de Lenin, para nosotros, no creo que sea obstáculo ni para convencer a la gente de

nuestro radical y sincero compromiso con la democracia política, ni para aproximarnos a los socialistas.

Por esto pienso que el debate en torno al leninismo ha sido mal planteado en el PCE. «Nos encontramos

frente a quien nos quiere hacer jurar sobre el leninismo y frente a quien nos pide que abjuremos de él»,

dice Giorgio Napolitano, destacado dirigente del PC italiano. Y sigue diciendo: «Nosotros creemos que

son inaceptables una y otra posición». De hecho, las propias tesis para el IX Congreso del PCE así lo

reconocen al afirmar, unas líneas más abajo de la definición del partido como «partido marxista

revolucionario y democrático», que «nos consideramos herederos de quienes, encabezados por Lenin,

supieron dirigir la primera revolución socialista del mundo».

 

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