Autor: Tusell, Javier. 
   Sobre el gobierno nacional     
 
 El País.    07/09/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

MIÉRCOLES, 7 DE SEPTIEMBRE »E 1977.

SOBRE EL GOBIERNO NACIONAL

Por Javier TUSELL

EL diagnóstico sobre qué deha hacerse en el momento presente de la política española depende en buena

medida de la pura comprobación de lo que en ella se viene produciendo desde hace unas semanas. En

opinión del autor de estas líneas, uno de los hechos más curiosos e interesantes, desde el punto de vista

científico de la transición española a la democracia) es la disparidad, cuando no divergencia, con que se

lian manifestado la clase política y el propio pueblo, A la situación presente hemos llegado, desde luego,

por una cierta conjunción de actitudes de una y de otro, En la clase política de la Unión de Centro

Democrático s« ha podido observar «na cierta «novatez» en el ejercicio del Poder, apreciable en alguna

de sus repetidas declaraciones a la Prensa-. Es quizá explicable porque, en definitiva, proviene en un

porcentaje muy elevada de la oposición democrática: muchos de estos hombres han amanecido a la vida

pública española, desde clandestinidades mus o menos mitigadas, hace relativamente pocos meses. Es

lógico, pues, que propendan más a la manifestación de sus opiniones Que a la mucho más opaca labor de

despacho. Pero hay otro fenómeno en ia clase política que tiene también una indudable significación: es

e) que pretendí retrasar días pasados en un artículo, publicado en este mismo diario, bajo el título de «Los

enemigos del Centro Democrático». Su existencia es lógica y, por supuesto, ea muchos casos obedece a

motivos respetabilísimos; pero creo que es importante recordar que en otros casos no es, ni mucho menos,

así. Baste con recordar que es un ex consejero nacional, de desconocida trayectoria democrática, quien

ahora pretende solventar todos los problemas del naciente régimen de libertad defenestrando a Suárez.

EN el pueblo español se están también produciendo das fenómenos peculiares diie poco tienen que ver

con los de la clase política. El primero, todavía latente y por ello quizá no suficientemente señalado por

los comentaristas, consiste en la conciencia de quienes el 15 de junio votaron por los socialistas,

queriendo imponer únicamente una trayectoria democrática, al país, de que erraron al hacerlo. El

resultado de este yerro ha, sido que el Centro (en parte culpable por no haber adoptado un aspecto lo

suficientemente renovador) no ha alcanzado la mayoría absoluta, mientras que el P. S. O. E, puede llegar

a sentir la tentación de gobernar al país no estando todavía capacitado para hacerlo. El segundo

fenómeno, de más de un día y gravedad, es la existencia de un cierto desánimo en capas importantes de la

población. Mediante una utilización .abusiva de la palabra «democracia» se nos ha querido hacer esperar

que con su advenimiento todos los problemas Quedaban superados. Pero la democracia no tiene esas

virtudes taumatúrgicas que algunos atribuyen a la revolución (aunque sea nacional-sindicalista) ; es sólo

un procedimiento para plantear 3- resolver las cuestiones. A todo «lio se ha unido el inevitable

«desmadre», que tiene poco o nada que ver con una democracia estable, producido como consecuencia

del aflojamiento de los laxos >rue aferraban a la sociedad española duran le una dictadura y cuyas

manifestaciones más evidentes son, por ejemplo, el despellejamiento sistemático del adversario

practicado por cierto tipo de Prensa; la alabanza desmesurada de quien, por los métodos que emplea, es

presumiblemente repudiado por la inmensa mayoría del pueblo español: o, más en general, un cierto ton»

de intransigencia y de demagogia del que quiere tenerlo todo en pocos minutos. Todo esto. nacido en una

parte de la clase política, ha llegado a influir en un cierto número importante de españoles. EN este

ambiente es en e! que se b» planteado la posibilidad d« constitución de un Gobierno nacional. Importa

señalarlo porque esta es una cuestión táctica, y por tanto no sustantiva, que en su desenlace o resolución

no puede ni debe causar ningún tipo de conmoción nacional, cuando la verdad es que la ha creado. Sin

duda en un régimen democrático siempre las cuestiones se deben plantear con el necesario reposo, Una

vez más a quienes les corresponde la razón en este sentida es a los miembros y herederos de la gran

tradición liberal española: ya hace unos meses escribió Julián Marías que quienes eran enemigos de la

democracia pretendían en muchas ocasiones y terrenos ir más deprisa de lo lógico, y hace unos días nos

acaba de aconsejar Justino de Azcárate la necesaria pausa para la estabilidad de las instituciones

democráticas. DESDE esta perspectiva, ¿tiene sentido ahora mismo la constitución de un Gobierno

nacional? Lo primero que habría que decir al respecta es qu* las exigencias de las fuerzas políticas

parlamentarias no van por ese camino; *i P. S. O. E. quiere ser la al

tentativa global del Poder, Alianza Po-

pular no quiere sentarse al lado del P.C.E.

y éste sólo desearía la colaboración de

los dos grupos políticos de más entidad

al objeto de deteriorar al situado más

a la izquierda.

Parlamentariamente el Gobierno na-

cional no se justifica y éste es ya un

argumento importante, porque Juan Linz

nos ha enseñado que uno de los proce-

dimientos para llegar a la crisis y co-

lapso de un régimen democrático es

precisamente la falta de autenticidad en

las crisis gubernamentales.

Por otro lado tampoco 1a situación

de cada uno de los dos grandes parti-

dos parece propicia para un Gobierno

nacional. La U. C. D. tiene el grave in-

conveniente de no ser todavía un par-

tido; el P. S. O. E. lo es, pero, con toda

probabilidad, está todavía bastante le-

jos de poder acceder a las responsabi-

lidades del ejercicio del Poder. En esas

condiciones un Gobierno nacional no su-

pondría nada positivo en el camino ha-

cia el primer objetivo, y respecto del

segundo el resultado podría ser toda-

vía peor.

Todo sistema democrático tiene que

crear sus propias alternativas de go-

bierno dentro de una fundamental fi-

delidad a unos principios básicos de

rango constitucional. Con un Gobierno

nacional existiría la sensación de que

todo en el nuevo régimen es igua1. Por

otra parte el más grave problema con

que España se enfrenta en el momento

actual es el económico, y ¿se puede de-

cir que se haya ensayado en toda su

extensión y profundidad el programa de

la Ü. C. D. para solventarlo?

Otra de las formas de acabar con una

democracia es, sin duda, la inestabili-

dad gubernamental, pues recuérdese que

fue esto precisamente lo que caracteri-

zó a la República de Weimar y a la

segnda española.

Finalmente conviene no magnificar

las posibilidades de un Gobierno, nacio-

nal. En España se ensayó en 1918 y su

destino quedó muy bien descrito, en

estas mismas páginas, por Wenceslao

Fernández Flórez. Al principio, con ese

mesianismo típico de nuestro país, todo

eran abrazos y gritos patrióticos; a las

pocas semanas su prestigio se había des-

vanecido y sólo sirvió para que deter-

minadas figuras se deterioraran inútil-

mente ante la opinión. Hubo otra oca-

sión en que pudo y debió haber un Go-

biernio nacional: en 1936, ante la inmi-

nencia de una guerra civil. Confío en

que nadie piense que la situación es

en estos momentos la misma.

NO parece, pues, imprescindible por

el momento un Gobierno nacional

En mi opinión resulta, sin embar-

go, necesario, del lado de las fuerzas de

la oposición y en especial de su sector

más fuerte, una mayor actitud de con-

cordia en lo fundamental. Y del lado

del Gobierno y la Ü. C. D., un relanza-

miento de su actuación desde el Poder

y, sobre todo y ante todo, la conver-

sión de los millones de votos recibidos

en una organización partidista propia-

mente dicha.—J. T. 

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