Autor: Tusell, Javier. 
   ¿Fracaso de una generación?     
 
 Diario 16.    30/04/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

¿Fracaso de una generación?

Javier Tusell (*)

Cualquier profesional entre treinta y cuarenta años que se diera una vuelta por estos días por la

Universidad, por cualquiera de las tres Universidades madrileñas, sentiría una irreprimible sensación de

nostalgia. Los que tenemos entre treinta y cuarenta años y pasamos por las aulas hace una docena,

vivimos una experiencia común que fue la de la oposición al SEU, su agonía y su desaparición final.

La democracia es en España en buena medida el producto de un ansia generacional. En realidad lo es no

sólo de la generación que estuvimos por aquellos años en la Universidad, sino también (aobre todo en

determinadas regiones como Cataluña) por razones especiales, para una generación anterior a la nuestra.

Si se observan las trayectorias biográficas de personas que militan en partidos tan diferentes como Benet,

Cañellas, Pujol y, en cierta medida también, Raventós es fácil descubrir múltiples puntos de confluencia y

convergencia no sólo ideológica sino sobre todo biográfica. Para el sistema de partidos políticos

españoles éste es un dato que no debiera ser olvidado; constituye, desde luego, un factor positivo porque

crea una identificación vital que trasciende los enfrent mientes programáticos. Por eso, frente a lo que

habitualmente se dice, ser capaz de enfrentarse a un partido diferente del propio {en especial a los de

izquierda) e incluso hacerlo con acritud no quiere decir necesariamente mantener una postura maximalista

sino ser consciente de que la democracia exige enfrentamiento de posiciones dentro del mantenimiento de

unos principios de identidad sobre las características del régimen en que se desea vivir.

Identidad generacional

Convendría que se meditara un poco acerca de la realidad de la identidad generacional con la democracia

que tienen ahora las personas entre treinta y cuarenta años. Convendría hacerlo precisamente porque

estamos en tiempos de desencanto y más aún que esto de creciente sensación de impotencia. No sólo el

país sino buena parte de su clase dirigente tiene la sensación de que vamos a toda prisa hacia ninguna

parte. Y ckaro está, de esto se pus den dar innumerables razones, desde la crisis económica al terrorismo,

pasando por los enfrentamientos sociales. Pero deberíamos tener seriamente en cuenta de que las crisis

políticas globales no son sólo producto de factores externos a la política misma. Quizá sea por una razón

profesional (el autor de estas líneas es historiador de la política) pero da la sensación de que lo realmente

grave de la España actual no son los factores negativos en el rerreno económico, en el internacional, en el

orden público o en los aspectos sociales; lo grave es, en buena medida la propia crisis política que deriva

de la ausencia de una gran idea nacional y de la incapacidad del ejercicio de la voluntad en el liderazgo

político. Quizá se da cada vez más la sensación de que la política se pierde en las nimiedades y en las

pequeñas ´maniobras; de que la protesta de que nos parecía a veces tan legítima cuando podía representar

un peligro personal se convierte en demagógica e incluso gravemente atentatoria contra los derechos de

los demás; de que la Administración simplemente no funciona; de que los partidos políticos no dan la

sensación de ejercer para lo que valen, es decir, ofrecer propuestas constructivas para el país; de que falta

en casi todos no ya la capacidad sino también incluso, en ocasiones, la voluntad de mandar. Y, claro está,

en la generación de los que tenemos entre treinta y cuaranta años puede existir la sensación de que todo

eso es culpable por la inercia y el peso tremendo del pasado. En parte, todo ello pudiera ser cierto, pero en

parte también hay que reconocer que hemos sido incapaces en poco tiempo de defenestrar a los

insolventes que forman parte tanto de nuestra generación como de las pasadas.

Privatización

¿La solución? Hay una palabra que me llamó la atención a la hora de escribir sobre la oposición

democrática al franquismo. Es un término, posiblemente utilizado en sentido incorrecto, «privatización» o

quizá mejor el verbo «privatizar» usado en forma reflexiva. Se decía a una persona que «se privatizó»

cuando optó por el ejercicio de su profesión, aburrido de una oposición impotente frente al régimen

franquista que resultaba no solamente estéril sino además vitalmente esterilizadora. En el momento actual

también existe la tentación de, ante la realidad política poco grata, alienarse por el ejercicio del trabajo

profesional. Y es que un descubrimiento suficientemente obvio pero que sin embargo se nos ha

presentado probablemente como un Mediterráneo inesperado es que el Poder con toda su apariencia no

pasa de ser una lata. Para ministros, los de antes. Si la política no tuviera otro interés que el del ejercicio y

el usufructo del poder, lo que merecía la pena es ser ministro franquista cuando «se podía» mucho. Pero

afortunadamente la política tiene también otras razones de ser. La tentación de la «privatización» siempre

estará presente, pero precisamente por las dificultades tendríamos que inclinarnos por aquel «golpe de

timón» que mencionó quien deade luego no tiene nada que ver con nuestra generación. Además le ha

correspondido la razón a Tarradellas al describir una innegable realidad de la política española: las cosas

han ido bien en el pasaóo, no van tan mal en el presente y no es imprescindible que vayan mal en el

futuro. Las memorias de Groucho Marx (una lectura generacional, si las hay) se inician con una frase que

tiene algo de terrorífico, bajo una apariencia humorística: de la nada a través de ímprobos esfuerzos he

conseguido elevarme a la más absoluta miseria. De alguna manera nos puede suceder esto mismo a los,

que entre los treinta y cuarenta años concluimos con el SEU en la Universidad en que nos formamos en

los años sesenta. Debiéramos frente a la tentación de la privatización, por identidad generacional y para

evitar un fracaso personal colectivo, recordar nuestras ilusiones de tiempo pasado. Nuestra generación

para realizarse deberá vincular su existencia a la viabilidad de la democracia española. Aunque suene un

poco pedante, ése es nuestro destino histórico.

{*) Catedrático de Historia. Director general del Patrimonio Artístico, Archivos y Muscos.

 

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