Autor: Rodríguez Aramberri, Julio. 
   Crítica a una crítica del eurocomunismo     
 
 El País.    18/05/1978.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

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POLÖTICA

EL PAÖS, jueves 18 de mayo de 1978

TRIBUNA LIBRE

Cr¡tica a una cr¡tica del eurocomunismo

JULIO RODRÖGUEZ ARAMBERRI

Profesor de la Universidad Complutense

Ernest Mandel es uno de los grandes te¢ricos marxistas de la actualidad. Esto lo reconocen hasta sus adversarios jurados y es punto de partida obligado para toda cr¡tica de sus posturas. Posturas que hay que discutir, pues entra¤an m s de un error.

La reciente publicaci¢n de un art¡culo suyo en este diario (EL PAÖS, 11/4/78) y, sobre todo, la de su libro, Critica del eurocomunismo (Ed. Fontamara, Barcelona, 1978), plantean una serie de interrogantes en los que es menester escarbar, para com£n beneficio de las fuerzas de izquierda, ancladas en viejos y nuevos dogmatismos, ufanas de sab‚rselas todas.

Es ciertamente dif¡cil no empezar con el reconocimiento de la correcci¢n de las tesis centrales de Mandel acerca de la naturaleza del Estado burgu‚s y el previsible desenlace de las luchas de clase que se dan en su seno. Cualquiera que se diga marxista tiene que estar de acuerdo en que el enemigo de la transformaci¢n socialista no son exclusivamente los grandes monopolios, sino la burgues¡a -los propietarios de los medios de producci¢n m s sus apoderados y mandatarios- en su conjunto; en que el aparato de Estado garantiza la dominaci¢n de esa clase y se opondr  resueltamente, sobre todo por medio de su aparato represivo, a cualquier intento de marcha resuelta hacia el socialismo; en que no es posible sorprender por la astucia a la burgues¡a y a su Estado para que asientan, sin saberlo, a la terminaci¢n de su dominaci¢n de clases. Si, pues, la transformaci¢n socialista implica necesariamente un encuentro frontal e irrenunciable, como dice Mandel, la £nica salida sensata es prepararlo, pese a todas sus dificultades, y no hundir la cabeza en vaporosas teor¡as que niegan la realidad.

Tambi‚n es posible, aun cuando aqu¡ las zonas de sombra sean bastante m s amplias, estar de acuerdo con Mandel en que la sociedad de transici¢n, poscapitalista, debe ser un r‚gimen que mejore significativamente la condici¢n humana, es decir, que garantice un alto nivel de vida y, al tiempo, mantenga y ampl¡e las conquistas democr ticas de los trabajadores. La democracia obrera, basada en los consejos, ser  un r‚gimen cien, mil veces m s democr tico que cualquiera de las democracias burguesas.

Sin embargo, el razonamiento aqu¡ es ya menos evidente, pues, por el momento, nada de eso existe. Los pa¡ses llamados socialistas conocen una terrible dictadura sobre el proletariado, y los obreros europeos y norteamericanos no encuentran en ellos ninguna justificaci¢n para luchar, hasta la muerte si fuera menester, por la puesta en pie de una sociedad distinta de la que conocen. Hoy no hay un modelo concreto de socialismo democr tico que atraiga a los trabajadores de los pa¡ses capitalistas.

Por otra parte, desde hace cuarenta a¤os -1936- los consejos obreros no se han dado de forma generalizada en ning£n pa¡s capitalista, si hablamos con propiedad. S¢lo el inmediatismo revolucionario puede ver consejos obreros en los comit‚s de f brica italianos y en las comisiones de trabajadores y moradores portuguesas, o embriones de los mismos en los actuales comit‚s de empresa, surgidos de las elecciones sindicales, en Espa¤a. Se han dado -en algunos casos- formas embrionarias de autoorganizaci¢n, cuya din mica, de haber proseguido, apuntaba hacia los consejos de la crisis europea de 1917 a 1923. Pero no ha habido nada comparable a los soviets de 1917 o, por no decir tanto, a los de 1905 en Rusia.

M s a£n, toda la experiencia hist¢rica se¤ala que, hasta el momento, esos consejos, incluso all¡ donde tomaron el poder, no han conseguido transformarse en organismos estables. No es que sea imposible. Algunos deseamos y pensamos que la meta de Mandel es tan correcta como factible. Pero nada se gana con ocultar que se trata de expectativas s¢lo muy parcialmente susceptibles de defenderse con datos reales.

Pero Ernest Mandel no es solamente un te¢rico. Es tambi‚n un conocido pol¡tico, miembro del Secretariado Unificado de la IV Internacional, fundada por Trotsky en 1938. Una organizaci¢n, es claro, que dista mucho de ser un factor significativo en la pol¡tica contempor nea. Confrontados con esta realidad, los seguidores de Mandel dan una respuesta can¢nica: un partido revolucionario s¢lo puede convertirse en mayoritario cuando la lucha de clases llega a su culminaci¢n. Hay mucho de exacto en ello, pero una cosa es aceptar el razonamiento general y otra distinta creer que en una fase de crisis, necesariamente r pida, grupos con tan pocas relaciones org nicas con la clase obrera puedan desempe¤ar el papel de los bolcheviques en 1917. Aun en los peores momentos, los lazos de ‚stos con las masas eran muy superiores a los que hoy tiene la IV Internacional.

Esto, en s¡, no es un problema, pues puede superarse. La cuesti¢n estriba en que esa superaci¢n va a ser dif¡cil si contin£an las deficiencias pol¡ticas que acusan los escritos de Mandel, quien opera -ha operado hasta la fecha- con un modelo excesivamente inmediatista de la lucha de clases en el momento presente. Ese modelo de color y credibilidad a las observaciones de principio sobre la naturaleza del Estado burgu‚s o pretende hacerlo. Para Mandel, la lucha de clases est  hoy en una fase aguda en la que se ponen a la orden del d¡a fen¢menos de doble poder o, por decirlo en t‚rminos m s generales, crisis pre o revolucionarias, especialmente en Europa meridional. Pero Mandel no tiene en cuenta que, entre la paz social de los a¤os cincuenta y sesenta y esas crisis caben fases intermedias, en las que las clases miden por un tiempo sus fuerzas, antes de lanzarse a una lucha abierta. Es decir, no tiene en cuenta precisamente el tipo de crisis concreta que se est  dando en Europa, especialmente en Europa meridional, desde 1968, con altos y bajos. Seg£n Mandel, mayo del 68 habr¡a abierto as¡ una fase de ascenso impetuoso e ininterrumpido de las masas populares que habr¡a de dar lugar a serias convulsiones sociales en Francia, Italia, Espa¤a y Portugal. Con la excepci¢n del verano de 1975 en Portugal, nada de eso ha pasado. El caso m s espectacular haya sido, tal vez, el de Espa¤a, donde, por diversas razones, los trabajadores han preferido, hasta la fecha, una mezcla de conquistas democr ticas y austeridad, propiciada tambi‚n por los grandes partidos obreros, a tomar el camino de la prueba de fuerza. M s a£n, la reciente derrota electoral de la izquierda francesa parece indicar que la posibilidad de crisis prerrevolucionarias es hoy menor que hace dos a¤os.

El problema de Mandel y sus seguidores es que, en la pr ctica, su esquema inmediatista les impide contestar de forma cre¡ble a situaciones como ‚stas, de una crisis creciente que no acaba de adoptar a£n formas radicales, que puede prolongarse por varios a¤os. Ese no saber no se debe a falta de inteligencia o de imaginaci¢n; es reflejo de su incapacidad para comprender los sutiles lazos por los que se ejerce la dominaci¢n burguesa en los reg¡menes democr ticos.

Un ejemplo es el modo en que habla Mandel del Parlamento. De la apreciaci¢n de que es una instituci¢n t¡picamente burguesa, destinada a recortar, no a ampliar y garantizar los derechos de los trabajadores, deduce con rapidez suma, en su cr¡tica a los dirigentes eurocomunistas, que ‚stos ®en ning£n momento ponen de relieve el conflicto tendencial y, a la larga, irreconciliable entre las instituciones representativas de la democracia indirecta y las manifestaciones e instituciones m£ltiples de la democracia directa¯ (p. 220). Las consecuencias de cr¡tica semejante -especialmente cuando se hace sobre el tel¢n de fondo de la existencia de una crisis rampante- pueden dar p bulo a un peligroso antiparlamentarismo. Si la fase por la que atraviesa la lucha de clases no es -como en realidad no lo es tan grave como para que las masas hayan puesto en pie su alternativa al parlamento, ¨qui‚n capitalizar  la ®desconfianza¯ respecto al mismo? ¨Esas masas populares? Que se nos permita el beneficio de la duda.

A lo que ha de a¤adirse a£n una cuesti¢n de principio. ¨Por qu‚ habr¡an de suprimir los consejos obreros, en un r‚gimen de socialismo democr tico, instituciones como el Parlamento, representativas de la sociedad entera, cuando esos consejos son, por naturaleza, representantes tan s¢lo de una parte de la sociedad, aunque sea la inmensamente mayoritaria?

Otro tanto puede decirse de la desafortunada formulaci¢n mandeliana respecto del sufragio universal. Es un grave error decir que, para el futuro Estado obrero, ‚sta es ®una cuesti¢n t ctica, no una cuesti¢n de principios¯ (p. 225). ­Qu‚ no se nos venga con citas de autoridad! Si tal es la postura de Lenin, en el marxismo revolucionario que Mandel reivindica ha habido otras, notablemente la de Rosa Luxemburgo, para quien el sufragio universal es conquista irrenunciable de los trabajadores.

Esta incomprensi¢n de las relaciones entre democracia y marcha hacia el socialismo no s¢lo es un error te¢rico; tiene tambi‚n serias consecuencias pr cticas que se dejan notar hoy mismo. Si no se toma en serio la democracia indirecta de hoy, si no se convierte uno en su m s esforzado defensor, ¨c¢mo convencer a los dem s de que se est  por la democracia obrera ma¤ana? ¨Qu‚ garantizar  que todas esas libertades -pluralismo de partidos pol¡ticos, libertad de expresi¢n de todas las corrientes ideol¢gicas, pol¡ticas y culturales, etc‚tera- que Mandel, razonablemente, declara inseparables del socialismo no queden, como hasta ahora, en agua de borrajas? Con sus formulaciones se presta un flanco a todos aquellos que piensan que socialismo y libertad son incompatibles. Las correct¡simas cr¡ticas de principio al eurocomunismo seguir n dando tan pocos r‚ditos pol¡ticos como hasta el presente, si no se tienen en cuenta todas las dimensiones, socialistas y democr ticas, de la pregunta sempiterna: ¨qu‚ hacer?

 

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