Autor: Garrigues Walker, Joaquín. 
   Gobernar no es ceder     
 
 ABC.    23/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

GOBERNAR NO ES CEDER

CUANDO el primer ministro inglés James Callaghan sucedió a Wilson en la jefatura del Partido

Laborista y del Gobierno, hace escasamente dos años, la situación del Reino Unido era políticamente muy

difícil y económicamente desastrosa. Los movimientos nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte

estaban en su apogeo con la bandera de la «devolución» de las soberanías locales. La inflación se

acercaba peligrosamente al 30 por 100 y las huelgas y tensiones laborales eran la tónica general en una

sociedad como la inglesa que estaba depositando cada vez mayores esperanzas en el protagonismo de los

poderes públicos. Precisamente los británicos, que habían hecho de la iniciativa privada y de la libre

empresa una religión durante siglos, empezaban a perder la fe en las convicciones que hicieron posible su

imperio. Frente al impulso creador de las iniciativas particulares, los ingleses de todas las clases sociales

le pedían ahora al Estado ayuda y protección. Por si fuera poco, Callaghan se enfrentaba con un nuevo

líder en el Partido Conservador tan atractivo —políticamente hablando— como la señora Thatcher. Con

ella renacían las esperanzas del Partido Conservador de ganar unas próximas elecciones, más que por sus

propios méritos por el deterioro que se había producido en las islas del Imperio durante la etapa de

Wilson. El único faro de esperanza que podía guiarle a Callaghan para superar las dificultades que tenían

enfrente era el petróleo del Mar del Norte. Pero para llegar al petróleo había que galvanizar a la sociedad

inglesa toda en su conjunto y hacerla comprender que por duros que fueran los sacrificios había que

sanear la economía, devolver al mundo de la empresa privada —trabajadores y empresarios— la

confianza y la iniciativa. Y, sobre todo, y antes que nada, había que acabar con la inflación. Para un líder

socialista como Callaghan no era ciertamente fácil enfrentarse con este problema, pues, sin duda, los

poderosos sindicatos ingleses, es decir, su propia base, serían aquí su principal enemigo con un

argumento que no requiera mayor explicación para el ciudadano de a pie; frente a la subida de los precios

no hay otra arma que subir los salarios para mantener el poder adquisitivo de las clases trabajadoras que

son siempre las más afectadas por la inflación. Callaghan rechazó inmediatamente este argumento porque

no hay que ser socialista para saber que ese círculo vicioso es una trampa mortal. Es de suponer, por otra

parte, que el primer ministro inglés en los primeros días de su mandato tuviese también la tentación —

nada más natural en un socialista— de que el Estado salvase la economía inglesa. De que creciese el

gasto público y que la intervención burocrática supliese al empresario privado. Por paradójico que resulte,

Callaghan eligió otro camino. El único posible para devolver a la sociedad inglesa la confianza en sí

misma. Y para ello lanzó un programa económico, enfrentándose con su propia base y con las críticas de

propios y extraños, cuyo principal objetivo no era otro que acabar con la inflación. Y cuando los precios

crecían en Inglaterra a un ritmo próximo al 30 por 100, Callaghan, sin dudarlo, presentó un programa al

país en virtud del cual una política monetaria restrictiva iría acompañada de un crecimiento de los salarios

no superior al 10 por 100 anual. Todo ello en el contexto de una economía de libre empresa en la que la

flexibilidad de las plantillas — lo que los ingleses llaman «redundancy»— era una pieza clave para

restaurar la confianza en el sistema de producción de riqueza y bienestar. Si a los hombres ha de

juzgárseles por los resultados, el triunfo de Callaghan ha sido completo. Antes de dos años la inflación ha

bajado espectacularmente, ya que la última cifra anunciada por su Instituto de Estadística es en estos

momentos del 7,8 por 100 anual. La libra se consolida en los mercados exteriores y sus exportaciones

empiezan a crecer. Pero, sobre todo, los ingleses empiezan a pensar que su primer ministro tenía razón, al

mismo tiempo que bajan las expectativas de victoria del Partido Conservador en las próximas elecciones.

Es ahora que comienza a verse la luz cuando empieza a saberse el enorme esfuerzo que ha hecho

Callaghan. Las dificultades que habrá tenido que superar sobreponiéndose a las críticas y ataques de

muchos sectores de la población inglesa, que veían temporal y sensiblemente reducido su nivel de vida a

cambio sólo de una esperanza que después de varios meses se ha convertido en realidad. No debió ser

fácil tampoco, desde su despacho, resistir los dramas de las huelgas, las crisis de las empresas y las

tensiones de un plan de saneamiento tan duro como su conciencia y los expertos le aconsejaban. En la

soledad de su despacho se habrá dejado muchas horas de sueño y algunos años de vida. No conozco a

Callaghan personalmente, pero su inequívoca acción de Gobierno me hace pensar que se trata de un ver-

dadero profesional de la política. Que sabe lo que quiere y que acepta, en consecuencia, el precio que hay

que pagar en la vida pública por mantener una actitud como la suya. Y que sabía entonces cuando inició

su programa, como sabe ahora, que el riesgo de su fracaso hubiera significado el triunfo del Partido

Conservador y el final de su vida pública. Y en esa breve pero intensa batalla habrá tenido que empezar

por convencer a su propio partido, a su Gobierno, a los Sindicatos y al país entero de que no había otra

política posible. Por muy grande que fuese la tentación de ceder y de pactar otros compromisos más

llevaderos para su propia tensión arterial y la del pueblo inglés. La estrategia del líder laborista inglés ha

sido tan clara y contundente —y sus resultados tan espectaculares— que ha dejado sin argumentos al

partido de la oposición. Pero ¿y si hubiera fracasado? ¿Y si fracasa en el futuro? Entonces el Partido

Conservador tendrá la oportunidad de gobernar. En la garantía de este mecanismo alternativo ha jugado

Callaghan sus cartas y ha ganado. De ahí su actitud en el Congreso de Brighton —hace muy pocos días—

cuando afirmó sin vacilar que, si su programa de Gobierno era rechazado por el partido, convocaría de

inmediato elecciones generales. Salvadas todas las distancias de tiempo y lugar, a mí me recuerda esta

actitud del primer ministro inglés a la del presidente Suárez durante la reforma política que ha hecho

posible inaugurar en nuestro país una democracia el pasado día 15 de junio. Me imagino las tensiones que

habrá tenido que superar quien, como él, pudo haber sucumbido a la tentación más fácil de no enfrentarse

con la realidad. El pacto de la Moncloa responde a otra estrategia de Gobierno distinta en un país

diferente y en otras circunstancias. Otra pudo ser la alternativa y no fue. Pero, en todo caso, el país, en su

conjunto, y los electores de la Unión de Centro Democrático, en particular, esperan de su presidente esa

misma actitud sin concesiones que hizo posible la reforma política.

Joaquín GARRIGUES WALKER

 

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