Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   El pacto de la Zarzuela     
 
 ABC.    08/07/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

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OPINIÓN

MIÉRCOLES 8-7-81

EI antecedente

Erase una vez un gran partido que se definía como de centro, progresista y reformista. Se presentaba ante

la nación —porque entonces sólo había una— como el primer intento centrista en la Historia de España,

to que tampoco era cierto. Su milítancia contaba con magníficos ciudadanos utilizados hábilmente por

pequeños grupos locales de interés que, poco a poco, marginaban y hasta barrían sin piedad a los

idealistas en las elecciones internas. Sus votantes provenían de tres sectores: los sobrecogidos por el

miedo a los desmanes de la izquierda, los moderados de clase media y los centristas de toda la vida,

idólatras de su jefe, participantes en favores políticos directamente proporcionales a su proximidad a la

maquinaria demagógica que regía el colectivo. Algún conspicuo dirigente del partido provenía de un leal

y a veces muy provechoso servicio al régimen anterior, incluso desde importa´nte cartera ministerial, y

ahora participa con su voto, con su adhesión o al menos con su silencio en los arrebatos políticos y

parlamentarios contra el régimen anterior y, sobre todo, contra su titular, al que había jurado, quizá vahas

veces, respeto y lealtad. El partido había dado al régimen dos presidentes del Gobierno sin contar a otro,

distante ya; aunque hubo de retirar y tapar precipitadamente al primero de ellos, salpicado por culpas

ajenas, mal visto por la Iglesia, desconectado de la realidad exterior y de la situación militar interna, lo

que acabó por suscitar la hostilidad abierta del jefe de la oposición y el desvío del jefe del Estado. El

primer presidente, sin embargo, trató de mantener, por sí y por sus adlateres, el control sobre el aparato

del partido, cuyos dirigentes, incondicionales suyos, sobre todo un activo gallego que ejercía de hecho la

Secretaría General, se negaron cerradamente a dimitir y a abandonar. La política militar del partido

resultó especialmente errática; mientras algún dirigente se informaba en secreto del primer golpe que

conmovió, pero no derribó, al régimen, ni un solo miembro del partido llegó a comprender de verdad lo

que pensaban y lo que al fin decidieron las Fuerzas Armadas; muchos militantes se sumaron luego a esa

decisión final. El partido prestó cierta atención superficial al feminismo, pero cuando su más distinguida

diputada tomó en serio su compromiso, sus compañeros la enviaron rápidamente a sus labores.

En las dos primeras elecciones del régimen el partido logró sendos éxitos y se mantuvo como la primera

formación del régimen. Después de las segundas elecciones, aprobada ya la ley del Divorcio y salvado el

más espinoso obstáculo del desarrollo constitucional en el problema de las autonomías (que después, por

desgracia, degeneraron en separatismo abierto), el partido inició una marcha suicida hacia las terceras

elecciones sin hacer el menor caso a quienes, desde dentro, advertían noble y arriesgadamente el abismo

que se avecinaba. Los errores suicidas fueron bes. Primero, lejos de abrirse a la integración de nuevos y

valiosos miembros, el partido sólo aceptó a quienes trataron de convertirle en una dependencia de cierto

poder económico concreto, mientras hacía la vida imposible a los mejores militantes y se entregaba a (os

manejos de una oligarquía cerrada que se impuso sobre el conjunto vital de sus corrientes. En segundo

lugar, el partido buscó en la conjunción con fuerzas histórica y políticamente ajenas la gestión de una

mayoría antinatural que provocó en su seno una grave escisión. En tercer lugar, la apetencia de poder se

confundió, en algunos casos sonadísimos,, con el disfrute arbitrario del Poder hasta que graves escándalos

deterioraron y hundieron la imagen del partido, si bien los

hechos no floraron hasta la antevíspera de las terceras elecciones.

Cuando se agotaba ya la segunda legislatura del régimen, con una Cámara dirigida por un gran político

que no acababa de encontrar su sitio al apartarse de sus amigos sin lograr la confianza de sus enemigos, el

partido trató de rehacer sus posibilidades con una serie de actuaciones voluntaristas que no convencían a

nadie. La Iglesia habló muy claro contra determinadas actuaciones del Gobierno. Se deshizo la mayoría

antinatural y se improvisaron otras conjunciones de muy diverso signo; la destinada a alcanzar la victoria

emitió un documento justamente calificado por la historia como acta de desacuerdos, del que sólo podía

venir el caos. Los dirigentes del partido no cayeron en la cuenta de que tal vez había pasado la ocasión del

centro como partido de vocación mayoritaria —tras haber prestado, sí, al régimen un servicio histórico—

y de que el patriotismo político aconsejaba ahora definirse con toda claridad, recuperar el contacto real

con los electores, formalizar una coalición generosa y realista contra el enemigo común y alejar el

fantasma del pronunciamiento con la reconversión del centro-partido en centro-espíritu; un espíritu que

infundiese moderación a las formaciones políticas naturales, ya propensas a ello por sus sectores más

lúcidos.

El partido no obró asf. Fue a las elecciones virtualmente en solitario, sin convencer al pueblo español de

que había corregido sus gravísimos fallos. Ua lucha por aparecer en tas listas fue dramática; se vendieron

vidas, amigos y lealtades por un escaño. Las zancadillas para lograr en el último momento el último

asidero para el último cargo superaron a las del período electoral anterior. Se quiso, otra vez, impulsar

desde arriba a un nuevo centrismp que nació muerto. Los intelectuales, que con su actitud en los albores

del Régimen habían llenado de esperanza al Régimen, tenían ya dispersa y disuelta su primera fundación,

y ahora dirigieron al país un manifiesto que nadie leyó, que nadie siguió, y del que hoy nadie se acuerda y

es una pena: porque resultaba tan hermoso como inútil.

Llegaron las elecciones. El partido fue a ellas con grandes dosis de voluntarismo, pero sin la menor

ijusión, y divorciado de sus electores. Sus dirigentes declaraban que sólo de salida contaban con casi

todos los escaños de la vez anterior. No fue así. Los escaños de la vez anterior —noviembre de 1933—

habían sido 93. Los escaños de ahora —febrero de 1936— fueron cuatro. Los que fueran presidentes del

partido y del Gobierno se quedaron sin acta. Les he resumido a ustedes algunos detalles de la última etapa

del penúltimo partido de centro en la Historia de España, el Partido Radical, que desapareció para siempre

en la última de las fechas citadas.

Posdata en tres rasgos. Primero, el político calificado como disidente era, además, el director de la

masonería española entonces. Segundo, ningún intelectual del partido quiso ejercer de Casandra un año

antes de las terceras elecciones, cuando aún había tiempo para todo. Tercero, el antecedente a que se

refiere el título es, naturalmente, el Partido Liberal Demócrata, de don Melquíades Alvarez, partido de

centro inmediatamente anterior al que se ha descrito en este apunte.—Ricardo DE LA CIERVA.

 

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