Autor: Meilán, José Luis. 
   El fondo de la crisis     
 
 El País.    11/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL PAÍS, martes 11 de octubre de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

El fondo de la crisis

JOSÉ LUIS MEILAN Diputado de UCD

Hay muchos datos para confirmar que atravesamos una crisis profunda. Tanto que casi no es necesaria la

lectura de los indicadores correspondientes. Quienes han diagnosticado el momento presente coinciden en

señalar, junto a otras notas, la de una ausencia de confianza. La atmósfera está llena de inseguridad, de

decepción. Justificadas o no, se han extendido por el país nubes de desaliento y de perplejidad. No han

faltado voces que han advertido del peligro que esos sentimientos pueden acarrear a la naciente etapa

democrática. Los puntos de referencia que se juzgaban estables han perdido su valor. Qué es justo, qué es

legal, constituye, a veces, una preocupación sorprendente para cuya satisfacción no hay siempre

respuestas seguras. Será que pervive un ordenamiento jurídico inadecuado; será que perviven estructuras

alienantes. Cualquiera que sea su justificación —o su coartada—, la cuestión es que la vida española

discurre sobre un terreno movedizo, desde lo fundamental a lo más ordinario. Van a cumplirse cuatro

meses desde las elecciones del 15 de junio, y la flor de la democracia crece espigadamente sobre un erial.

Y lo que es su savia, el contacto del pueblo con las instituciones en las que depositó, con su voto, la

confianza, se distancia en lo que es más preocupante: la incomprensión, ¿Qué hacéis?, es la pregunta que

repiten electores desconcertados y desencantados a sus teóricos representantes, no más ilusionados y

lúcidos. ¿Qué ha sucedido en este país en estos cuatro meses para que se haya producido un cambio tan

significativo de ambiente colectivo? El 15 de junio se alumbró para muchos —pienso que para la

mayoría— una esperanza. Desilusión, escepticismo, cuando no despecho y arrepentimiento, es la cosecha

que recoge cualquiera de los días ordinarios de este otoño luminoso, por debajo de las evasivas

declaraciones de las fuentes fidedignas. No han cambiado las constantes de la coyuntura económica. Se

han agravado lógicamente por e simple transcurso del tiempo. Pero no son un dato nuevo. Tampoco lo

son las afortunadamente esporádicas sacudidas de la sensibilidad colectiva en forma de muertes de

agentes del orden público. La tensión del País Vasco tampoco ha surgido ahora, y hasta podría afirmarse

que no ha empeorado. Más aún, una cuestión pendiente como la catalana se ha encarrilado. ¿Por qué en-

tonces esa mutación del escenario? ¿Cuál es su profundidad y su clave? A mi juicio no hay que buscarla

en el campo de las recetas técnicas, de las jugadas, más o menos afortunadas de la política entendida

preferentemente como un complicado juego de ajedrez táctico. Está más allá, en donde un pilar de la

civilización occidental, como Aristóteles, sitúa a la política, ni desgajada, ni confundida con la Etica. No

son estas reflexiones trasnochadas ni teóricas. ¿Habrá que recordar varios hechos decisivos de la política

americana reciente? Lo que hundió a Johnson fue creer que para aligerar la pesada carga de la guerra del

Vietnam podría engañar ligeramente al pueblo americano. El pueblo se dio cuenta y reaccionó contra esa

manipulación con tanta fuerza como contra la guerra misma. Error parecido y trágico fue el de Nixon, al

pensar que la opinión pública no conocería nunca lo que estaba ocultando en el asunto Watergate. Nixon

cayó no por sus desaciertos en los asuntos de Gobierno, en el enfoque general de la política interior o

exterior americana, donde obtuvo indudables éxitos. Dimite porque el apodo de «mentiroso Dick» había

dejado de ser un arma esgrimida por sus adversarios, para convertirse en una amplia convicción nacional.

El pueblo, que tiende a ser comprensivo con los defectos, no admite ser engañado. Todo esto acaba de

recordarse con el asunto Lance. El éxito de Cárter, en el acceso a la Presidencia, después de Watergate, va

ligado a una cierta conciencia nacional de regeneracionismo, que casaba con la figura y hasta la

predicación moral del entonces candidato. Parecía como si un poco de aire limpio o menos contaminado

del Sur pudiera restablecer la confianza en los sofisticados entresijos de Washington. El apoyo del

presidente a su paisano y jefe de la importante Oficina del Presupuesto —ya dimitido— ha hecho bajar

puntos en la credibilidad de Cárter. Es por ahí por donde hay que buscar ahora, entre nosotros, el sentido

y la profundidad de la crisis. La esperanza del 15 de junio ha sido maltratada porque ha faltado en la

acción de Gobierno grandeza, claridad, coherencia —un programa— y han sobrado ratonerías y chalanees

detrás de las puertas cerradas, golpes de efecto, aisladas y desconcertantes declaraciones, intrigas de

Poder e intereses personales. Y lo más grave, que está en la base de la desilusión creciente que se respira,

es el convencimiento de que no hay correspondencia con lo que millones de votos entendieron respaldar.

Todas y cada una de las afirmaciones que se acaban de hacer podrían ilustrarse con ejemplos concretos y

conocidos. Bastará quizá con uno reciente y exitoso. El doble lenguaje que se ha utilizado para presentar

el restablecimiento de la Generalitat —y hasta su forma jurídica— han generado recelos y humillaciones

donde tendría que haber satisfacción general. Querer rebajar el acontecimiento a un hecho ordinario, al

amparo de la ley de Bases de Régimen Local es afrentar a ios catalanes y tomar a los demás españoles por

incapaces de darnos cuenta de la trascendencia e irreversibilidad del hecho. La solución de la crisis hay

que encontrarla en el mismo terreno en que está planteada. No, desde luego, en los libros de economía,

sino en lo que pueda desentumecer los ánimos de los españoles, atenazados por el desaliento y aun por el

mal humor. Más que habilidades, el país necesita autoridad moral, ejemplaridad. La conciencia de

gravedad de la crisis es tal que, aunque no fuera más que por instinto de conservación, el pueblo se

acogería a unas medidas que fueran adoptadas con convicción por un Gobierno que no tenga complejos

de parecer lo que no es. Hoy, más que nunca, por encima de aciertos o errores, la Presidencia debe

encarnar un liderazgo moral para la consolidación de la democracia prometida. El gran patrimonio del

presidente Suárez es la esperanza que despertó en el pueblo español. Es un capital al que no debe alcanzar

la inflación. Porque, perdida, la confianza es irrecuperable.

 

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