Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   El caso valenciano     
 
 Informaciones.    02/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

EL CASO VALENCIANO

Por Joan FUSTER

NO es que el fenómeno date de ante-ayer precisamente. Ya en torno de 1980 se publicó un divertido pan fleto.EI perill catalá», que lo denuncia ba en términos acalorados, y los precedentes —con apariencia de polémicas lingüísticas o históricas— se remontan, si más no, a principios de siglo La novedad consiste en que, ahora, el problema ha saltado a !a calle, y en la calle toma el gesto inevitable de un desplante politico. Lo cual tenía que ocurrir un día" u otro. Y ahí esté En el País Valenciano, por una serie de extrañas circunstancias que sería largo de explicar, el proceso de recuperación de eso que llamaremos «consciencia nacional» —de algún modo hay que decirlo— tuvo un desarrollo lento e inseguro, al que contribuyó no poco, por otra parte, la misma timidez de los planteamientos teóricos. Hace unos veinte o treinta años, las cosas empezaron a cambiar, y desde entonces, cada vez más: gracias a Dios. Lo que en las criptas iniciales sólo fue un propósito de salvar el idioma, con el imperceptible heroísmo de los versitos y las lecciones de gramática, ha desembocado, como cabía esperar, en un movimiento de creciente base popular. Queda todavía mucho por hacer, desde luego. Mi propensión al optimismo es mediocre: quizá porque «tengo prisa», y me parece que no se avanza tanto como sería necesario Pero el «avance» es de una evidencia absoluta.

La situación ha llegado, por fin, a ser «conflictiva» a los más diversos niveles. De, hecho, se trata de un enfrentamiento tajante entre quienes aspiramos a un País Valenciano «reidentificado» —o «reconciliado»— consigo mismo y quienes se aferran, por intereses obvios o por una lamentable «alienación» secular y hoy fomentada, a la docilidad provinciana, a la «despersonalización» colectiva, al coctel de «autosatisfacción» y de «autoodio» que subyace en las crispaciones folklorizantes ultravernaculares. De punta a punta, el País Valenciano ofrece al paseante indígena y al turista perplejo muchos síntomas de ese antagonismo: pintadas, carteles, pegatinas, banderolas, discusiones de cafetería o de familia, cartas al director en los periódicos locales, mamporros en la vía pública, octavillas de toda laya, gritos, manifiestos, intervenciones de los de «antidisturbios», rectificaciones de siglas en los partidos... Por supuesto, el asunto no es tan simple como lo acabo de insinuar: hay, como es lógico, muchas «medias tintas» y, más que nada, la boquiabierta inocencia de las «masas neutras». Sin embargo, el esquema vale. Y, en su ambigua exposición, los dos polos extremos sí que no son confusionarios: «catalanistas» los unos, «anticatalanistas» los otros.

Aquellos que para entendernos, designo como «anticatalanistas», ya puede imaginar el lector qué especie de fauna es. Es la trinchera de los residuos de la Dictadura, que, disponiendo aún de los privilegios del «pre-reformismo», se valen de su prepotencia oficial, apoyada por Madrid, para mantener a la ciudadanía ofuscada en sus rutinas ancestrales y para excitarla a base de cualquier sentimentalismo localista. Los otros no todos ni siempre son «catalanistas», ni mucho menos. Ocurre que se ven acusados de «catalanistas» porque no juegan el fuego de la genuflexión sucursaloide. De «catalanistas» en el fondo, tienen muy poco, o casi nada. Pero han de soportar la acusación: el «insulto», Al fin y al cabo, el «grave pecado» de esta gente es que, al articularse en partidas políticos, autóctonos o dependientes, procuran acercarse a la realidad social viva, y se presentan como partidos «del País Valenciano». La mayoría, no todos, ya pasan del «regionalismo bien entendido» a otro tipo de reivindicación más limpio y resuelto. Pero sólo a escala de País Valenciano. La propuesta política de «Países Catalanes» no figura en sus programas. Con todo, les acusan de «catalanistas» o de «pancatalanistas». Les acusa el «bunker»-barraqueta y la fascistofilia remanente —son todos unos—, y hacen trampa. Por desgracia, a mi entender, no todo lo que se reclama en nombre del País Valenciano está en función de la idea de Países Catalanes.

La degradación «nacional», entre nosotros, y particularmente en Valencia, ha llegado a tales límites que uno no se sorprende de nada. Volveré a contar una anécdota de que fui protagonista, hace tiempo. Con un amigo, tomábamos unas copas rituales en un bar céntrico de la ciudad-capital Hablábamos como de costumbre, él y yo: en la lengua del país. El camarero que nos servía, un muchacho de la inmigración, se tomó la libertad —curioso que era— de preguntarnos: «¿Ustedes son catalanes?» Le repliqué con otra pregunta: «¿Por qué lo crees?» Si respuesta fue deliciosamente innciaria: «¡Hombre, como siempre hablan en valenciano!» La Ingenuidad de su conclusión permite poner al camarero aludido como barómetro de una angustiosa realidad lingüístico-nacional El «bun-ker-barraqueta y sus aliados, con otras predisposiciones mentales —y «nativos» ellos—, piensan que los que «siempre hablamos valenciano» somos «catalanes». Y, bien mirado, no se equivocan. Los valencianos que siempre hablamos en valenciano, y lo hacemos consecuentemente, ¿qué somos, sino «catalanes»? En el País Valenciano catalano-parlante, todo el mundo es «catalán», aunque no lo sepa. Como el burgués-gentilhombre de Mollera se sorprendía al descubrir que hablaba en prosa... Porque, para ser nacionalmente catalanes, a los valencianos nos basta con ser valencianos de veras.

Con I» sartén por el mango, la clase dominante arrodillada pretende recusar como «catalanistas» a muchos que sólo son «valencianistas». Ya han maniobrado en este sentido contra algunos partidos, que justamente no se distinguen por su «catalanismo». Incluso intenta asumir lo de la «autonomía». Ya se engañará quien quiera engañarse, a este respecto. «Ellos» son los de siempre, bien coloreados, con su implantación caciquil, y lo que menos les importa es el «país», la «región» o el «reino». Van a la suya: al «mando» sucursalista, y a la extorsión del vecindario. Con la colaboración de media docena de paranoides obsesionados por la «catalanofobia», han conseguido grandes ventajas: que los «falleros», por ejemplo, se sientan predispuestos a votar por la candidatura más reaccionaria. ¡Ay, esta tierra, que fue «blasquista»! ¡Quién te ha visto y quién te ve, carita de serafín! La Valencia encastillada en los cargos públicos, hoy, volvería a condenar a muerte al mismísimo don Luis Llúcia. Y le llamarían «catalanista». Y «catalanista» dirían que era don Juli Just, o don Vicent Alfaro, o Escandell o Renau... Que nunca lo fueron. Fueron, a ratos, unos «valencianos» medianamente normales.

"., dejando de lado tales tergiversaciones, el hecho es que. en el País Valenciano actual, pululan unas minorías que se afirman nacionalmente «catalanes»; sin disimulos. A las cuales me apunto, si es que hace falta apuntarse. No es cosa de «partidos»: es una opción que va por encima y por debajo de otras militancias. A mí, personalmente, no me gusta que me llamen «catalanista», ni «valencianista», ni nada con sufijos. Yo soy un modesto fulano de Sueca que habla cata-tan y que se siente nacionalmente catalán.

Y soy tan valenciano —si «valenciano» significa ser, no un fallero de la capital, sino un habitante del País Valenciano, de pueblo— como el que más. Y, como yo, los otros: los muchos, los muchísimos otros.

¿Que eso le molesta a la «etique» de los mandamases fascistas? (Qué vamos a hacerle! Con su pan se lo coman... Hoy, en el País Valenciano, derechas e izquierdas han de contar con ese «nacionalismo catalán» de los valencianos. Les guste o no. A unos sectores, incluso de izquierda o de simulación izquierdosa, no les gustará. Pero, unos y otros, con el riesgo de hacerse cómplices, y ya se verá lo que son, ¿cómo podrán «suprimirnos»? Si se consideran «demócratas» —¿quiénes?—, habrán de «tolerarnos», en vez de derramar sobre nosotros, en cualquier fiesta regular, el completo utillaje represivo de la Policía. Han de aceptarlo, tirios y troyanos, en el País Valenciano: aceptarnos a los valencianos catalanes. Estaremos en cual-quie esquina para dar testimonio de nuestra razón. Si somos «cuatro gatos», paciencia. Seremos valencianos como ¡os demás, y con la afirmación catalana. Pueden darnos palos, multas, coronarnos de infamia. Es igual. De momento, los mamuts de la «valencianía» han hecho todo lo posible por afligirnos.

Es el fascio con diarrea. Una suciedad que hay que soportar...

 

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