Autor: Tusell, Javier. 
   Los enemigos del centro democrático     
 
 ABC.    01/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ABC. JUEVES, 1 DE SEPTIEMBRE DE 1977

LOS ENEMIGOS DEL CENTRO DEMOCRÁTICO

Por Javier TUSELL

A nadie se le ocultará que en las últimas semanas «I Centro Democrático, que en su día obtuvo unos

brillantes resultados electorales, anda algo de cap» caída. No nos puede, desde luego, extrañar. Para

interpretar los resultados electorales se ha recurrido con frecuencia a la afirmación —cierta, sin duda— de

que en cualquier consulta electoral quien está en el Gobierno tiene siempre una cierta ventaja sobre los

que permanecen en la oposición. Sin embargo, en mi opinión es más válido para el caso de las elecciones

españolas del 15 de junio lo que los sociólogos americanos llaman «el efecto del furgón de cola»,

consistente en que los partidos que se -espera no obtengan la victoria, reciben una prima de un electorado

que, en caso de que la situación estuviera más dudosa, se decantaría en otro sentido. Pero, sea cierta o no

mi afirmación anterior, parece indudable que sobre Suárez y el Centro Democrático pesa ahora el

monstruoso desgaste de quien lia protagonizado la escena politica durante la coyuntura más difícil que es

posible encontrar en la reciente Historia española. En este país súbitamente se está produciendo una poli-

tización, que empieza por el registro más fácil: el de considerar que todo el que está en el poder, por ese

mero hecho, lo hace mal. cuando si es cierto que se han hecho algunas cosas mal, establecer un balance

radicalmente negativo sería injusto por completo. Esto es, sin embargo, lo que parecen pensar los

«enemigos» que recientemente le han salido al Centro Democrático. Lo peregrino de! caso es que, si el

Centro tiene «enemigos naturales» (que son, a su izquierda, el P. S. O. E. y el P. C. E , y, a su derecha.

Alianza Popular), los peores, los más irritados y persistentes, son. por así denominarlos, unos «enemigos

contra natura». Al menos así parece deducirse de aquellos que situándose en el centro del espectro

político repudian, sin embargo, la opción que lleva a este nombre y no ocultan su intención de intentar

una tercera vía, de la que lo menos que puede decirse es que está por ver que. sea posible y aun hay

abundantes argumentos para pensar en sentido netamente contrario. Hay gentes muy respetables que han

mantenido un prurito de virginidad frente al Centro de manera consecuente y decidida. Pero convendría

que recordaran que el pasado 15 de junio hubo en este país unas «lecciones y que, después de ellas, es

harto difícil (así lo prueba la historia y la sociología electoral) que se puedan producir cambios bruscos y

radicales en el pronunciamiento del elector. Siempre unas elecciones inaugurales de un período

democrático establecen unas pautas difícilmente reversibles. Muchos de los miembros de lo que en su día

fue llamado el «Club de los damnificados del Centro» deberían pensar que han sido ellos mismos los que

se automarginaron (del Centro y de las elecciones) y que esto mismo es bien significativo de su

impotencia. Los que acudieron a la contienda electoral tendrían que ser conscientes de que, o bien lo

magro de sus resaltados hace inviable su postura, o bien cuando no es ése el caso, como por ejemplo en el

de las candidaturas senatoriales, que se trata de un resultado producto de una adición de sumandos

heterogéneos difícil de repetir en el futuro, sobre todo sí la Cámara Alta se configura de otra manera.

Quienes así piensan pueden y deben ser atraídos a una colaboración con el Centro Democrático. De

hecho, éste es un proceso que se ha iniciado ya y que se deduce de la posición adoptada por una parte de

la Federación de la Democracia Cristiana y del oportunísimo acercamiento a sectores catalanistas

esbozado por el presidente Suárez en su viaje a aquella región. No convendría, sin embargo, olvidar que

para que pueda tener lugar en la medida necesaria es precisa no sólo una voluntad decidida, sino que el

Centro Democrático se perfile de manera clara como un partido auténtico: partido, en el sentido de

perfeccionar su estructura organizativa y su afiliación de masas; y auténtico, en el de responder

verdaderamente a los intereses y a la ideología de quienes depositaron por él su voto. Pero no todo

depende del Centro, sino también, en un porcentaje muy elevado, de sus enemigos de ahora. Yo les

pediría que observaran a su alrededor la política española y dedujeran que su supuesta tercera vía no es

sino demostrar vocación de apéndice. Me explicaré: el único que saje beneficiado de esa actitud es el

partido socialista, del que esa tercera vía se constituiría en modesto coadyuvante. Vistas las características

que hasta el presente adornan al socialismo español, uno se siente tentado de afirmar que es necesario

haber sido muy franquista (como lo han sido algunos de los protagonistas de esa tercera vía) como para

desear que el partido de Pablo Iglesias llegue al poder antes de lo que debe. Jugar la baza de la catástrofe

del Centro Democrático es un ejercicio típico de lo que los franceses llaman «la politique du pire» (la

política de lo peor); es también apostar por la catástrofe del centro (así, con minúscula) sociológico del

país y es, en definitiva, poner en graves dificultades la estabilidad de la democracia en España. Al

espectador imparcial de la política española le convendría saber, por otra parte, que en algunos casos la

tercera vía no es un testimonio de congruencia y de deseo de virginidad política, sino más bien de todo lo

contrario. Hay quien pretende lanzarla a la arena española simplemente porque, procedente del régimen

pasado, no ha sido tomado lo suficientemente en serio a la hora de ser confeccionadas las candidaturas o,

en el momento de formarse gobierno, no ha llegado a obtener las prebendas a las que creía tener derecho.

Serrano Suñer cuenta en sus Memorias cómo, estando en el poder, se le acercó en una ocasión quien,

diciendo querer entregarse al «servicio y el sacrificio», lo que pretendía en realidad era ser gobernador

civil. De «serviciales y sacrificados» de este tipo está llena la política española y su impúdico espectáculo

de estos momentos sobrepasa el ridículo para caer en la desfachatez. Ha habido una ocasión en la política

española en que este tipo humano alcanzó su mejor definición: fue cuando Romero Robledo, el primer

cacique de España, se dedicó, con tal de alzarse con el poder, a hacer de funambulista, apareciendo como

progresista e izquierdista después de haber militado en la más caracterizada de las derechas del partido

conservador. Y hubo de ser, entonces, Francisco Silvela quien le describió con unas palabras definitivas:

«Su señoría no es un disidente —dijo en el Congreso—; es un enfermo.»—J. T.

 

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