Autor: Gómez, Carlos . 
 Sólo el 15% de los valencianos trabaja en la agricultura. 
 El "Plan Marshall" del País Valenciano: de la naranja a las multinacionales     
 
 El País.    18/03/1979.  Páginas: 2. Párrafos: 18. 

Sólo el 15% de los valencianos trabaja en la agricultura

El "Plan Marshall" del País Valenciano: de la naranja a las multinacionales

Rural y artesano hasta hace veinte años, el País Valenciano ha dado un salto espectacular hacia la industrialización. Apoyado en las divisas que aportaron sus naranjas y en los fondos de las multinacionales, que escogieron suelo valenciano por la escasa conflictividad de su población trabajadora, en dos décadas la costa se ha convertido en una sucesión de chimeneas y rascacielos, que en gran parte son propiedad de apellidos extranjeros. Los planes desarrollistas de los años sesenta han traído consigo una secuela de contaminación, hasta el punto de poner en peligro la Albufera o El Saler, sin que, como contrapartida, hayan crecido los niveles de riqueza. El milagro económico valenciano tiene los pies de barro. La transición de la huerta a la chimenea ha sido tan brutal, que las dos, la agricultura y la industria, aparecen hoy en peligro, como lo demuestra ese gran fracaso de la IV Planta Siderúrgica, montada por Altos Hornos del Mediterráneo. Informa de todo ello nuestro enviado especial Carlos Gómez

No es fácil encontrar hoy en Valencia una barraca. Las que no sucumbieron en la riada del 56 prácticamente han desaparecido, al igual que las tradicionales gambas y anguilas de la Albufera, en tres lustros de un desarrollismo autóctono e importado, contradictorio y, en algún sentido, salvaje. El tío Barret, de Blasco Ibáñez, cuya pasión suprema eran «aquellas tierras sobre las cuales había pasado, monótona y silenciosa, la historia de su familia», es hoy un obrero industrial, con graves problemas de vivienda, sanidad y educación, que vive desarraigado en un paisaje de edificios-colmena y chimeneas de humos sucios.

Hace veinte años, al comienzo de los sesenta, el País Valenciano era todavía eminentemente rural y artesano. «En 1960, casi la mitad de la población activa de la provincia de Valencia —escribe Ferrán Vidal, conseller del Interior— trabajaba en el sector agrario, cerca de una tercera parte en el sector de servicios y menos de la cuarta parte en el sector industrial. La Valencia agraria es, todavía en esa fecha, una verdad plena que alcanza hasta el momento desde una lejanía de siglos.»

Veinte años después, hoy, el 45 % de los valencianos trabaja en la industria y sólo el 15% en la agricultura. Más de la mitad de la población del País Valenciano reside en las tres grandes áreas metropolitanas de la región (Alicante-Elche, Valencia y poblaciones del cinturón y Castellón-Villarreal), mientras que las comarcas del oeste y noroeste de la región padecen un rápido proceso de desertización.

La naranja, a la que un gobernador civil llegó a calificar de Plan Marshall español, ha representado desde los años 20 hasta la segunda mitad de la década de los 60 un 15% como valor promedio (oscila entre el 13 y el 24%) sobre el total de las exportaciones españolas, lo que da idea del importante papel que el País Valenciano ha jugado en la economía española. Las divisas procedentes de la exportación citrícola han sustentado, cuando todavía las remesas de los emigrantes y las procedentes del turismo eran insignificantes, la economía española y el desarrollo de Cataluña, Euskadi y Madrid.

Pero no era sólo la naranja. Junto a los cítricos, otros productos (arroz, vinos, almendra y productos de huerta) completaban la imagen agrícola y exportadora del País Valenciano al comienzo de los años 60.

Una industria artesanal, confección, cerámica y calzado, dependiente del mercado local (y en algún caso de los mercados coloniales pobres: norte de África), convivía con la agricultura valenciana y se iba a transformar en el motor del nuevo desarrollo valenciano.

Crisis y desarrollo: la naranja mecánica

La burguesía valenciana, que hasta ahora había sido eminentemente rentista, y el tradicional olvido madrileño, junto con la buena marcha del negocio citrícola, habían fijado en el tiempo una imagen hasta cierto punto bucólica y próspera del País Valenciano, pese a la emigración secular de esta región.

El plan estatal de estabilización de 1959, la mayor competencia y peores precios para la naranja en los mercados europeos tradicionales y la creciente afluencia de emigrantes de la meseta provocaron una crisis, del modelo económico e hicieron reaccionar a los valencianos.

Las pequeñas industrias artesa-nales, a lo largo de las décadas anteriores, habían ido decantando una mano de obra semiespeciali-zada y nada reivindicativa, que, sumada a la mucha experiencia en mercados internacionales y a la privilegiada situación económica, constituyeron las bases —según Ricardo Pérez Casado, dirigente socialista y experto en estos temas— del modelo de desarrollo valenciano que se inició en la década de los 60.

Es un modelo económico que surge casi espontáneamente, sin una planificación regional y, desde luego, absolutamente huérfano de las atenciones de los Gobiernos de Madrid. Los planes de desarrollo de la tecnocracia opusdeísta no incluyeron ninguna acción especial a favor de esta región, y el crédito oficial a la industria valenciana fue irrelevante en estos años.

En estas condiciones, sin ayudas oficiales y con una estructura empresarial minifundista (la mayoría

de las firmas tienen cinco o menos trabajadores), se produjo el milagro económico valenciano. La paradoja de este desarrollo, en condiciones adversas, ha sido explicada por Luis Marco Bordeta —un alicantino que fue experto del Banco Mundial y que desempeña actualmente la secretaría general técnica del Ministerio de Industria—, en base a la mayor eficiencia del minifundio industrial valenciano, al funcionamiento generalizado en plan cooperativo y a que sus actividades concretas se ajustan a su dimensión y dependen en su mayoría (calzado, confección, cuero y madera) de la moda v de un servicio incorporado al producto que no es almacenable.

Un pequeño milagro

Desde estos presupuestos y con una actividad exportadora incesante (el sino de la economía valenciana parece ser su dependencia de los mercados extranjeros) se logra compensar la gran pérdida relativa de la actividad agraria en la década de los 60 (pasa de representar un 40% del valor añadido bruto a un 13%).

La producción industrial del País Valenciano pasa de 5.260 millones de pesetas, en 1962, a 26.100 millones de pesetas nueve años después, lo que se traduce a un incremento porcentual del 343,2%. En igual período, el crecimiento en las exportaciones de Vascongadas es del 256,5%, en Cataluña del 474,9% y en España del 252,9%. Todo ello supone que el 10% del valor añadido neto industrial de España corresponde al País Valenciano.

Junto a la industria hay que reseñar el despegue turístico de esta zona en los años 60, que contribuyó

—especialmente en la primera mitad de la década, antes de que las multinacionales tour operator se hicieran con el control— a la nueva prosperidad valenciana.

La agresión multinacional a Valencia

En el umbral de los años 70, Madrid al fin se acordó —y bien que lo sintieron muchos valencianos— de esta región. La clase política, en plena fiebre desarrollista, se encontró con que Euskadi, Cataluña y Madrid se habían convertido en zonas industriales altamente saturadas y volvieron sus ojos hacia el País Valenciano.

Franquistas de pro, ilustres valencianos, justificaron con razones triunfalistas y hasta peregrinas la instalación en el País Valenciano de unas industrias que fueron punta hace treinta años y que tienen un carácter altamente contaminante. José María Adán («Sagunto es un crisol contemporáneo de regiones españolas...»), Mortes Alfonso (padrino de un proyecto de una ciudad modélica, Vilanova, que debería acoger a 250.000 habitantes en la autopista de Madrid y que aún no se ha construido); Cruz Martínez Esteruelas, Sánchez Bella, el Instituto de Promoción Industrial y algunos otros nombres y entidades facilitaron la instalación de la IV planta en Sagunto, de la central nuclear en Cofrentes y la llegada a esta región de lo que el sociólogo Mario Gavina ha llamado «la agresión multinacional a Valencia»; US Steel, Ford, IBM, entre otras muchas firmas internacionales.

Hoy, en 1979, la realidad ha confirmado muchas de las tesis de quienes se oponían a la instalación de estas macroindustrias. El efecto multiplicador de la factoría Ford, por ejemplo,ha sido mínimo: la mayoría de los suministros proceden de fuera de los límites del País Valenciano, y el grueso de los mismos, del extranjero. Sus vertidos, sin embargo, han contribuido al deterioro ecológico de la Albufera. Sagunto —ese crisol, que decía José María Adán— iba a alcanzar en 1981 una población de 250.000 habitantes; hoy, dos años antes de la fecha prevista y tras haberse expropiado muchas hectáreas de tierras de naranjos, sólo cuenta con unos miles de habitantes más (unos 55.000) que los que tenía antes de la instalación de la IV planta. Es el reflejo del fracaso de los planes triunfalistas sobre Altos Hornos del Mediterráneo.

A estas alturas, el tío Barret contemplaría, sin acabar de creérselo, media región despoblada, la costa convertida en una cadena sin solución de continuidad de rascacielos y chimeneas, propiedad en buena parte de apellidos extranjeros; la Albufera, el Saler y las barras destruidas y los pueblos y huertas atravesados de Norte a Sur por una autopista de explotación privada. Tal vez creyera, como la mayoría de los jóvenes valencianos, que es imprescindible la autonomía, la democracia y la planificación regional a partir de una industria mediana no contaminante para comenzar a recrear de nuevo el País Valenciano.

 

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