Autor: Alfaro, José María. 
   El espacio de la UCD/y 3     
 
 El País.    28/09/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL PAÍS, miércoles 28 de septiembre de 1977

OPINIÓN

El espacio de la UCD / y 3

La realidad española se muestra cada día más diferente a la que, sin ir muy lejos —tomando un ejemplo

no excesivamente distante—, parecía ofrecer hace no más que un año. Por entonces —verano de 1976—

la inauguración del Gobierno Suárez semejaba la celebración del anuncio de los esponsales del pueblo

español con la democracia. Se multiplicaban las declaraciones prometedoras, no exentas —claro es— de

resistencias y diatribas. Pero aun éstas -salvadas las parcelas de terrorismo, cuyos efectos explosivos y

dramáticos venían padeciéndose de tiempo atrás— aparecían como ejercicios dialécticos muy propios de

una etapa de inicios, aperturas y lanzamientos de los renovados y prometedores estilos del quehacer

público. Incluso algunos episodios se dirían trascender su condición de juegos convenidos, casi de

adaptación a las nuevas reglas y formalidades que se estaban ensayando. Tal, verbigracia, la serie de

peripecias que precedieron a la legalización del PCE tan traviesamente aprendidas en los patrones de las

comedias de enredo», auténtico lujo de nuestro teatro clásico. España descubría, para muchos —para los

que se empeñaron en cerrar los ojos, especialmente— su nueva faz. Esta fisonomía —unas veces,

convulsa; otras, ansiosa y esperanzada— no expresaba, en su apasionante totalidad, el cuadro completo de

posiciones, ideales, rechazos y caminos que agitaban a la sociedad en trance de reforma. Para comprender

las inquietudes y lineamientos de la demandada reestructuración no es suficiente invocar las solicitudes

—en tantas ocasiones contradictorias— de una juventud bullente, fervorosa e incluso arrebatada por sus

cóleras paradójicas. La juventud suele tener razón, sobre todo en tanto ésta acredita su capacidad

generadora de impulsos. Pero ni es depositaría de toda la razón, ni por lo general garantiza su óptima

administración. Ni siquiera en los momentos álgidos de la «era de la protesta» —agitaciones de Berkeley,

del «mayo francés» de Nanterre...—, la juventud, cargada de argumentos y de violentos aconteceres. pudo

mantener el timón en sus puños. Pese a ello consiguió prender los motores de una distinta sensibilidad, los

alumbramientos de una imaginación con destino aventurero. Uno de los problemas de más calado entre

los que atosigan a la UCD, aunque parezca carecer de una atenazante premura, es e! de la ausencia de

sugestiones aptas para enrolar a la juventud, por muy transitorio que pueda resultar su enganche. Es el

destino de cualquier grupo o planteamiento político que, al hacerse con el poder antes de experimentar el

dramático conocimiento que proporciona la lucha y la conquista callejeras, aprende quizá prematuramente

a colocarse a la defensiva. No se trata aquí de una cuestión generacional ni de años cumplidos. Sino de

una disposición del ánimo, de un enfrentamiento con los hechos desde vertientes de resguardo, que por

sus propias limitaciones y coartadas va apagando las hogueras juveniles. Frente a esta situación, de poco

sirven demagogias astutas y preconcebidas. Cuando la juventud se evade nunca retorna a la manó del

halconero. Formarse ¡a conciencia de una renuncia a la juventud, por muy parcial que sea, es algo similar

a la aceptación de una cercenadora cirugía del futuro. Pero el futuro —exactamente la previsora orde-

nación del futuro— es el cometido inquietante que corrobora la existencia del actual Gobierno y justifica

la de su soporte democrático y parlamentario: la UCD. (Antes de seguir adelante deseo anotar una

advertencia. Hace ya mucho tiempo — y de ello queda testimonio escrito—, cuando el régimen de Franco

entraba en la recta final, siempre pensé que la existencia de una fuerza «centrista» —ateniéndose a la no-

menclatura aceptada—, moderadora y hasta ambigua, si se quiere, frente a una serie de apasionadas

urgencias, constituía una apremiante necesidad ante la nueva situación española. Ese «centrismo» habría

de asumir, desde un principio, una abnegada condición de rompeolas, gendarme casi de los hervores y

estallidos extremistas, tan propicios, entre nosotros, al enarbolamiento de la violencia. Otras muchas

razones se pueden aducir en favor de un partido de centro, dispositivo basculante para etapas inciertas,

pero pienso que basta con lo dicho para explicar mi falta de prejuicios respecto a la UCD, a la que deseo

una feliz travesía y arribada.) Pero el drama de la Unión del Centro está en si misma. Casi me atrevería a

diagnosticar que es congénito. Lo que hace muy complicado un tratamiento, sobre todo si el recetario

incluyera una medicación de adversidad. Quienes se agruparon para ganar, a la sombra de unos poderes, a

la vez democráticos y autoritarios —de arrastre y esperanza—, sin tiempo para instrumentar un ideario

que ayude a la captación de voluntades, les va a ser muy complicado afrontar unos comicios, si no han

conseguido —para entonces— articular un programa más o menos convincente. La UCD —me parece

casi inútil insistir en ello— no es producto de convencimientos, sino de eventualidades. La aparición de

otra red de coyunturas, de niveles y características disímiles a las que calificaron la oportunidad del 15 de

junio, no es un fenómeno descartable. Todavía la fluidez envuelve al país político, dominando incluso

anchas zonas de la receptividad popular. En esta situación de disyuntivas y altibajos instintivos, donde lo

emocional llega ajugar a cara o cruz sus rumbos políticos, ¿es presumible que la UCD vuelva a encontrar,

prosiguiendo el acierto de puntería de Adolfo Suárez, la línea de intersección y compromiso con un difuso

y casi maquinal anhelo de indefinidos impulsos y movimientos populares? No nos engañemos. Todo esto

permanece aún adscrito al área providencialista, en la cual el español suele moverse a sus anchas. Ese

español que cree —por encima o por debajo del Cristo descendido de la pared de un despacho oficial—

en «las relaciones particulares de España con la providencia», a las que Ernesto Giménez Caballero —con

su travesura iluminada y epigramática— hiciera referencia. Pero al margen de premoniciones y golpes de

fortuna —con las que también hay que contar—, la organización de una democracia consiste,

exactamente, en el establecimiento de unas reglas de juego de estricta aceptación y obligatoriedad para

todos. La regulación democrática, en sus inspiraciones originales, está pensada para eludir los ramalazos

y las tentaciones del providencialismo. Por ello, en buena técnica de vigilancias, controles y

encauzamientos de la cosa pública, un partido político debe significar más que un hombre. No que

cualquier hombre —aunque ése sea el objeto de la democracia—, sino que el más representativo y

egregio. El culto a la personalidad constituye, pues, la antítesis de la auténtica aspiración al convivir

democrático. Estas consideraciones —de una elementalidad propia de un escolar ante los temas iniciales

de derecho público— parecen haber sido tenidas muy poco en cuenta por casi todos los montadores de

nuestros actuales partidos políticos de alguna importancia. La UCD es quizá, lógicamente, la más tocada

por un matizado y especial mesianismo, ante el cual, aunque puedan levantarse argumentos justificativos,

es cada día más necesario abrirse a otros horizontes y realidades. No es preciso exhibir un índice de

problemas perentorios —orden público, angustia económica, paro, autonomías, desquiciamiento

universitario, etcétera, sin contar la elaboración de una carta constitucional—, para darse cuenta de los

atormentados amaneceres del Gobierno. Además, el debate sobre e! «caso Blanco» puso de manifiesto la

endeblez de la línea de lasquenetes parlamentarios con que cuenta la Unión del Centro. Una discusión de

alta temperatura emocional puede incluso producir un desajuste interno con el delirio de las defecciones.

Si el cuadro se ofrece negro, tiene todavía compostura. Todo es cuestión que la UCD tome en serio su

papel de partido político. Hasta de partido gubernamental y no agrupación conquistadora del Poder. Un

partido debe ir en sus planteamientos por delante del Gobierno que lo representa. Planificar sus

actuaciones, ofrecer sus programas y recursos, adelantar una estrategia demostrativa de que se sabe lo que

es un Estado y para qué sirve. Todo menos dar la sensación de que se trata de una apresurada y simple

organización electoral. Personalidad tan notoria como Femando Chueca —uno de nuestros intelectuales y

arquitectos de punta, además de senador por el Centro Democrático— acaba de declarar que «las

juventudes de UCD están, a su entender, francamente desilusionadas». Es la manifestación seria de un

personaje honesto, que no sólo piensa —a semejanza de !o que Ortega y Gasset escribiera en el prólogo a

la edición española de las lecciones, de Hegel, sobre la filosofía de la Historia— que «lo que vale más en

el hombre es su capacidad de insatisfacción», sino que enjuicia serenamente la realidad de la aventura

humana y política en que se halla embarcado. No hay necesidad de insistir en que de todos los riesgos y

eventualidades que acechan a la UCD, acaso este de la decepción pueda ser el más dañino. Ante su

corrosión interior va a ser indispensable que cambie en las actitudes de su ánimo, en las disposiciones de

su espíritu, por decirlo así. Y sobre todo, en una capital y de arriesgada intrepidez: en la de considerarse,

quizá inconscientemente, una especie de escudo casi insustituible de la Monarquía. A las imprevisibles

consecuencias a que pueda conducir esta postura se agrega una gravísima y que a muy pocos se les escapa

su condición de abismo: la de que empujada por su convicción de entrañamiento, en un mal trance —de

los tantos que se avecinan— llegue la UCD a transponer su calidad de escudo por la de escudada,

provocando un cierre de caminos para la realeza. Servir exige muchos más sacrificios de los que se

imaginan. El político leal es un espíritu sangrante y en carne viva, que no debe olvidar jamás aquella

maldición de los antiguos mandarines: «¡Ojalá vivas una época interesante!»

JOSE MARÍA ALFARO

 

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