Autor: Tusell, Javier. 
   Aprender democracia     
 
 ABC.    10/11/1977.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

APRENDER DEMOCRACIA

DURANTE los meses inmediatamente subsiguientes al advenimiento del nuevo régimen en Portugal eran

muy frecuentes las comparaciones (que encerraban una buena dosis de deseo) entre io sucedido allí y lo

que se presumía que podía o debía acontecer en nuestro país. Ahora, que ya estamos en una situación muy

diferente, pienso yo, sin embargo, que todavía puede tener sentido establecer algún paralelismo. Tan

simple como éste: en Portugal los meses inmediatos a la revolución fueron de un entusiasmo colectivo,

que se desbordó en plazas y calles con el símbolo floral de los claveles, pero al poco tiempo se descubrió

(raro fenómeno botánico) que también los claveles podían tener espinas. Fueron los meses del

desbarajuste económico y, sobre todo, del intento de los comunistas de monopolizar el Poder en su propio

beneficio. Es muy posible que estemos ahora en España en este segundo momento. Resulta

verdaderamente curioso que, desde dos sectores tan divergentes como la derecha y (a izquierda de nuestro

país, se nos insistiera con pertinacia en que tener y practicar el sistema democrático era algo relativamente

simple y sencillo. Para algunos de ios tecnócratas, con llegar a una determinada cota en lo que se refiere a

los ingresos per cápita bastaba para que los españoles fueran «justos y benéficos», como decía la Consti-

tución de Cádiz. La izquierda esperaba e! advenimiento del bien, sin mezcla de mal alguno, con el

colapso del aborrecico franquismo. Lo rnalo es que, una vez desaparecido éste, sus ansias mesiánicas no

se han calmado. Lo cierto es que la democracia es algo que requiere un poso cultural y de hábitos del que,

por razones obvias, carecíamos, y que debido a ello su práctica, en los momentos inaugurales, resulta

particularmente difícil. A la vista está con sólo echar una ojeada a algunos aspectos de la vida nacional.

Han habido quienes han confundido la democracia con el desmadre puro y simple. Desde las páginas de

cierta Prensa se ha invadido al país con una oleada de cieno, con el propósito de implantar una especie de

dictadura de la «fealdad» (Julián Marías, dixit). Uno se siente tentado de citar aquel artículo de don

Miguel de Unamuno, cuando faltaban pocas semanas para el estallido de la guerra civil, en el que gemía

ante la «estupidez, estupidez, estupidez» que nos invadía. Hemos presenciado también e4 espectáculo de

una inútil y desbocada violencia verbal, con el inconveniente que tienen siempre esas desmesuras para la

estabilidad de la democracia. Hay, desde algunos sectores, el decidido propósito de sustituir al Parlamento

y al Gobierno, órganos lógicos en el mecanismo de ´las democracias, por intereses seccionales,

ocultamente partidistas (la Prensa, las asociaciones de vecinos...). Y existe en ciertos medios una

decepción, infantil por 4o apresurada, de una democracia que apenas si ha iniciado su primera singladura.

Y es que, una vez más, hay que repetir que la democracia es nada menos que el mejor método inventado

hasta el momento para solventar los problemas, pero también nada más que esto y, por ello, en sí misma

no soluciona, con una fuerza mágica, todo. En ´mi opinión, a través del pacto de la Moncloa empezamos a

salir de esta penosa situación. No es sólo que con él podemos empezar- a saber cuáles son los

procedimientos por los que vamos a poder enfrentarnos con ´la gravísima situación económica. Con ser

eso mucho, es relativamente poco comparado con el hecho, muchísimo más importante, de que por vez

primera parece posible >la existencia de un marco común de consenso en el que las fuerzas políticas han

debatido sobre cuestiones reales; no sobre un pasado al que ©I electorado ya ha convertido en historia ni

un futuro limitado a! limbo de la utopía. En los países democráticos estables °ste consenso está ya

adquirido y no se pone en peligro cada semana. Nosotros no lo teníamos, y gracias al pacto de la Moncloa

parece que vamos a lograrlo Pero conviene advertirlo con antelación: n¡ el pacto va a resolverlo todo, por

un lado, ni de ninguna manera puede sustituir al debate político. Nada sería más lamentable para el

ciudadano español que tener la sensación de que, después de haber votado de una determinada manera, la

clase política hiciera sus cabildeos a espaldas de las exigencias electorales. Ahora que el acto ya ha sido

firmado, y que nadie está en condiciones de decir que sea una pérdida de tiempo ni una absurda iniciativa

gubernamental, hay que decir que, en estricta teoría, hace cuatro meses no era necesario. Al pacto se ha

llegado por una mezcla de agotamiento de los signatarios y de temor por la inestabilidad de la

democracia. Pero quizá hubiera podido evitarse si, en primer lugar, la Unión de Centro Democrático no

hubiera perdido unos meses vitales dando desde e¡ Poder una cierta sensación de desorientación y da falta

de iniciativa. Sin embargo, la mayor responsabilidad, en mi opinión, acerca de que este pacto global de

todas las fuerzas políticas se haya hecho inevitable, reside, paradójicamente, en un P. S. O. E. que, lejos

de constituirse en real y leal alternativa de Gobierno, ha dado en repetidas ocasiones muestra de que no

era ni lo uno ni lo otro. Sólo hay en e¡ momento actual de España un problema más grave que la

viabilidad del Centro como partido: la sensatez del P. S. O. E. como recambio. Pero ya que no ha sido así,

habría que pensar que, en un momento de tránsito hacia la democracia, probablemente era necesario que

al final concluyéramos en un pacto como este al que hemos llegado. Ojalá que nos demos cuenta todos,

gracias a éS, de la perentoriedad de un consenso mínimo en todo sistema político democrático estable.

Javier TUSELL

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