Autor: Porcel, Baltasar. 
   El conflicto valenciano-catalán     
 
 ABC.    29/08/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

El conflicto valenciano-catalán

Por Baltasar PORCEL

HA recrudecido la cuestión catalano-valenciana. si es que alguna vez amainó en esta última quincena de anos. En Valencia, en Alicante, el fuego es ahora graneado, con acusaciones, dimensiones, soflamas y hasta la algarada callejera, en ocasiones no exenta de una cierta violencia. Cuestión, por lo demás, sólo crepitante en el antiguo Regne de Valencia, ya que en el también antiguo Principal de Catalunya lo valenciano únicamente es visto cuando algún sentimiento particular hay al respecto con notoria simpatía. Pero en el País Valenciano una parte considerable de la población y de sus creadores de opinión abrigan y manifiestan una ruidosa hostilidad anticatalana. Mejor dicho: contra lo que juzgan imperialismo catalán.

La lengua es el caballo de batalla. Los llamémosles valencianistas —o «bunker barraqueta», según bautizo de sus oponentes— sostienen que el «valenciano» es un idioma diferente del catalán, aunque paralelo, debido a sustratos lingüísticos prerro-mánicos, a influencias mozárabes, a variedades expresivas. Se trata de un punto de vista en extremo apasionado, y absolutamente diferente al que admiten en todo el mundo culto los filólogos y lingüistas especializados en, románicas, es decir, específicamente en el tema: que la lengua catalana conoce una serie de formas dialectales, como son el leridano, el mallorquín, el valenciano, el barcelonés, etc. De la misma manera que el castellano peninsular, unificado en su ortografía, en su gramática, en su habla culta, presenta una amplia serie de dialectos o maneras de hablar: el andaluz, el extremeño, el murciano, el vallisoletano y los que sean.

Un grupo de intelectuales valencianos, de profesores, de políticos, se sitúa igualmente en esta tesitura. Y de ahí la guerra civil: los otros les llaman instrumentos del pancatalanismo, del imperialismo catalán. Si Cataluña hubiera hecho como Castilla, unificar los demás reinos y tierras bajo su autoridad o al menos influencia, la cuestión no existiría. Pero del tronco catalán no sólo brotaron reinos independientes y dispersos, sino que además pronto (principios del XV) Cataluña dejó de ostentar la menor primacía política, económica, demográfica sobre los territorios afines, llegando incluso (del XV a principios del XVIII, y naturalmente después) a perder cualquier poder de decisión autónoma. Tenemos, pues, que «Cataluña» y «catalán» engloban un concepto cultural, histórico, etc., y a la vez denominan una región española y a los naturales de dicha región. Los valencianistas, «otra región», quieren estar a la altura de aquélla, negando cualquier entronque conceptual catalán por considerarlo una humillante dependencia.

En Mallorca, en las Baleares todas, en el Rosellón hoy francés, en Andorra e incluso en la población sarda de Alguer, catalanoparlante, no ha existido apenas ningún problema de este tipo. En Mallorca, por ejemplo, se dan variantes catalanas en abundancia —como puede ocurrir en Andalucía con respecto al castellano—, y acaso más al tratarse de una isla. Ha habido momentos de anticatalanismo incluso delirante, tales como la posición lingüística del canónigo Alcover en el primer tercio de este siglo o, cuando la guerra civil, la furibundia falangista, pero seriamente nadie ha impugnado las evidencias: una misma etnia, una misma lengua, una considerable concomitancia histórica y cultural.

Por otra parte, una cosa debiera ser el anticatalanismo o el deseo de separarse de cualquier concepto pancatalán, y otro el pleito idiomático, histórico-cultural. La relación entre España y las Repúblicas hispanoamericanas es en este sentido muy explícita. Ha habido etapas de distanciamiento, otras de franca hostilidad por parte de los hispanoamericanos y de negligencia desde el ángulo español, pero nunca, en ningún momento, han negado desde México a la Argentina su adscripción a la Historia y a la lengua españolas, aunque hayan sublimado lo local o lo indígena precolombino, incluso la infiltración italiana.

Este anticalatanismo —y no, lo reitero, el legítimo deseo de quedar al margen de lo pancatalán— parte además de la premisa del imperialismo catalán. Famoso fantasma, Y falso. Se dio, y con marcada envergadura, la potenciación industrial catalana decimonónica, la cual motivó a su vez el renacimiento cultural. Y la macrocefalia barcelonesa. Un proceso, en definitiva, similar al del desarrollo registrado en la mayoría de países en la Edad Moderna, y no digamos Contemporánea: la historia del mundo que conocemos es, en definitiva, la de las grandes ciudades. París, Londres, Milán... Las cuales segregan, de hecho, un centralismo que producirá una mayor o menor entidad ideológica, de presión sobreestructural. Entre nosotros, Madrid. Y no digamos París.

Barcelona ha tenido, tiene, un peso específico. Sin duda. Pero sin una proyección sobreestructural dilatada, por varias razones que pueden resumirse en dos: el no haber alcanzado una capitalidad político-estatal ni haber sido sus clases más poderosas —del movimiento obrero a la burguesía— catalanistas en un sentido independentista, sino sólo regionalista. O del autonomismo ahora llamado nacionalismo, si se quiere. Cataluña, así, no ha exportado, o apenas, una ambición imperial referente a las tierras que se agruparon bajo la aguerrida corona de Jaime I el Conquistador.

Aunque haya habido, que existan también hoy, grupos minoritarios pancatalanistas. Pero que no han podido conseguir ni representación en el Parlament catalán. Resulta significativo que Josep Tarradellas jamás haya querido ni oír hablar de federalismo pancatalán. Y que el presidente Pujol considere inviable cualquier plan en el mismo sentido. Sin embargo, insisto, es aceptada la unidad literaria, cultural, englobada en todo el ámbito lingüístico.

Lo cual no impide que en ocasiones el ambiente intelectual y político barcelonés afín ha dicho activismo político pancatalán haya mantenido actitudes escasamente diplomáticas frente a Valencia, a Mallorca. Las cuales ha agravado a veces la militancia política catalanista en dichos sitios, por necesidad de autodefensa ante las impugnaciones de que ha sido objeto. En las cabinas telefónicas de Palma, pongo por caso, había el otro verano pegatinas que ordenaban: «Parleu català» (Hablad catalán). En la isla apenas nadie protesta si se le explica que catalán y mallorquín son sinónimos. Pero el tono conminatorio levantaba las lógicas resistencias.

Y en el País Valenciano se exaltan cuando leen que Ausias March, el gran poeta medieval, o Joanot Martorell, el creador del aventurero «Tirant lo Blanc», son «autores catalanes», ya que eran naturales de Valencia. ¿No podría adoptarse una fórmula más suave, como la de «escritor valenciano, en lengua catalana»? De Jorge Luis Borges se dirá que es un autor argentino, en idioma español. En fin, historias.Pero que envenenan.

De los valencianistas ardorosos, además, cabe resaltar dos detalles paradójicos. Uno, que en general no usan la variedad idiomática valenciana como su lengua culta habitual, sino el castellano. Otra, que sus argumentos suelen coincidir con los de aquel viejo concepto españolista, tan agresivo como superado, según el cual el fenómeno diferenciador catalán, y cualquier otro, equivalía a separatismo y hasta podía merecer la pena de ejecución.

En fin, la noria da vueltas. Las dará... Y lo que abruma es su inutilidad, aparatoso y frágil castillo de naipes. Siendo como son tan graves y tantos los problemas que nos angustian a todos juntos.

 

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