Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El inicio del martirologio     
 
 ABC.    30/01/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC/3

Escenas políticas

El inicio del martirologio

La nueva democracia española —todavía joven, todavía niña, todavía endeble— tiene ya su primer mártir

espectacular. El presidente Suárez, protagonista de la transición e inicial modelador del ensayo

democrático, acaba de abrazarse a la palma del martirio. O lo que es lo mismo: acaba de dimitir. Doy así

la noticia que ya conocen todos ustedes porque en nuestras costumbres políticas la acción de dimitir —y

mucho más si se trata de dimitir como presidente del Gobierno— significa algo así como penetrar en el

martirologio. Es como depositar la propia cabeza sobre el ara de los sacrificios solemnes.

En las democracias más avanzadas y talludas, la dimisión no pasa de ser un lance normal, sin demasiado

patetismo, del juego político. El propio Suárez ha recordado, en su explicación televisada, que ha

permanecido en la presidencia del Gobierno español más tiempo que cualquier otro presidente de nuestras

etapas democráticas. Para bien o para mal, la política, en un sistema democrático, obliga a los políticos a

estas idas y venidas, a este trasiego desde el escaño parlamentario a la poltrona ministerial, desde la

poltrona ministerial al despacho de presidencia, desde el despacho de presidencia a la butaca de la

biblioteca privada. Don Adolfo Suárez, presidente en la transición y presidente en la Constitución, ha

dado el primer ejemplo.

Seguramente por eso, por ser un ejemplo primero con cierto carácter de martirio, el adiós de don Adolfo

Suárez dede la televisión estuvo teñido de un reprimido dramatismo. E! presidente dimitido quiso —y lo

logró plenamente— rodear el anuncio de su decisión con un halo de sencilla, pero solemne dignidad. Pero

hay que reconocer que también, en esta dimisión, concurren circunstancias extraordinarias y singulares.

Por causas muy diversas y complejas, sobre las cuales hemos hablado mucho y tendremos que seguir

hablando, tos primeros frutos que hemos recibido de esta última empresa democrática de España no son

frutos demasiado dulces ni demasiado sabrosos. Más bien abundan los frutos ásperos y agrios. La

gravedad y permanencia de los problemas dei país están clamando a gritos, desde hace ya algún tiempo,

decisiones graves y actitudes excepcionales. La dimisión de don Adofo Suárez, y las razones en que se

basa, según su breve y elegantísima explicación, confirman el preocupante estado de delicadeza —por no

decir de gravedad— que presenta nuestra política, enferma de debilidad, aquejada de anemia, de

desconcierto, de parálisis y de otras dolencias. Si se produjeran nuevos síntomas de agravamiento, tal vez

habría llegado la hora de que algunas gentes, ni exaltadas ni insensatas, empezaran a aconsejar que a

grandes males, grandes remedios.

El estallido de las rencillas en ei seno de UCD; las cada vez más frecuentes y descaradas alusiones a que

cualquier solución tendría que pasar por la sustitución de Suárez; la explosión del partido en el Gobierno

en las vísperas del Congreso nonato de Palma de Mallorca, con el riesgo gravísimo de dejarlo hecho

añicos; la rebelión de unos, la impaciencia de otros y la torpeza e incapacidad de muchos; la oposición de

los correligionarios mucho más que la de los naturales opositores políticos, han terminado por hacer de

esta dimisión —ciertamente espectacular y desde luego conmovedora— un hecho, quizá anticipado en el

deseo de algunos, pero inevitable. Suárez, creador en esta aventura española de posautoristarismo del

encanto de la democracia, artífice de una reforma política casi sin sangre y casi sin lágrimas, impulsor de

la Constitución y presidente constitucional primero, vencedor en los primeros festivales y en la olimpiada

inicial de las urnas, ría sido, ha debido ser también e! primer mártir del nuevo juego político.

La política, ya lo sabéis, adorna de servidumbres todas sus grandezas. Y el presidente Suárez ha bebido la

cicuta de la dimisión como una última —última por ahora, porque es previsible que no termine con ello su

vida política— prueba de que acepta plenamente las reglas de ese juego en el cual él ha sido la estrella de

más intenso brillo.

No ya por elegancia, sino por justicia, ésta es la hora en que los españoles debemos recordar con mayor

puntualidad y fuerza las obras y los trabajos, los esfuerzos y los aciertos de don Adolfo Suárez mucho

antes y mucho más que sus errores. De aciertos y de errores está amasada la vida de los políticos. Y hay

que reconocer que Suárez sembró el camino de la transición de un reguero de aciertos que ya parecen

indiscutibles. A medida que avanzaba el tiempo de su mandato, el camino se hizo para él más fatigoso, y

los aciertos se hicieron menos frecuentes. También hay que reconocer que fuimos muchos los españoles

que íbamos pidiendo a la democracia —cada vez con mayor arrogancia o fiereza— un milagro imposible:

el milagro de convivir en paz y de crecer en prosperidad haciendo cada cual todo aquello que nos viniera

en gana, y negando a todos, desde los maestros a los guardias, desde los ministros a los jueces, la

autoridad para poner límite a esa real gana famosa de cada español.

No cabe duda que Suárez ha presentado su dimisión como quien realiza un servicio a su país y quizá

también a su partido. Un servicio que requiere tanta gallardía como responsabilidad, en su gesto pueden

aprender todos tos aspirantes a permanecer en esta clase política —en buena parte improvisada y bisoña

que intenta gobernamos en democracia o que intenta desempeñar el necesario papel de la oposición al

Gobierno. Y en ese mismo gesto pueden abrevar y aprender todos aquellos inclementes críticos que

descargaban las culpas de todos, tos pecados de algunos y los errores comunes de los políticos en el

desmedido afán de Suárez por aferrarse al cargo o por atornillarse al sillón.

A los españoles nos sucede siempre to mismo. Somos exigentes, rigurosos, a veces implacables, con

quien nos gobierna o con quien nos admira o con quien nos adoctrina. Y cuando alguien entre nosotros

renuncia al Poder o a la gloria, nos convertirnos inmediatamente a la compasión y al sentimentalismo,

Estoy seguro de que ayer la decisión de Suárez fue deplorada en muchos hogares españoles, seguramente

más con el corazón que con la cabeza, aunque desde luego con la cabeza y con el corazón. A muchos nos

estremeció la decisión del presidente, y a muchos les inquietó el porvenir algo más de lo que les

inquietaba. Somos así.

Lo peor que podría pasarnos ahora es que tos españoles pensaran, y, sobre todo, que los políticos

pensaran que, dimitido Suárez, se acabaron nuestras penas y se resolvieron nuestros problemas. La

dimisión de Suárez deja un gigantesco desafío. Quienes hayan deseado o contribuido a esa dimisión, y

quienes aspiren a ocupar el sillón vacío en la Moncloa, ya saben los toros que hay en el ruedo. Tienen que

lidiarlos bien. No quiero ser muy exigente: tienen que lidiarlos un poco mejor.—Jaime CAMPMANY.

 

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