Autor: Azcárate, Manuel. 
   Europa y el Eurocomunismo     
 
 El País.    30/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 33. 

Europa y el eurocomunismo

MANUEL AZCARATE - (Comité ejecutivo del Partido Comunista de España)

1. La crisis que sufre hoy el capitalismo afecta de un modo particular a Europa. Estados Unidos tienen

(por sus recursos propios de petróleo, y por otras causas) una capacidad relativa de recuperación de la que

Europa carece. Vivimos en nuestro continente un momento histórico original en que la salida de la crisis,

para evitar caídas catastróficas en zonas de desesperación, violencia, neofascismo, exige superar la lógica

del beneficio privado capitalista, reconocer a los trabajadores espacios de poder político, disminuir el

poder de los monopolios: relanzar la producción a la vez que se reducen las desigualdades sociales y se

elevan los consumos colectivos en educación, sanidad, calidad de vida, etcétera.

Esta situación objetiva se produce en un marco político e ideológico caracterizado, entre otros, por los

rasgos siguientes:

Crisis de los sistemas políticos de posguerra, del turno en el poder de la democracia cristiana y la

socialdemocracia.

Crisis de la ideología neocapitalista que anunciaba un capitalismo sin contradicciones internas, capaz de

integrar las luchas obreras.

Crisis del bipolarismo URSS-EEUU en la vida internacional, mayor peso del Tercer Mundo, tendencia

creciente a las agrupaciones regionales.

En 1968, alguno de estos fenómenos salen a la superficie.

Pero al mismo tiempo aparece la crisis de los sistemas socialistas del Este de Europa. La invasión de

Checoslovaquia demuestra hasta qué punto la URSS, como gran potencia, podía realizar una política

contraria a los principios socialistas; evidencia una contradicción radical entre esa actitud soviética y los

intereses de la democracia y del socialismo en el mundo.

Ello plantea ante los partidos comunistas la necesidad de afirmar con fuerza redoblada su independencia.

Como partidos revolucionarios, necesitan criticar aspectos esenciales de la política de la URSS y rechazar

el «modelo soviético».

2. Por las razones indicadas, 1968 es quizá el punto de referencia más concreto para indicar el

surgimiento de la nueva tendencia en el movimiento comunista, que luego tomó nombre de

eurocomunismo.

Esta tendencia nace rompiendo las muletas con que habían caminado los partidos nacidos al calor de la

revolución rusa de 1917.

La profundización necesaria en el plano teórico lleva a cierto distanciamiento con respecto al leninismo a

reconocer que una serie de sus tesis, incluso sobre el Estado, estaban muy influidas por situaciones

coyunturales; sin por ello negar el valor universal de ciertas aportaciones de Lenin, como las referentes al

imperialismo, etcétera.

Era necesario entrar con espíritu abierto en campos vírgenes de la elaboración política y teórica para

poder asumir una serie de fenómenos contemporáneos: para dar una respuesta marxista a interrogantes

nuevos que no habían surgido anteriormente.

El desarrollo capitalista ha determinado en las sociedades industriales avanzadas que la inmensa mayoría

de la población sean asalariadas. Las fuerzas de la cultura entran, a la vez, en contradicción, no sólo

económica, sino también por su papel creador, con el dominio del capital monopolista. Las fuerzas que

luchan por el socialismo adquieren una creciente capacidad de hegemonía ideológica, incluso dentro de la

sociedad dominada económicamente por el capitalismo.

A partir de un esfuerzo teórico y político realizado simultáneamente en diversos partidos comunistas, y

que luego se generaliza en reuniones bilaterales o en encuentros más amplios, sobre todo entre italianos,

japoneses, franceses y españoles, se va perfilando la concepción de una vía democrática al socialismo.

Interpretar esta concepción como «un retorno» a la socialdemocracia carece de base: la socialdemocracia

no ha logrado en ninguno de los países donde ha gobernado poner fin al sistema capitalista. Su fracaso

histórico, en ese orden, es obvio. El eurocomunismo tiende, no a administrar el capitalismo, sino a

ponerle fin. Es cierto que nace con una vocación unitaria; hoy aparecen en la socialdemocracia corrientes

críticas que buscan superar ese pasado y encontrar vías efectivas de transformación de la sociedad; esto

ocurre en Francia, Italia, Inglaterra, Bélgica, Suecia, incluso en sectores de la socialdemocracia alemana.

Por eso crecen hoy las posibilidades de entendimiento entre comunistas y socialistas para avanzar juntos

por una vía nueva, respetando todas las libertades, hacia el socialismo.

Pero lo nuevo no es sólo la concepción de la vía; sino del socialismo en sí. El contenido de una

transformación socialista de la sociedad no puede limitarse hoy a poner fin a la explotación capitalista. No

es sólo un problema de obreros y capitalistas. Se convierte en una necesidad objetiva para la mayoría de

la población.

En ese contenido entran hoy cuestiones como la liberación de la mujer, el nuevo papel de la enseñanza,

un sistema sanitario moderno para todos, la democratización de los medios de información, la revolución

urbana y ecológica, la descentralización del Estado, etcétera.

Por eso podemos decir que ir al socialismo significa democratizar radicalmente toda la sociedad. Y, a la

vez, democratizar el Estado.

Se trata de un proceso complejo en el que podremos avanzar sobre una base pluralista, respetando las

diversas ideas, por el debate, el diálogo, buscando el más amplio consenso: respetando la soberanía

popular y el sufragio universal.

3. Tras el anatema contra las herejías, la revista soviética Tiempos Nuevos parece indicar una actitud de

temor ante la perspectiva de que se materialice en Europa occidental ese tipo de socialismo en la libertad.

Pero aún reaccionan con más violencia contra otra concepción del eurocomunismo: su actitud ante

Europa.

En efecto, el eurocomunismo no pretende ser un proyecto abstracto, universal. Está relacionado con

fenómenos semejantes que se dan en las sociedades industriales avanzadas. Pero se refiere, además, a una

zona concreta, Europa occidental; donde la salida a la crisis abre objetivamente posibilidades de iniciar un

camino de cambios estructurales sobre la base de un consenso amplio.

La actitud eurocomunista es apoyar el proceso de la unidad de Europa occidental, democratizar las

instituciones europeas, avanzar hacia una Europa que no esté, como hoy, dominada por los monopolios,

sino que sea una Europa de los pueblos. Esa Europa será independiente tanto de la URSS como de EEUU;

no será ni antisoviética ni antiamericana. Será una Europa independiente, capaz de hacer una aportación

autónoma a los problemas pendientes en la situación internacional.

Sobre este tema, la actitud de la revista soviética citada llega a extremos incomprensibles; considera que

tal actitud significa «un proyecto de desglosamiento de los países occidentales en tanto que fuerza

contrapuesta, ante todo, a los Estados socialistas». Intentemos utilizar el más elemental sentido común:

para las fuerzas obreras y democráticas de Occidente, si quieren contribuir a la distensión y a un proceso

de superación de los bloques militares antagónicos hoy existentes, a crear un sistema pacífico de

segundad europea, la única vía real es avanzar hacia esa Europa occidental independiente y unida (y por

tanto con peso en el mundo) capaz de hacer una aportación autónoma a la vida internacional. Las otras

vías, hipotéticas o reales, serían seguir, o meterse, en uno de los bloques; o meterse en el otro bloque.

¿Es acaso el «fundamento» de los anatemas de Tiempos Nuevos una preferencia no confesada por el

reforzamiento de la división en bloques militares?

En cualquier caso, creemos que el sistema bipolar está en crisis y que la nueva correlación de fuerzas, que

se manifiesta incluso en la ONU, debe permitir desbloquear una serie de cuestiones de interés vital por los

pueblos: avances hacia el desarme, desnuclearización del Mediterráneo, un nuevo orden económico

internacional, etcétera.

En las fases de viraje histórico, es particularmente absurdo considerar el futuro como una extrapolación

del pasado. Europa ha cambiado con la desaparición de las dictaduras fascistas, en Grecia, Portugal y

España. Y otros cambios senos apuntan en el horizonte, particularmente con los progresos de izquierda en

Francia e Italia.

Una Europa occidental autónoma sería un factor dinámico para mejorar aspectos esenciales de la

situación internacional: establecer un nuevo tipo de relaciones con el Tercer Mundo, acabar con los

reductos del colonialismo, avanzar hacia la superación de los bloques; democratizar en general, la vida

internacional; hacer que la coexistencia no signifique sólo ausencia de guerra mundial, sino desarrollo

más libre y positivo de las relaciones entre los pueblos.

Creemos que la política exterior de la España democrática que nace aportará fuerzas jóvenes a la

edificación de esa nueva Europa.

 

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