Autor: Meilán, José Luis. 
   Los espacios políticos     
 
 El País.    13/04/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

POLÍTICA

EL PAÍS, jueves 13 de abril de 1978

TRIBUNA LIBRE

Los espacios políticos

JOSÉ LUIS MEILAN Diputado a Cortes de UCD por La Coruña

Las elecciones legislativas de 1978 en Francia han volcado ya sus resultados. Es fácil vaticinar que su

interpretación será variada y amplia. Las opiniones son coincidentes en reconocer que han constituido un

triunfo del presidente Giscard. Cuando en mayo de 1974 el competente ex ministro de Hacienda y

Economía con el general De Gaulle es elegido presidente de la República, se encuentra ante una situación

insólita. Es el jefe de un partido minoritario dentro de una mayoría que controla ampliamente la UDR

gaullista. El presidente Giscard no podía, sin hipotecar su programa, apoyarse incondicionalmente en el

partido gaullista. Tampoco el escaso margen de votos sobre el socialista Mitterrand le permitía una

política populista, llevada directamente desde el Elíseo, con una cierta marginación del Parlamento.

Añádase a estas circunstancias la crisis económica manifestada en 1974 y se ponderará con mayor

exactitud el importante éxito de Giscard al cabo de cuatro años que no han sido fáciles.

Después de las elecciones, el cuadro de las fuerzas políticas presenta unos cambios que pueden ser

decisivos para la orientación de la política francesa a largo plazo. El presidente Giscard cuenta hoy con un

partido, la UDF, que está prácticamente a la altura del partido neogaullista: el RPR de su antiguo primer

ministro Chirac. La capacidad de maniobra del presidente será indudablemente mayor, tanto hacia su

derecha como hacia su izquierda. La posesión del poder y la sugestión de un programa de reformas

inteligentemente combinados pueden conseguir robustecer su respaldo electoral y, por tanto, una mayoría

parlamentaria cómoda que libere de los desgastes de las componendas ocasionales.

Orientación interclasista

Cabría afirmar que Giscard ganó en 1974 y en 1978 porque, en ambas ocasiones, además de movimientos

tácticos afortunados, conectó con lo que era la corriente profunda de la mayoría de la sociedad francesa.

En lugar de apostar al enfrentamiento de dos clases —burguesa y proletaria,—, propio del análisis

marxista, intuyó que la evolución se orientaba a la formación de «un inmenso grupo central» interclasista,

dinámico y abierto que le parecía destinado a integrar progresiva y pacíficamente dentro de él al conjunto

de la sociedad, según describió en su libro Democracia francesa. El rechazo de la unión de la izquierda y

del programa común que las elecciones acaban de manifestar confirma aquella hipótesis y la oportunidad

de su proclama «Gobierno de centro». La distribución de las fuerzas políticas no va a conducir

inevitablemente a un bipartidismo; neogaullistas del RPR y giscardianos de la UDF, socialistas y

comunistas no tienen necesariamente que agruparse de dos en dos. Por la banda izquierda, la amarga

experiencia del Partido Socialista le llevará, sin duda, a no embarcarse de inmediato —al menos— en una

nueva singladura común. Eso mismo contribuirá a que en la otra orilla las colaboraciones no tengan que

alcanzar las cotas excepcionales de una unión para la guerra. Desde otra perspectiva, al componerse la

«mayoría» de dos fuerzas prácticamente equilibradas, sólo un triunfalismo poco inteligente podría forzar

a un matrimonio de conveniencia entre socialistas y comunistas.

Un bipartidismo neogaullista

Esta correlación de fuerzas puede contribuir más eficazmente a la estabilidad que la división a que había

conducido el planteamiento electoral. Evidentemente no es un azar, ni un resultado definitivo. Pese al

importante número de sus votos y escaños actuales, todavía es un interrogante si el Partido Socialista

resistirá sin la alianza con los comunistas como «una alternativa de poder», por emplear la expresión al

uso. Como también está todavía por ver cómo cuaja la UDF, hilvanada apresuradamente desde el poder

hace unos meses de cara a las elecciones con los independientes giscardianos —los del sí, pero frente a

De Gaulle—, los restos democristianos —hoy centristas— de Lecanuet y los radicales-liberales de Servan

Schreiber. El éxito electoral ha sido indudable, a pesar de improvisaciones y de contradicciones flagrantes

entre los dirigentes durante la campaña. El presidente ha demostrado que existía un espacio entre los

gaullistas y los socialistas. En adelante la UDF habrá de probar que no se define por su localización

geográfica, sino por el ideario y el programa de acción que de él se derive.

La experiencia francesa

Lo que acaba de escribirse no constituye, en modo alguno, una carta persa, aunque pueda cargársele de

intencionalidad. Si algo habría que deducir, al utilizar la experiencia francesa como elemento de

contraste, es que un optimismo teórico —del que tan necesitado anda la sociedad española— debería

desprenderse de la observación del caso español. El tablero político que resultó de las elecciones del 15

de junio, que obviamente no es definitivo, apunta a una distribución de fuerzas que como modelo teórico

puede compararse ventajosamente con los próximos de Francia o Italia. Basta la comparación de datos

bien conocidos —porcentaje del partido del presidente Giscard y del partido de Suárez; del PSOE español

y del socialismo italiano; del Partido Comunista español y sus homónimos italiano o francés— para

concluir que la correlación de fuerzas políticas en España proporciona teóricamente —insisto—

elementos razonables para la estabilidad. En este sentido se encuentra más cerca de la vía francesa que de

la italiana y, a mi modo de ver, afortunadamente porque no parece que hoy resulte satisfactorio el

bipartidismo de hecho en el que Italia ha desembocado, con la Democracia Cristiana y el Partido

Comunista frente a frente. Hoy por hoy, impulsar en España una fórmula bipolar me parece una

orientación equivocada y, al menos, precipitada cuando no se sabe qué puede ocurrir en ambas orillas y

cuando una buena parte del electorado del 15 de junio no está políticamente fijada. Adascribir

definitivamente a la izquierda socialista todos los votos que consiguió entonces y renunciar

presumiblemente a los que va a aportar la mayoría de edad a los dieciocho años es el error que contiene la

idea de la gran derecha, dejando a un lado lo que pueda haber en ella de oportunidad coyuntural o de

táctica. Todo eso no deja de ser, sin embargo, una aproximación teórica. Falta lo que es fundamental a la

política y la distingue de la especulación intelectual: la acción. Y en ella juegan un papel primordial los

actores; en nuestro caso, sobre todo, quienes están al frente de los dos partidos con mayor representación

parlamentaria. ¿Se consolidará el PSOE como una pieza del juego alternativo del poder? La alternativa

implica que las opciones operen dentro de un sistema. Cuando una solución es pura y simplemente

contradictoria con la que intenta suceder, no puede hablarse con propiedad de alternativa; es,

sencillamente, el cambio del sistema. Empujar desde la gran derecha al programa común me parece, con

el espejo francés en la mano, una insensatez; desde el socialismo, un pésimo negocio.

Responsabilidades del Gobierno

No menores responsabilidades recaen sobre el partido del Gobierno, que no puede identificarse sin más,

ni por su relación con el poder, ni por el dato electoral de autosituarse en el centro. Si el PSOE debería

evitar escaramuzas accesorias para incitar en cambio a la solución de tantos problemas colectivos

lacerantes para la justicia y la igualdad, la UCD tendría que despojarse de triquiñuelas técnicas, de tanta

argucia para retener sin más el balón del poder, o para aproximarse a él y ofrecer más vigorosamente, en

los hechos y también en las personas, la defensa de los grandes valores y la iniciativa de las reformas que

tienen que informar y animar la nueva convivencia que los españoles respaldaron en junio de 1977.

No he pretendido comparar el Sena con el Manzanares. Cada río discurre por su entorno natural, aunque

queda flotando la duda de hasta qué punto ese entorno hace el río grande o chico. El curso de las fuerzas

políticas depende mucho de la inteligencia, de la decisión y de la capacidad y de la dimensión ética de

quienes las conducen. En Francia y en España, los ganadores han de probar que son algo más que

expertos en la conquista y conservación del poder, un sindicato de intereses, y la oposición, que no son

exiliados en su propia patria, ni defensores utópicos de ideales no realizables. En este contexto, la idea de

la «gran derecha» resulta perturbadora para consolidar los espacios políticos que el pueblo sabiamente

configuró hace menos de un año.

 

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