Autor: Pagés Raventos, Daniel. 
   Riesgos e incertidumbres del empresario agrario     
 
 El País.    04/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 28. 

TRIBUNA UBRE

Riesgos e incertidumbres del empresario agrario

DANIEL PAGES RAVENTOS

No se puede negar que, de todas las profesiones, la de empresario agrícola es la que tiene que enfrentarse,

a corto plazo, a mayores riesgos.

Los más conocidos suenan ya a tópico, sin dejar de ser reales: la agricultura es una empresa sin techo,

sujeta a sequías, lluvias excesivas, torrenteras, pedriscos, heladas y demás fenómenos climatológicos.

Virus, insectos, hongos, malas hierbas y epizootías completan los riesgos naturales y específicos del

sector, a los que todo agricultor está sujeto tradicionalmente. Otras dificultades que también alcanzan al

agricultor ya son genéricas y comunes á todo empresario: problemas de capitalización, de financiación, de

comercialización; problemas sociales, técnicos, económicos, fiscales y también políticos.

No se puede negar que la agricultura nunca ha sido un medio de vida fácil, que nuestros antecesores

tuvieron unas existencias más, duras que la nuestra y que, de siempre, el que vive para la agricultura,

como empresario, como trabajador o como empresario-trabajador a la vez (que son los más) tiene que

buscar satisfacciones distintas de las meramente económicas.

Pero, para mi, el mayor riesgo está en los que en todo o en parte viven de la agricultura y quieren

redimirla.

Son estos los ministerios que inciden en el sector y los múltiples organismos oficiales que a su tutela

crecen y proliferan, son también los sociólogos, los ecólogos, los notarios, los economistas y los

ingenieros agrónomos que, consciente o insconscientemente, cuanto más lían la madeja que nos envuelve,

más necesarios nos son para desliarla. Así vemos como van creciendo los presupuestos, aumentando los

organismos y multiplicándose las disposiciones, con la consiguiente multitud de funcionarios que

controlan su cumplimiento. Ello ha comportado el incremento de trámites, cada vez más engorrosos, cada

vez más caros, pues la exigencia de certificados, informes, proyectos, planos, cartillas y tantos etcéteras,

causa demoras en las resoluciones y pagos de dietas y honorarios que mejoran las rentas de este sector

mal llamado de servicios.

Muchas veces me he preguntado qué ocurriría si en vez de llenar el Boletín Oficial, cada día, "con nuevas

disposiciones, que llenas de buena fe pretenden ayudar a la agricultura española, saliera el mismo Boletín

Oficial derogando todas las que con el mismo objeto se han venido publicando durante los últimos cien

años.

Y qué ocurriría si, como ayuda al tercer mundo, se enviaran allí a todos los que viven de la agricultura.

¿Mejorarían aquellos países o dejarían definitivamente de ser competidores nuestros?

Vienvenidos sean los que viven para la agricultura, sean de la profesión que sean. A los que se juegan su

dinero en el campo, a los que nos dan su tiempo, su técnica y su trabajo yo les prometo que no obtendrán

beneficios económicos, pero hallarán muchas satisfacciones que algo compensan.

Superados estos riesgos, nos quedan otras incertidumbres:

La de los precios: Es una realidad que estamos vendiendo los productos a más bajo precio que el de coste.

Esto, que en cualquier empresa industrial es imposible porque quebraría al tener una facturación elevada

con respecto a su capital, es un hecho real en la empresa agraria:

1.°—Porque su producción bruta es sólo del 16% en relación con su capital.

2.°—Porque en casi todas las empresas agrarias el empresario es a la vez el único trabajador y, por tanto,

si entre ingresos y gastos le quedan 80.000 pesetas al año, les da la bienvenida sin pararse a profundizar

en que esta cantidad no representa beneficios sino sólo una parte de los salarios que por su trabajo

percibiría en cualquier otra actividad.

Esto, además de injusto, representa otro riesgo para el empresario agrícola.

Inmediatamente se comparan los precios de nuestros alimentos, puestos sobre la mesa de una casa de

Madrid, con el precio de los espárragos Fob Taiwan, de la lana australiana, de los cereales y soja de USA,

de la carne de Uruguay, de las peras y manzanas del Mercado Común, de las avellanas de Turquía y del

aceite de palma de cualquier república africana, y el resultado siempre es el mismo.

Los agricultores españoles se están hinchando de hacer dinero o son unos incompetentes. Solución:

Hagamos una importación de choque y así cundirá más la cesta de la compra del 80% de los españoles

que no están en el sector agrario y se tiene que subvencionar el transporte y llenar puertos frigoríficos que

desde aquel momento ya no podrán admitir nuestros excedentes, por lo que se hundirán los precios, o

hacer pagar al contado a los mayoristas, con lo que al no disponer éstos de numerario, automáticamente el

producto español se tiene que vender a menor precio que el importado.

Ya sé que en el caso del maíz hay derechos reguladores que controlan el nivel de precios en España. Pero,

como compensación, ha habido los casos de soja y azúcar que han costado miles de millones de pesetas a

la Hacienda Pública que no creo hayan sido compensados por estos derechos reguladores.

Por otra parte, si los precios exteriores se disparan, automáticamente se prohibe la exportación de

productos españoles, para evitar en lo posible que suban los precios de aquí.

En consecuencia, el empresario agrícola español, cada año antes de sembrar o plantar, se tiene que hacer

una serie de preguntas:

Si es que puedo escoger, ¿qué cultivo debo poner?. ¿Habrá o no habrá buena cosecha en todo el ancho

mundo? ¿La Administración pondrá derechos reguladores o subvencionará los productos importados?

¿Aumentará los precios de los productos intervenidos, o no? ¿Tendrá en cuenta que este año ha habido

una devaluación del 20%,o seguirá con la teoría de que las rentas salariales del sector agrario tienen que

subir menos de la mitad que las de los otros sectores, visto que la gran mayoría de los empresarios

agrícolas son empresarios-trabajadores? En los productos que exportamos, ¿llegaremos o no a un acuerdo

con el Mercado Común para sacarnos de encima los derechos reguladores que nos imponen? ¿Qué pasará

con los calendarios? Y, finalmente, ¿Francia dejará o no pasar los camiones hacia Europa?

Casi todas las dificultades que sufrimos los empresarios agrícolas por parte de la Administración se deben

a la sacrosanta cesta de la compra de este 80% de españoles que tienen un nivel de vida tres veces

superior a la de sus compatriotas agricultores.

Pero lo curioso del caso es que muchas veces quien participa menos en el coste de esta cesta es el

agricultor. Si un kilo de pan cuesta 35 pesetas, contando nuestros salarios y beneficios si los hay, entre

mis trabajadores y yo cobramos tres pesetas. Las otras ocho hasta las once que vale el kilo de trigo, van a

parar a los fabricantes de maquinaria, abonos, insecticidas, herbicidas, electricidad, agua, transportistas,

etcétera.

En resumen, considero una falta total de sentido común:

1.°—No estudiar a fondo los costes que gravan en veinticuatro pesetas la transformación de un kilo de

trigo en un kilo de pan.

2.°—No hacer lo mismo con estas ocho pesetas que son nuestros costes de producción, para hacer más

eficientes las industrias que nos suministran y sus canales de comercialización, ayudando a disminuir sus

inversiones, impuestos, etc., todo ello de cara a la reducción de gastos.

3. °—No copiar la legislación de Estados Unidos, por la que todos los factores de producción agrícola y

ganadera están totalmente exentos de derechos arancelarios.

4.°—Resulta que de las 35 pesetas que vale un kilo de pan, las únicas que se regatean son las tres que

percibe el agricultor y se importan 3.000 millones de productos agrarios que suponen más de 250

millones de horas de trabajo para los agricultores españoles quizá bastantes más para los otros sectores.

¿No os parece que esto clama venganza al cielo?

Estoy convencido de que el nuevo resurgir económico de España tiene precisamente sus puntos de partida

en que desaparezcan estas incertidumbres del empresario agrario español y que los riesgos innecesarios a

que ha estado sujeto estos últimos años se conviertan en una posibilidad clara de ganarse la vida a los

agricultores eficientes, que per mita capitalizar sus empresas de la forma dinámica que exige la necesidad

de ir a una, equiparación de rentas.

 

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