Autor: Quiñonero, Juan Pedro. 
 Instantánea. 
 Una iniciativa histórica: La cogestión editorial     
 
 Informaciones.    16/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

INSTANTÁNEA Por Juan Pedro QUIÑONERO

Una iniciativa histórica: La cogestión editorial

MADRID, 16.—El escritor y dramaturgo alemán Günter Grass, uno de los grandes maestros de la literatura germana posterior a Musil, Hermann Broch y Ernst Jünger, ha entablado en su país una polémica, que lleva camino de convertirse en histórica, ya que es el primer paso hacia una política editorial que trasladaría el poder de editar de la pura estrategia mercantil al trabajo de los escritores...

En un contrato, recientemente impuesto por Grass a la editorial alemana Luchterhand, se prevé la creación de «un Comité consultivo, cuya tercera parte estará integrada por autores». Dicho Comité tiene la obligación de reunirse para la toma de decisiones importantes, que pudieran enumerarse de este modo:

1. «La programación general».

2. «Toda medida de promoción del personal administrativo».

3. «Toda modificación importante al programa editorial, la creación o supresión de nuevas colecciones.»

4. «Ante la posibilidad de venta o disolución de la casa editorial, el Comité puede oponer su veto.»

Se trata, en efecto, de iniciar un proceso de cogestión cultural, en el que los escritores e intelectuales, como gremio (no como asalariados), ge integran en el proceso de producción de mercancías culturales. Se trata de un primer paso capital. Entre la pura cooperativa de intelectuales (modelo sin duda ideal, en el que los productos de cultura harían innecesaria la tarea de honerosos Intermediarios, que degradan, de modo bien elocuente, los objetos de cultura), y la editorial de tipo clásico (donde el intelectual es un mero productor de mercancías, que escapan a su control, convirtiendo su trabajo en objeto con escaso valor de cambio), la cogestión puesta en marcha por Günter Grass es una alternativa histórica.

El alcance de iniciativas de esta índole, en nuestra propia cultura, tendría la virtud, al menos, de modificar, sustancialmente, un proceso de erosión, deterioro, ausencia total de iniciativas y grave crisis, que está minando el ya difícil negocio de la edición. La fórmula es, cuando menos, elocuente, si se recuerda que nuestros editores nutren su fondo global de publicaciones que no llega a un 25 por 100 de autores peninsulares, con el consiguiente y ominoso gravamen para nuestra cultura: difícil de imaginar, cuando el gremio editorial inunda el mercado con la publicación masiva de textos extranjeros (que oscilan entre el 75 y el 90 por 100 de la producción total de libros).

El descrédito de nuestros intelectuales es absoluto y total: no sólo están marginados editorialmente, tampoco están introducidos en los órganos gestores que rigen nuestra política editorial. Con todos los respetos para las grandes personalidades, aisladas, de los sectores editorial y librero (los gremios que monopolizan la publicación y difusión de libros), cabe recordar algunos aspectos de esos sectores: escasísimo interés por lo que pudiera entenderse como «vida cultural» (el monolingülsmo de los editores es tan alarmante como la falta de preparación mínimamente cultural de excesivos libreros), minifundismo y guerra ideológica, consagración absoluta a la más baja, oportunista y pueril estrategia de la moda, marginación radical de los intelectuales (que, cuando más, trabajan como laborantes, o en tareas subsidiarias, como la traducción, pero nunca están integrados en los centros neurálgicos donde se decide la política editorial).

Es bien apreciable, pues, que el marco de propuestas prácticas de Günter Grass sería, entre nosotros, industrialmente positiva, políticamente progresista e intelectualmente deseable. Política y cultura, asimismo, tan sólo en ese marco cobrarían una relación que convirtiese al intelectual en algo un tanto distinto de su actual condición de asalariado, que sólo recibe órdenes y del que sólo se pide obediencia y no ideas. Y a los proyectos empresariales podrían enriquecerse con una experiencia que intenta rescatar al intelectual del mero objeto mercantil, al objeto mercantil le confiere una dignidad no ultrajada por la estrategia férreamente económica, e inicia un proceso de reconversión general de los bienes de cultura, proyectando rescatarlos del supermercado.

 

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