Autor: Ramírez, Pedro J.. 
 Pedro J. Ramírez. 
 ¿Once años de Suárez?     
 
 Diario 16.    01/12/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 21. 

PEDRO J. RAMÍREZ

¿Once años de Suárez?

LA decisión del presidente Suárez de convocar elecciones generales apenas aprobada nuestra ley de leyes,

fue una de las más acertadas y valientes que se le recuerdan. Tras la interinidad legal y política del

período en el que se elaboró la carta magna, nada tan lógico y coherente como pasar a una situación de

normalidad constitucional y consolidación democrática a través del quicio de las urnas.

Tan buenas intenciones han quedado, sin embargo, defraudadas por los hechos, de forma que el balance a

cerrar el próximo sábado, en el segundo aniversario del referéndum constituyente, revela retrocesos en

vez de progresos. Es duro tener que reconocerlo, pero la democracia española es más débil ahora que en

su momento fundacional.

He ahí los últimos síntomas: elevado número de asistentes a la «concentración de la nostalgia» de la plaza

de Orienté; desproporcionado tratamiento periodístico de episodios teóricamente tan anecdóticos como el

«informe Quintero» o la elucubración sobre el Gobierno de gestión presidido por Osorio; incremento de

la abstención en cuantas elecciones parciales vienen celebrándose; extensión del terrorismo a provincias

fronterizas al País Vasco como Santander, Zaragoza y Logroño; imparable aumento del número de

desempleados, sin que ello suponga mejorías sustanciales en las restantes magnitudes macroeconómicas.

Por mucho que se empeñe cierta derecha apocalíptica, la situación no es en absoluto comparable a la de

los meses anteriores a julio del 36, ya que la única infección seria que revela el cuadro médico es la

provocada por el virus del terrorismo etarra. Faltan, por fortuna, las dos Españas y tampoco aparece por

ninguna parte salvo en focos extremistas aislados la voluntad suicida de confrontación interna.

En Sevilla, sólo el tres por ciento.

Lo que sí muestran los restantes rasgos del diagrama es una alarmante merma de defensas. Hasta una

simple pulmonía y la ETA es algo más que eso puede acabar con un organismo que ha perdido la

voluntad de hacer frente a la enfermedad, porque ha perdido la fe en el valor de su existencia. Esta es la

razón por la que no me cansaré de repetir que el verdadero golpe de Estado que nos amenaza es el que la

intolerancia, la decepción y el abandonismo pueden dar en´ nuestros corazones. España será lo que

nosotros queramos que sea y sólo para los hipócritas habrá cobijo a la sombra del fatalismo histórico.

Aunque la regeneración de la democracia dependa, pues, del desenlace de todos esos debates que

diariamente se desarrollan en la conciencia de cada uno, está claro que la superestructura política puede

condicionar la pugna en un sentido o en otro. La forma en que se gobierne la nación y las características

de las opciones alternativas en liza pueden constituir un estímulo, pero también y creo que éste es, hoy

por hoy,"el caso un pesado lastre adicional que sumar a nuestros viejos demonios familiares.

Los resultados de las elecciones de Sevilla y Almería no han hecho sino confirmar lo que cada día era

más patente: la democracia no se consolidará «n este país en tanto no se alcance una nueva vertebración

política de los sectores conservadores, moderados y de burguesía progresista que en junio del 77 y marzo

del 79 quedaron aglutinados por UCD. Condición imprescindible, aunque no suficiente, para que esa

nueva vertebración a través de los actuales partidos, o de otros, aún por inventar llegue a producirse es, en

mi opinión y al parecer también en la de los electores el relevo en el liderazgo hasta ahora ejercido por

Adolfo Suárez.

Poca importancia tendrían las dos nuevas derrotas andaluzas de UCD, de no concurrir serios agravantes

cualitativos y cuantitativos. Almería es una de las provincias que con menor coste social está

sobrellevando la crisis y la circunscripción con mayor número de militantes centristas. Del millón largo

de electores sevillanos, poco más de treinta´mil acudieron a las urnas para dar su confianza al candidato,

directa y personalmente respaldado por el presidente.

La nimiedad del envite deja de ser-un factor de primer orden, cuando Adolfo Suárez tan sólo es capaz de

cosechar, tras su gira electoral, el 3 por 100 de los sufragios potenciales. ¿Alguien piensa a estas alturas

que los resultados serían muy otros en Cataluña o el País Vasco en caso de comicios generales?

Este no es. un artículo inculpatorio, pues no puedo por menos que reconocer que tan aparatoso descalabro

llega hilvanado de un cierto cambio de actitud por parte del presidente, en el sentido que desde esta y

otras tribunas se le venía de antiguo demandando. Tal y como, por ejemplo, está quedando de relieve en

el debate presupuestario, el actual Consejo de Ministros es, con diferencia, el que más talento y destreza

reúne de todos los formados en los últimos cinco años. Aun con todas las insatisfacciones que han traído

aparejadas, las dos últimas conferencias de prensa de Suárez encajan bastante ortodoxamente en el

sistema habitual de relación democrática entre gobernantes y gobernados.

Abril se arrepiente de su dimisión.

Más o menos a regañadientes, el presidente ha accedido a formar un buen Gobierno y a abandonar su

refugio monclovita. Sin embargo, la opinión sobre el «statu qúo» sigue deteriorándose y cada prueba de

fuerza continúa desembocando en una estrepitosa derrota. ¿Qué es lo que ocurre entonces? Lisa y

llanamente que el viraje ha llegado demasiado tarde; que estamos en una fase del proceso en que la

irrenunciable exigencia .de más y más transparencia no va a hacer ya sino iluminar desnudeces.

Desde que´soy director de DIARIO 16 visito con menos frecuencia el Congreso de los Diputados, lo que

además de incentivar mi visión optimista de las cosas, me proporciona la adecuada perspectiva para

calibrar mejor cuanto en sus pasillos se cuece. Anteayer sábado dediqué buena parte de la mañana

a.escuchar a todo tipo de personajes y quedé vivamente sorprendido por la explicitud con que

la mayoría de los diputados centristas ministros incluidos,´por supuesto critican al presidente Suárez y

hablan de su sustitución. En apenas unos cuantos meses se ha pasado de una generalizada tendencia a

convertir al presidente con mayor o menor entusiasmo en elemento fijo de cualquier quiniela, adscrito al

limbo de los intocables, a dedicar horas y horas a discutir abierta y crudamente cuál es la mejor manera de

echarle de su palacio.

Algo tiene que ver con ello, además de la propia concatenación de errores y fracasos episódicos, el

repliegue del paraguas protector que ha supuesto la salida del Gobierno de Fernando Abril. Tengo la

impresión de que el propio interesado está autocriticándose su dimisión, a la vista de que ni Leopoldo

Calvo-Sotelo, ni ningún otro distinguido miembro del Gabinete parecen dispuestos a suplirle en la tarea

de concentrar hacia sí las iras y críticas que, a falta de chivo expiatorio, llueven lógicamente sobre el

presidente.

Abril pertenece a ese reducido grupo de leales a todo trance, que a pesar de reconocer el grave deterioro

del crédito público de Adolfo Suárez, lo consideran insustituible como «coordinador» de los distintos

sectores centristas. En el otro extremo cabe situar a los diputados de UCD que, entre bromas y veras,

invocan el lema de «Nona Inés for president» se refieren a la diputada Vilariño o lo que es lo mismo,

«cualquiera, menos Suárez».

Entre una actitud y otra, el grueso del grupo parlamentario mira con egoísta y legítima zozobra el

próximo horizonte electoral. Más allá de las discrepancias a la hora, de analizar si la actual situación es

sostenible o no hasta 1983, surge el veredicto unánime de que UCD perderá las elecciones si concurre a

ellas bajo el liderazgo de Suárez.

Esta reflexión se plantea en muchos casos desde uña perspectiva de admira-

ción y afecto hacia el presidente. El desgaste es algo consustancial a toda tarea democrática de gobierno,

se alega, y Suárez lleva ya cuatro años y medio en el poder, durante un periodo plagado de sobresaltos.

En el caso de que sobreviva hasta el 83, serán siete años de mandato, y en el caso de que siga

encabezando a la UCD en la lid electoral, pujará por otros cuatro más. ¿Qué clase de acogida, qué tipo de

entusiasmo popular puede generar en los ciudadanos una oferta basada en la idea de «once años de

Suárez»? Ni aunque su ejecutoria hubiera sido un dechado de aciertos, resultaría estéticamente

presentable que el primer gobernante constitucional tras el inacabable régimen de Franco, disfrutara del

poder durante tanto tiempo.

Ordóñez y las trampas para osos

El propio Suárez debería ser el primero en comprender que no cabría mayor utilidad para el Segundo

Congreso de UCD, sino la de servir de marco a la primera fase de la operación política encaminada a

relevarle con su propio consentimiento y equiescencia. Además de las reformas estatutarias destinadas a

democratizar lo que hasta ahora ha venido siendo un partido patrimonial, para ello sería imprescindible

que el presidente aprovechara la ocasión para anunciar públicamente que su candidatura no estará al

menos como jefe de fila en la próxima carrera electoral.

Esta sería la fórmula que menos arriesgaría la continuidad de UCD como partido,. puesto que abriría un

largo periodo de remodelación y debate interno, durante el cual Suárez podría continuar al frente de un

Gobierno que, de hecho, adquiriría ciertos visos de gabinete pre-electoral de gestión. Se trataría además

de una salida envidiablemente digna para un hombre de la edad de Suárez, que siempre podría capitalizar

en el futuro el hecho de haberse quitado de en medio por propia iniciativa.

Como lo más probable es que este diseño no pase nunca de mediocre guión para festival de cine

fantástico, mucho me temo, sin embargo, que «los hombres y mujeres de UCD» (copyright Adolfo

Suárez) van a encontrarse a mediados de enero desnudos ante su responsabilidad histórica. Y de sobra es

sabido que poco o nada podrá hacerse con la disciplinada masa de mil ochocientos compromisarios,

mayoritariamente vinculados al aparato del partido, si no se llega al congreso con un amplio frente de

personalidades, dispuestas a soslayar las trampas para osos de quienes desean demostrar que en UCD no

existe más alternativa sino la perpetuación de Suárez o el caos de las banderías sin fin.

Vistas las cosas con el pragmatismo que la situación exige, todo queda reducido aquí y ahora a si

Landelino Lavilla y Fernández Ordóñez serán o no capaces de concertar una estrategia de cara al

congreso y cumplir hasta el final sus compromisos. De no haber fallecido Joaquín Garrigues, el pacto

hubiera sido más fácil, pues habría tenido un catalizador perfecto. Sin ese «eslabón perdido» existe el

grave riesgo de que Ordóñez se deje intoxicar por quienes al servicio de la Moncloa pretenden que se

equivoque de antagonista y que se confunda de pelea.

 

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