La cuestión valenciana     
 
 ABC.    10/03/1982.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

OPINIÓN

Vistas las circunstancias que determinaron en él Pleno de ayer que fuera devuelto a Comisión el proyecto de Estatuto autonómico para Valencia, al faltar entre otras cosas el voto de tres ministros del Gobierno, no se sabe qué es más de lamentar, si la falta de sensibilidad de unos para entender qué se juegan los valencianos en esto de la autonomía, o la doblez socialista: contrarios a primar los nacionalismos regionales, cuando hablan «a nivel de Estado» —como impropiamente gustan decir— y defensores súbitos, en el caso de Valencia, de los últimos argumentos del nacionalismo catalán... Si los socialistas hubieran tomado en Navarra respecto de las pretensiones del PNV la misma actitud adoptada en Valencia ante el pancatalanismo, el PNV habría engullido posiblemente a estas horas Navarra si, asimismo, los navarros se hubieran quedado en casa.

Los valencianos, por lo que ha podido verse, no están dispuestos a quedarse en casa en lo que concierne a una cuestión capital, esto es, si constituyen un Reino, o si son un país más que añadir al expansionismo de muchos nacionalistas catalanes. Los socialistas «a nivel de Estado» y los socialistas a es-cala regional han acudido con presteza a votar contra el proyecto de Estatuto. en el punto crucial de su primer artículo. Una parte del Gobierno ha contemplado el panorama desde el puente. Y posiblemente desde el puente también los valencianos contemplan la oferta electoral que en su momento les hagan los partidos más directamente afectados por este cambio de identidad que se les quiere imponer.

Es difícil admitir que la proclividad catalanista de la izquierda valenciana tenga como motivo la voluntad de castigar el españolismo de que siempre hizo gala la región, desde el propio himno hasta lo más cierto y representativo de sus aportaciones culturales. La izquierda quiere hacer de la valencianía una cuestión de clase un tema de partido. La izquierda añade así un obstáculo a los muchos, y tan complejos, que presenta la construcción de lo que se llama el Estado de las Autonomías. Suya será, pues, la responsabilidad final en el eventual fracaso de la empresa.

Es lamentable la hipocresía de que hace gala la izquierda en este caso de la autonomía valenciana, pues detrás de la cuestión del nombre late en carne viva el asunto de la propia identidad de la región. Y es descorazonador tanto la frialdad como las defecciones de que han hecho gala otras fuerzas políticas del otro espacio parlamentario.

El ejemplo menos edificante corresponde al señor Fernández Ordóñez y a sus nueve diputados. No se puede comprometer públicamente el voto a favor del Estatuto para votar en contra en el primer artículo.

La adulación, con zancadilla simultánea es práctica poco recomendable. No es posible estar en tierra de nadie y en la de todos.

 

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