Autor: Ventura, Vicent. 
 Fuera de Juego. 
 Raimon, Llach, los demás, la canción y la protesta     
 
 Informaciones.    04/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Fuera de juego

RAIMON, LLACH, LOS DEMÁS, LA CANCIÓN Y LA PROTESTA

Por Vicent VENTURA

ACABO de leer, con retraso, una entrevista que le hace Monleón a mi amigo Raimon. Destaco lo de amigo porque no quiero que nadie crea que soy imparcial. Soy parcial Y sólo diciéndolo seré lo más imparcial posible. A mi no es que me guste Raimon sólo porque es mi amigo desde hace muchos años, desde que empezó, prácticamente, a cantar en público y algo tuve que ver en una de sus primeras actuaciones, cuando aún no le conocía personalmente. A mi me gusta Raimon porque creo que su singularidad" es evidente, y lo comento ahora, no sólo ante la entrevista que me sugiere el tema, sino también porque el otro día estuve oyendo cantar a Lluis Llach a quien sólo había oído en disco.

Raimon dice que los intelectuales —y me incluyo en la medida en que lo sea un periodista— no solemos ir a los recitales. Es cierto. Alguna vez, Analisa, su mujer, me ha tenido que llevar casi a la fuerza a los que él ha dado en Valencia. Tenemos poco tiempo. Entre el trabajo para ganarnos la vida con la mayor independencia posible; el trabajo, intelectual que va desde las lecturas hasta las escrituras, y el trabajo político, que no falta nunca, más bien al contrario, en este País Valenciano tan dejado de la mano de la razón y tan entregado a manos de la esquizofrenia más o menos oficial, no hay quien pare. Uno no va a recitales, ni al cine, ni al teatro, ni a nada y encima se acuesta rendido porque siempre queda por hacer la mitad de lo que se emprende.

Pero, en fin, el otro día, Eliseu Climent me arrastró a escuchar a Lluis Llach, y no lo siento. Primero, porque comprobé que es un excelente cantante y un excelente músico, ademas de ser un militante de la canción catalana, que es la de todos los países de la misma identidad,, y el que no esté de acuerdo que se vaya o hacer puñetas, que no está uno para perder el tiempo con imbecilidades; y segundo, porque comprobé también que cuando se relacionan y enfrentan cantantes, se hace siempre porque se es tonto o porque se tiene mala fe. Raimon y Llach son tan distintos como la noche y el día. Cada uno tiene su manera de hacer las cosas, aunque los dos tengan un público semejante Yo mentiría si no dijera aquí, y Llach lo comprenderá perfectamente, supongo, que a mí me gusta más Raimon. Parcialidad aparte, que confieso, estoy más con la voz que con la música, y Llach está más con la música que con la voz. Luego está el gusto poético de cada hijo de vecino. Me gusta más la poesía de Raimon. Pero, acto seguido, quiero decir que Llach me impresionó. Del disco al hecho hay un gran trecho El disco es cómodo, pero no está vivo.

Escuchando el otro día en Lliriá —¡en Lliria y no en Valencia!— a la Filarmónica de Budapest, tuve una nueva ocasión de comprobarlo. Llach, no sólo es que canta bien y que toca mejor el piano, y que dirige a su conjunto, que es muy bueno, es que además te transmite su ritmo incansable. Canta y se mueve al compás de su voz y de los instrumentos, de tal modo, que casi llega a moverle a uno las piernas. ¡Incluso a mí, que no bailo a otro ritmo que al del pandero, como los osos!

Vuelvo a la entrevista de Monleón con Raimon —en «Opinión», y corto porque ya hay mucho «on» en tan poco espacio—, en la que me parece que pone el dedo en la llaga, como siempre —es más listo que el hambre— cuando habla de la función de los cantantes que aparecieron con aires de «protesta» —y lo eran— pero que no se acaban en la protesta, ni mucho menos. Las anécdotas que cuenta del cantante gallego, al que le silbaron una canción de amor en un recital universitario, y la de los cantantes portugueses que, para arrastrar al público, hubieron de levantar el puno, son muy sintomáticas.

El otro día, en su recital, Llach se preguntaba qué tendrá que hacer el cantante cuando no haya de cumplir tan totalmente como hasta ahora una función política. «Pot ser —decía— tindrem que ser memoria». Es una función, desde luego, pero no la única. Todo resulta mucho más sencillo, como siempre. La función del cantante es cantar sus versos o los de otros, con su música o con la de otros, lo mejor que sepa. Y de eso depende todo, de que cante bien o mejor. Porque sin cantar bien, ¿hubieran sido cantantes de «protesta» los que lo han sido? ¿Cuántos han desaparecido del mapa porque gastaban el truco de «protestar» sin tener talento de cantantes, de poetas, de músicos? Continuarán los que saben: Raimon, Llach, Quico, Ovidi... porque, además, las razones para protestar no van a terminar nunca. «La gloria celestial que para todos desea», que es la fórmula con que terminaban los sermones cuando yo era pequeño —¡ay, hace muchos años!— es eso, una fórmula. No se alcanza nunca. Lo que pasa es que habrá que protestar más inteligentemente contra lo mismo que hasta ahora, pero para quitar el disfraz que va apareciendo sobre lo que, en el fondo, tenia —si puedo hablar así— la ventaja de presentarse al desnudo durante la dictadura de los cuarenta años. Porque hay que ver la de gente que cree que de verdad estamos ya, o a punto de llegar, al mejor de los mundos posibles. Todos los que creían que no estábamos tan mal durante los,cuarenta años de paz, carreteras, pantano», y el ascensor que sube y se para en el piso de uno, y llaman a la puerta, etc. Raimon y los que quieran seguir ese camino tienen para rato. Ellos cantando, y los demás en lo de cada cual. Aquí apenas ha cambiado nada, y para que cambie habrá que seguir cantando mucho, escribiendo mucho, hablando mucho, organizando mucho.,, y que todo ocurra sin los miedos del ascensor que sube. Pero haciéndolo todo, no sólo bien, sino mejor.

Veremos, veremos. Que los apresurados o los satisfechos, con poco se contentan. Y la mayor parte sigue quedándose sin trabajo cuando empieza a llover, y pasan así días y días. Estamos aún en la larga noche v no se ven todavía «los tintes de la rosada aurora».

 

< Volver