Autor: Tusell, Javier. 
   La Alianza Popular y el Frente Democrático     
 
 El País.    09/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL PAÍS, martes 9 de noviembre de 1976

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

La Alianza Popular y el Frente Democrático

XAVIER TUSELL

Profesor agregado de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, ha escrito varios

libros sobre temas de su especialidad.

Milita en Federación Popular Democrática.

La agrupación de los «barones del franquismo» en la llamada Alianza Popular ha introducido en la

política española un nuevo factor que para la oposición democrática adquiere los caracteres de un

verdadero reto. Como es bien sabido, la tal Alianza ha sido objeto, por parte de un sector de la prensa, de

una acida critica. Sin embargo, en mi opinión no se ha recalcado su verdadera significación ni descubierto

su verdadero peligro. Se ha dicho, por ejemplo, que los «aliados» eran «neofascistas», cuando la realidad

es que corresponden mucho más a un prototipo humano que se suele dar en los regímenes autoritarios

conservadores: el de cierta clase de tecnócratas amantes del poder, capaces de monopolizarlo para hacer

reformas adjetivas, pero incapaces, en cambio, de abrir el paso a la democracia. Por otra parte, lo que

constituye a la Alianza Popular en verdadero peligro nacional no es tanto que establezca una dictadura,

porque eso sería demasiado para la actual evolución de la mentalidad del español medio, sino que logre la

identificación consigo misma de una parte del electorado español, ansioso, desde luego, de libertad y

democracia, pero también de eficacia administrativa y de paz. ¿Qué puede ofrecer la Alianza Popular a la

España en transición hacia la identificación con el modelo europeo? Me parece obvio que muy poco. La

palabra orden, ciertamente respetabilísima, puede ser objeto de lamentables manipulaciones políticas y,

de hecho, a lo largo de la historia contemporánea española lo ha sido en numerosísimas ocasiones.

Releyendo a Ortega, que escribía en 1919, he encontrado una alusión a lo que él denominaba como

«fuerzas antisociales e insociables para quienes el "orden" quiere decir que esté en sus manos el Gobierno

y se les deje usar de él como de una maza para contundir las testas de los demás españoles». ¡Qué

cercanas suenan estas palabras en la España de 1976! A mí me parece que la actuación de los últimos

ministros de la Gobernación no están nada lejos de merecerlas. Sin embargo, el principal argumento que

cabe esgrimir contra las personalidades que militan en la Alianza Popular es que quizá nadie, en los

últimos siglos, tuvo un poder tan amplio como algunos de los ministros de Franco. A ese máximo de

posibilidades le ha correspondido, en verdad, un mínimo de realidades. Considerar a la ley de prensa del

señor Fraga como un paso hacia la democracia o la libertad, como hace él mismo, casi parece una mala

broma pesada: es, simplemente, confundir a aquélla con una especie de tolerancia «moderada» por la

arbitrariedad. La más definitiva prueba de ello reside en la comparación entre lo que los «aliados» han

hecho desde el poder y la labor cumplida por el Gobierno actual. No soy, por supuesto, partidario

entusiasta de este último y creo que en el contenido de su gestión ha jugado un papel importantísimo la

propia conveniencia, más que los principios y la presión de la oposición democrática. Pero, con todos los

errores parciales que se quiera, a este Gobierno hay que reconocerle que ha hecho mucho más en pro de la

libertad que todos y cada uno de los de la época franquista sumados y con todos y cada uno de los ex

ministros «aliados» incorporados a la lista. El inequívoco propósito que guía a la Alianza Popular es el de

convertirse, a la vez, en albacea testamentario del franquismo y en heredera de su poder. Resultan

verdaderamente reveladoras las recientes declaraciones de un ex ministro, el señor López Rodó, que

consideraba que su condición de consejero nacional, en virtud del nombramiento digital entre los cuarenta

de Ayete, no podía perderse después de la muerte del general Franco y que, en consecuencia, debía

persistir en aquella condición que le había legado mortis causa el extinto dictador. Este tipo de actitud

consiste, en definitiva, en pensar que ya que España fue una especie de cortijo para quienes ejercieron el

poder durante cuarenta años, lo más correcto es que lo siga siendo en adelante. Y todo esto prima sobre

cualquier tipo de declaraciones ideológicas o de consideraciones programáticas. El mismo grado de

incoherencia, por el mero hecho de sentarse en la misma mesa, se da en el caso del señor Fraga que en el

del señor Fernández de la Mora. Sucede, sin embargo, que este propósito es peligrosísimo para el país y

que, por puro patriotismo, debe ser dejado de un lado. No es sólo que siempre existirá el temor de un

peligro autoritario en este tipo de derecha, sino que, además, vistos sus antecedentes, nadie puede creerse

una porción mínima de su programa y, sobre todo, que, caso de conseguir un porcentaje elevado de los

votos en la consulta electoral, existe el grave peligro de que el sistema democrático funcione mal en

España al ser imposible que esta derecha franquista pacte de algún modo con la izquierda. En definitiva,

España se merece algo mejor. Merece una opción que represente, como la mayoría de sus habitantes

desean, una paz que no se conciba como un garrote, una democracia estable y garantizada por quienes en

su pasado y en su presente se han demostrado capaces para ello, una transformación social sin aventuras

revolucionarias y, en fin, una honorabilidad en la gestión pública verdaderamente intachable. Todo esto, a

la vez, los españoles no lo podrán encontrar, en la manera en que lo desean, en la izquierda. No cabe la

menor duda de que los socialistas españoles no van a hacer una revolución, a pesar de lo mucho que

hablen de ella. A lo largo de cuarenta años de franquismo han jugado un papel muy importante e incluso

decisivo en pro del establecimiento de la democracia, pero su misma vida en la oposición les ha dado un

tono «gauchista» que se desdice con sus modelos europeos y que, probablemente, también contraría los

deseos y los intereses de la mayoría de los españoles. Además, la misión histórica de los socialistas

españoles en este momento de transición puede ser la de presentar una opción mucho más claramente

democrática que la muy dudosa del comunismo. Creo que quien podría arrebatar a la Alianza Popular

posibles votantes que tienen un interés semejante en la democracia y el orden, pero que se inclinarían a la

extrema derecha, caso de que la situación continuara deteriorándose, sería un Frente Democrático en el

que jugaran un papel fundamental socialdemócratas y demócratas cristianos, junto con sectores liberales y

demócratas independientes. Estas opciones políticas son las que han hecho Europa y las que pueden

estabilizar la democracia en España. Sus afinidades espirituales son estrechas, con independencia de las

lógicas discrepancias. La colaboración electoral es, además, una necesidad porque, si el disfrute del poder

ha proporcionado a la derecha unos cuadros, carece de ellos el Frente Democrático. Y, en fin, es una

necesidad también porque en la confusa España actual la única ventaja que se deriva de la aparición de la

Alianza Popular es la definición de una opción clara. No menos clara e infinitamente más valiosa para la

estabilización de la democracia sería un frente como el que aquí se acaba de proponer.

 

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