Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Impresiones de un congreso     
 
 Diario 16.    09/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

PEDRO J. RAMÍREZ

Impresiones de un congreso

EL palacio del congreso de Palma es un feo edificio de seis plantas, taladrado de escaleras, ascensores y

pasillos que la mayoría de las veces no llevan a ninguna parte. Su vestíbulo es tan angosto como el de un

cine de barrio y también hay algo arrabalero en el dudoso y ambiguo estilo kitsch de una decoración que

permite la alternancia, con escasos metros de por medio, de bellos grabados de Miró con estridentes

lienzos florales, paridos por pincel aficionado.

Nada tan lógico como encontrarse en un rincón el llamativo stand en el que los compromisarios centristas

pueden colmar su morbosidad hagiográfica, adquiriendo relucientes instantáneas en color del discurso que

Adolfo Suárez les dirigió en la jornada inaugural. Aunque el dimitido líder se ha hecho olímpicamente

evanescente y no se ha dejado ver tras el absurdo buen mensaje de despedida, en el que lo explicó todo

menos lo único que estaba obligado a aclarar —el porqué tiró la toalla—, la subespecie compromisario

cazador de autógrafos no anda desprovista de apetitosos objetivos; ministros, ex ministros y ministrables.,

todo un desfile de celebridades televisivas, al alcance de los bolígrafos más rápidos y audaces.

Ucedista en «Wonderland»

Para una buena parte de los reunidos, el congreso no es más que eso: un amable «safari» político-turístico,

cuyos trofeos anidarán pronto en el aparador de un confortable hogar de provincia. Han visto a Suárez de

cerca, han estrechado la mano de Calvo-Sotelo y Martín Villa..., con eso les basta. De regreso a sus

ciudades ya podrán referirse a ellos por su nombres de pila y narrarán a sus amigos el aspecto que tenía

Rodolfo, la maniobra que esbozó Leopoldo o el temple exhibido por Adolfo.

Mucho más bullidores y difíciles de satisfacer, entre ellos se entremezclan, apretados espalda con espalda,

los activistas de las diversas facciones en liza. Si alguien observara el abigarrado vestíbulo desde una

cierta altura, pronto los distinguiría por su trajín, en medio del panal poblado por tan beatífico enjambre.

Escuchar sus conversaciones sería algo más surrealista: cual apresurados conejos recorriendo el

«Wonderland» de Lewis Carroll. con su relojito en ristre, no cesan de proclamar: «Treinta-cinco y no hay

quien lo mueva», «por fin va a ser veintinueve-once», «veintiocho-siete y parece definitivo».

No es del resultado de ninguna competición deportiva de lo que hablan, sino de las diversas alternativas

de cara al reparto de los puestos de la comisión ejecutiva. Por espacio de tres días todo el suspense e

incertidumbre han quedado reducidos a tan parco dilema. De cuantos congresos he presenciado, éste ha

sido el más errático y falto de horizontes. El XXVIII cónclave del PSOE debatió el sexo del marxismo, y

el extraordinario ponderó las fuerzas de Felipe y sus detractores. Los comunistas —IX Congreso y

congreso del PSUC- se lo montaron de dialéctica leninista-euros, y siempre que se ha reunido Alianza

Popular el pugilato ha estado entre conservadores y fascistas.

Como si Suárez no hubiera dimitido

Aquí en Palma casi nadie sabe del todo muy bien cuál es su bando y, menos aún, por qué pelea. Poco a

poco el despropósito funcional del recinto que lo alberga ha ido impregnando el congreso hasta

convertirlo en una especie de inofensivo despilfarro, algo así como un simulacro de incendio; en el que,

sin el menor atisbo de fuego, todo se llena súbitamente de paisanos disfrazados de bomberos.

Cada uno va cumpliendo, eso sí, con su papel preconcebido y «aparatistas» y «criticos» juegan a la

democracia como si de verdad se peleasen por algo, como si de verdad él escenario fuese aún ese que

todos preveíamos y que quedó irreversiblemente truncado un jueves por la tarde de hace once días,

cuando el hombre que durante casi cinco años había sido el principio y el fin de todas las cosas ucedeas

dijo adiós, muy buenas, y dejó el partido compuesto, pero si novio.

Ha faltado capacidad de repentizar y ha sobrado pereza intelectual. El error de todos los miembros de la

compañía ha consistido en empeñarse en representar una función que ostensiblemente se había quedado

trasnochada, por el simple hecho de que era la que durante varios meses estuvieron ensayando.

Quisieran o no reconocerlo, los paladines del acoso contra su solio, lo que iba a despacharse "en este

congreso era el sí o el no a la continuidad de Suárez como presidente. Quitándose de en medio poco antes

del día D, el interfecto ha echado por tierra tanto la coartada de sus detractores como la de sus más fieles

valedores. De ahí que unos aparezcan hundiendo ahora sus mandobles en el aire y los otros enarbolen

corazas que ya nadie golpea. ¿Si todos aplaudieron al ex presidente Suárez, si frente a la desastrosa

gestión de Calvo Ortega no se llegó a esgrimir sino una tibia abstención y si en la ponencia sobre

estrategia todos, desde Fernández Ordóñez a Miguel Herrero, pudieran suscribir un mismo texto, qué

diablos era lo que separaba a tirios y troyanos?

A la hora de la verdad sólo les ha separado su legítima pugna por el poder. Nada hay que objetar a su

desarrollo, pero a estas alturas ya nadie es capaz de determinar qué parámetros han servido para trazar la

línea divisoria entre ambos bandos. Con el baile de nombres, las señas de identidad han ido

desdibujándose y la mayoría de las bazas personales que se exhiben en las respectivas listas son

absolutamente intercambiables.

Rafael Arias pedía venganza

Desaparecido Suárez del proscenio, la democratización, o mejor dicho, la colegiación de UCD parece

garantizada. Ni Calvo-Sotelo ni Rodríguez Sahagún tendrán tan siquiera la oportunidad de intentar seguir

ejerciendo el poder de una manera tan personalista y patrimonial como lo hizo su común antecesor.

El nuevo reto que frontalmente se le plantea al partido mayoritario es el de la eficacia, de cara a sostener

ese Gobierno duradero que el país demanda y de cara a comparecer con atractivo electoral suficiente en

los comicios del 83.

Desde esta perspectiva todos debieron haber aunado sus fuerzas en exigir al señor Suárez una detallada

explicación de las razones de su espantada política, pues sólo conociendo los errores del pasado es posible

prevenir su reiteración. Que un asunto tan grave —el más grave de la historia de UCD— se liquide con

una superficial alusión episódica, parecería en cualquier momento cuestión de broma, pero raya ya en lo

inconcebible cuando el suceso se ha desencadenado a menos de doscientas horas antes del inicio del

congreso.

A los «críticos» les ha faltado coraje para tirar de verdad de la manta e intentar encontrar explicación y

responsables a los desastres de Andalucía, Cataluña y Euskadi, inequívocos presagios de una «debacle»

general si no se introducen a tiempo los correctivos adecuados. A lo largo de todo el congreso han estado

acomplejados por la sensación de orfandad que impregnaba al partido tras la distorsonante dimisión de

Suárez.

Sólo eso explica, por ejemplo, el silencio de Osear Alzaga -en el debate plenario, cuando Rafael Arias

Salgado —probablemente el personaje con mayores cuotas de culpabilidad individual en las decisiones

erróneas adoptadas por Suárez en los momentos clave— aludió al enorme daño causado al partido en las

últimas semanas, sugiriendo que había llegado la hora de castigar a los culpables.

Gamir y los «grandes almacenes»

Fue el único momento tenso y un tanto desagradable de la confrontación de ayer por la mañana. Por lo

demás, la polémica transcurrió en un tono amable y distendido, inteligentemente inspirado desde la

presidencia de la mesa por un José Pedro Pérez-Llorca que en ocasiones estuvo hasta simpático. Incluso

los conatos de pateo suscitados por la brillante demagogia retórica de Luis Gámir tuvieron una dimensión

más anecdótica que sustantiva. Según este muchacho —intuitivo y vivaz como pocos—, quienes

defendían la representación proporcional apostaban por un partido con morfología de «grandes

almacenes», en el que cada piso, controlado por una familia ideológica distinta, impone su peso

segmentado.

Aunque verbalmente proponía como alternativa el «partido abanico» —las metáforas de los «críticos»

tampoco habían sido más afortunadas, pues Alzaga acababa de explicar que su enmienda era una especie

de «plato combinado»—, en el que no existe sino una sola trama vertebral del colectivo, todo el mundo

era consciente de que el propio Gámir estaba en la estrategia de convalidar a UCD como el «Galerías

Preciados de la democracia», con la variante de que en su modelo las dos terceras partes de los jefes de

planta se ponen de acuerdo para que el ascensor no pare en los restantes pisos.

Más o menos atenuadas con las pequeñas concesiones de última hora, ésa es la tesis que se ha impuesto.

La camarilla que rodeaba a Suárez, paralizando servilmente sus neuronas políticas más sensitivas,

clamaba venganza, y ha empezado a cobrársela. Mucho más daño que a los infrarrepresentados «críticos»,

les han hecho de esta forma a los dos hombres sobre quienes ha recaído la tarea de enmendar lo que estos

nefastos palaciegos estropearon. Calvo-Sotelo y Rodríguez Sahagún parten con la desventaja de que más

de un tercio del partido se siente ahora, con toda razón, injustamente maltratado.

Su reafirmación como aspirante a la jefatura del Gobierno, y como presidente de la UCD, constituye de

hecho —junto a la estupenda ponencia informativa, finalmente aprobada— la única nota positiva de

cuanto he presenciado. Se trata de dos hombres de acendrada independencia, firmes convicciones

democráticas y probada capacidad de gestión. Ni el uno ni el otro van a operar súbitos milagros, pero

ambos pueden —codo con codo— llegar a regenerar la podrida situación que heredan. En manos de los

grandes hombres está el enmendar el curso de la historia. Desde la desvaída perspectiva de UCD, hoy por

hoy no cabe otro, tipo de invitación a la esperanza.

 

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