Autor: Tusell, Javier. 
   El rubor nacional     
 
 ABC.    17/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

EL RUBOR NACIONAL

Por Javier TUSELL

EN febrero d« 1920, Wenceslao Fernández Flórez escribió un artículo en el que narraba una extraña

peripecia vivida por un personaje histórico de nuestro socialismo. «El señor Besteiro —comenzaba—

venía ejerciendo su apostolado con la comodidad que los países libres otorgan.» Pero un día llegó a

Villacarrillo, en la provincia de Jaén, y allí tuvo un enfrentamiento con una autoridad local, de esas que

consideran que su voluntad está por encima de las leyes divinas y humanas. Como consecuencia, «el

señor Besteiro fue llevado a, un lunar incómodo y sucio, no a un calabozo». :>¿Qué le hicieron a don

Julián —proseguía Fernández Flórez— en ese lugar incómodo y sucio? ¿Le han flagelado? ¿Le han

sometido a rudos tormentos, al hambre, a la sed, al plomo derretido, a las púas introducidas entre las uñas

v las carnes? No; la Idea no puede contar con un nuevo mártiz», concluía. En efecto, pasado un rato

apareció un guardia, y luego de decirle al diputado socialista que sus amigos no eran bien recibidos en

Villacarrillo, «se limitó a ponerse en cuclillas y realizar esa operación durante la cual algunas personas de

costumbres extrañas suelen leer la Prensa». No pasó nada más. Pero, soltado ya el señor Besteiro, hubo el

previsible incidente parlamentario. «La Cámara —seguía nuestro comentarista— disertó pomposa v

largamente acerca de esto; muchos periódicos dedicaron concienzudos artículos a la actitud del guardia;

escribiéronse las frases más sonoras y pronunciáronse encendidas defensas de la inmunidad. Volvieron a

sonar los amados lugares comunes: «Los momentos son dificiles» y «la patria está en peligro». Se calificó

de «amarga odisea», «atropello salvaje» y «vergüenza nacional», lo que en realidad no ha sido más que

una aventura ridicula.» «Y acaso — finalizaba—, dentro de unos meses se aliará en cualquier plaza, de

cualquier ciudad del extranjero, una estatua representando a don Julián cargado de cadenas, y en el plinto

un guardia municipal con los codos sobre las rodillas y el rostro dilatado por el esfuerzo.» EN los

momentos en que estaba en su punto álgido el llamado «affaire Blanco», he tenido la tentación de citar

este artículo de Fernández Flórez, y si no lo he hecho ha sido porque podía parecer sangriento el

tratamiento irónico de un suceso 4ue se describía en tonos dramáticos. Ahora creo que no cabe duda de

que el incidente entre el diputado saltarín y el zapatero policía pertenece más bien a la opereta bufa qu« a.

la tragedia romántica en doce actos. Como tal, lo más correcto hubiera sido reducirlo a. su verdadera

dimensión y no convertirlo, ni siquiera durante horas, en eje de la política española. El autor de estas

líneas empezó » preocuparse de política en sus años universitarios cuando los estudiantes practicábamos

el deporte de intentar defenestrar al señor Martín Villa, por entonces jefe nacional del 8. E. V. No es de

extrañar, por tanto, que todavía ande sorprendido de que, con el paso del tiempo, militemos en el mismo

partido. En su gestión política ha tenido más o menos aciertos, y sin duda, un político de la oposición

sería capaz de encontrar algún motivo par» pedir su dimisión. Pero recurrir a lo sucedí!» en Santander es

algo que nunca se debería haber hecho, porque se corría el peligro de que, como en cierta manera ha

sucedido, no resultara bien parado ni el prestigio del partido que ha magnificado el incidente ni el de las

Fuerzas de Orden Público, ni sobre todo «el del mismo Parlamento. Si Fernández Florez ridiculizaba el

«affaire de Santander», imagínese lo que podía haber hecho con lo que ahora ha pasado, que, en buena

lógica política, se hubiera debido no ocultar, por supuesto, pero sí reducir pudorosamente a sus límites es-

trictos. Y es que, por desgracia, para todos, ni don Alfonso Guerra es don Julián Besteiro ni algunos

socialistas parecen miembros del partido que fundó Pablo Iglesias, sino más bien del radical socialista (sí,

el de los «jabalíes» que describió Ortega, las bravatas vocingleras y el revolucionarismo verbal).

Todos hemos de hacer lo posible para que no se vuelva a repetir esta oleada de rubor nacional que

acabamos de padecer. Porque, por debajo del ridiculo, que es sólo la epidermis de lo sucedido, hay algo

infinitamente más grave. También Fernández Flórez lo apuntaba en el artículo que vengo citando.

Describiendo la situación del ánimo público ante la más alta institución representativa del país empleaba

unas palabras no ya ridiculizadoras, sino trágicas: «El Parlamento, los hombres de este Parlamento, no

hacen nada, ni sirven para nada; las más graves cuestiones desfilan ante ellos sin lograr que desciendan de

la vacua abstracción de sus discursos..., y de día en día crece la distancia que los separa de la realidad.»

Aunque estamos, a Dios gracias, todavía a años luz de esta situación, ¿queremos verdaderamente que no

se repita de nuevo? Pues ahora es el momento de poner los medios para que así sea..— J. T.

 

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