Autor: Duverger, Maurice. 
   El eurocomunismo y Francia     
 
 El País.    10/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

El eurocomunismo y Francia

MAURICE DUVERGER

¿Por qué ha renunciado el PCF a participar en el coloquio sobre el eurocomunismo que acaba de reunir,

en Lugano, a politicólogos alemanes, franceses, italianos y suizos, con los representantes de los partidos

hermanos? Había sido invitado lo mismo que el PCI, que envió al senador Lombardo-Radice, miembro

del Comité Central; lo mismo que el PCE, que se hizo representar por Manuel Azcárate, miembro del

Comité Ejecutivo, responsable de las relaciones internacionales, director de la revista teórica del partido.

Volveremos a referirnos a esta ausencia, que ha sorprendido a todo el mundo.

Dos días de debate han puesto de manifiesto que el eurocomunismo sigue siendo un concepto vago.

Corresponde a cierta voluntad de independencia respecto a la URSS y de adhesión al pluralismo político

de Occidente. Pero esta tendencia general se manifiesta con formas y graduaciones muy desiguales. Los

españoles van mucho más lejos que sus colegas en este camino. Consideran que «el Estado soviético no

es un Estado socialista, sino un Estado burocrático autoritario, donde unos pocos dominan a las masas de

trabajadores». Los italianos no toman una postura oficial a este respecto. Algunos estiman que la URSS

es una «sociedad de transición», otros que es «un socialismo de Estado». Como es sabido, en la reunión

celebrada en Madrid, en marzo de 1977, Georges Marcháis afirmó, por su parte, que «en Moscú hay una

cierta democracia socialista». Claude Poperen, miembro del Comité Central del PCF, declaraba el 8 de

noviembre pasado, ante los micrófonos de Europa I, que la Unión Soviética no era una dictadura.

Las intervenciones de Manuel Azcárate revistieron particular interés en el plano de la teoría marxista, que

gobierna toda la evolución de los partidos dominados por una ideología que tienden a confundir con una

ciencia. Azcárate, con audacia y originalidad, describió el futuro Estado socialista democrático como un

«Estado sin ideología», y como un Estado donde habrían de coexistir dos sectores económicos, uno de los

cuales fundado en la iniciativa privada «cuyo valor ha sido demostrado por la experiencia en las

sociedades desarrolladas». En torno a estas palabras se percibe un esfuerzo real de profundización

doctrinal, que sigue siendo mucho más limitado en el comunismo italiano y mucho más aún en el francés.

No obstante, el senador Lombardo Radice ha subrayado con insistencia que el PCI no se considera el

único representante de una clase obrera que se expresa también a través de otros partidos. Afirmó que este

pluralismo era normal, lo que constituye una innovación de capital importancia en relación con la

ortodoxia marxista. En una discusión con uno de sus camaradas del PCF - este punto constituyó su único

desacuerdo importante -, el comunista francés no admitía que el partido socialista pudiera tener también

su base obrera. En cambio, el delegado del PCE dijo, más o menos, lo mismo que el del PCI, pero en

forma diferente, explicando que miles y miles de trabajadores están, de hecho, integrados en el Estado

democrático occidental.

Los españoles destacaron en relación con otra cuestión esencial. El profesor Timmerman había subrayado

que hay un pluralismo escondido en el seno de los partidos comunistas, incluso en los más monolíticos.

Varios asistentes recordaron la diversidad relativa del PCI, pero sólo Manuel Azcárate puso en claro el

problema de la transformación de la estructura del partido, ne cesaría para que éste se adapte a una

sociedad democrática. Señaló que el próximo congreso del PCE emprenderá una verdadera

democratización interior de la organización. Todo ello no hace más que poner de manifiesto un poco más

evidentemente la rigidez del PCF, que la campaña antisocialista ha hecho reaparecer ante los ojos de

todos, tras algunas tímidas tentativas de suavización.

En último análisis, los debates de Lugano han arrojado alguna luz sobre el tema de la defección del

Partido Comunista francés y sobre la decisión de romper la unión de la izquierda el 23 de septiembre de

1977. Han mostrado que el eurocomunismo constituye probablemente una evolución a largo plazo en la

que están envueltos todos los partidos de Occidente. Esta evolución los alejará más y más de las

dictaduras de tipo soviético. Los integrará más y más en la democracia pluralista. El proceso parece

ineludible. Pero se desarrollará de manera lenta y no está más que en sus balbuceos. Sólo el Partido

Comunista español ha avanzado un poco más en este largo camino. No ha resuelto aún todos los

problemas y sólo comienza a expresar el uno o el otro en sus términos exactos. El PCI le sigue muy a la

zaga: no ha ido aún mucho más asía de los análisis de Gramsci. En cuanto al PCF. está nada más que al

comienzo del camino. Tras haber dado algunos pasos hacia adelante, con el impulso del programa común,

ha regresado al punto de partida.

La unión de la izquierda le confrontaba con problemas para cuya solución, e incluso para cuyo

planteamiento, le faltaban los medios. El menos adelantado en el camino del eurocomunismo se ha

encontrado en una situación que va mucho más allá que aquella a la que han de hacer frente sus colegas

más avanzados. Estos no han resuelto más que problemas de gestión en una sociedad occidental cuya

transformación radical no pueden aún proyectar. El PCE tiene por objetivo reafirmar un régimen

democrático tras cuarenta años de dictadura. El PCI ha de evitar que se ahogue en la anarquía aquello que

contribuyó a establecer en 1945. Todo esto no requiere más que las alianzas del centro con las uniones

nacionales que un Partido Comunista puede realizar en su sector e ideología actual. El PCE va más

avanzado, también en este aspecto, en relación con las tareas que la historia le ha confiado en la

actualidad.

El Partido Comunista francés, en cambio, va muy a la zaga. Marcado aún por medio siglo de ortodoxia y

de stalinismo, fue conducido por la unión de la izquierda y el programa común hasta la entrada en la

primera fase de construcción de un socialismo democrático, es decir, a abordar el meollo del

eurocomunismo. Ninguno de sus homólogos está dispuesto a hacerlo, y el PCF menos aún. No se trata

sólo de su poco peso en una mayoría de izquierda que le hubiera confinado a una situación marginal, sino

también del enorme dilema entre sus opciones ideológicas y la realidad que hubiera abordado en ese caso.

El partido socialista está mejor dispuesto, a pesar de la debilidad de sus propios análisis, porque es

consustancial a la democracia pluralista y la vive desde dentro.

Si el PCF hubiera asistido al coloquio de Lugano, esta situación se hubiera puesto claramente de

manifiesto por la confrontación de sus análisis con los de sus colegas español e italiano. Así se hubiera

comprendido que la ruptura del programa común es una decisión motivada por una razón profunda y que

los comunistas franceses la tomaron con todo conocimiento de causa. No podían aceptar esta doble

revelación que hubiera puesto en entredicho todas sus explicaciones oficiales. Pero no han podido evitar

que la revelación se haya filtrado a través de su ausencia y de las manifestaciones de sus partidos

hermanos.

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