Un debate inconcluso     
 
 El País.    01/11/1981.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA AUTORIZACION del Congreso para que el Gobierno solicite la integración de España en la OTAN

ha superado holgadamente la mayoría absoluta de los votos. Así pues, las exageradas cautelas tomadas

por el poder ejecutivo al desplazar el debate desde el procedimiento establecido para las leyes orgánicas

hacia el trámite más cómodo de la mayoría simple ha resultado innecesarias, A UCD y Coalición

Democrática se sumaron los nacionalistas vascos y catalanes, gesto que debería contribuir a deshacer, en

vísperas del debate sobre la LOAPA, los recelos gubernamentales sobre ta falta de sentido del Estado del

PNV y Convergencia. Porque el apoyo prestado por las minorías vasca y catalana, con independencia del

juicio que merezca desde otros enfoques, es una decisión de política exterior difícilmente compatible con

esas perspectivas independentistas que injustamente se les imputan.

El peso de la oposición a los procedimientos y a la sustancia de la integración de España en la OTAN ha

corrido a cargo de los socialistas, leales aliados de Leopoldo Calvo Sotelo en la política económica (firma

del ANE), en la estrategia autonómica (acuerdo de 31 de julio) y en la restricción de derechos

constitucionales (ley de Defensa de la Democracia). Aunque el Gobierno haya acusado a Felipe González

de ambigüedad, lo cierto es que el secretario general del PSOE defendió en la Cámara con energía y

claridad sus posiciones contrarias a nuestro ingreso en la OTAN.

En la cuestión de los procedimientos, la idea de promover un recurso ante el Tribunal Constitucional, que

el PSOE no pudo formalizar con carácter previo, pero quiere interponer en el inmediato futuro, no parece

provenir de una sincera convicción de la inconstítucionalidad de la adhesión a la OTAN, sino de la

voluntad de acumular obstáculos dilatorios. El PSOE, en cambio, no ha hecho sino reflejar una amplia y

profunda corriente de opinión al exigir al presidente del Gobierno que ejerciera su prerrogativa para

convocar un referéndum consultivo sobre nuestra entrada en la OTAN. Los argumentos que ha esgrimido

el poder ejecutivo al justificar su negativa son frágiles y poco convincentes. El referéndum consultivo

sobre "decisiones políticas de especial trascendencia" es una modalidad de democracia directa distinta del

referendum vinculante, necesario para ratificar los estatutos de autonomía o aprobar la reforma de la

Constitución. Y pocas dudas cabe albergar sobre la especial trascendencia que reviste una decisión

política que altera el statu quo de nuestra política exterior y de defensa. Por lo demás, y contra lo que el

Gobierno ha insinuado, los partidarios del referéndum consultivo sobre la entrada de España en la OTAN

no pretenden, en modo alguno, sustituir la democracia representativa por la democracia directa, sino

conjugarlas en este específico caso. La comparación entre el ingreso en la Alianza Atlántica y la ley del

Divorcio es tan desgraciada como improcedente, ya que UCD —la mayoría de UCD— y el PSOE estaban

de acuerdo en el proyecto de Fernández Ordóñez. Tampoco resultan demasiado afortunados los

argumentos de que era un deber de las Cortes Generales tomar sobre sus hombros la pesada carga de la

decisión sobre ta OTAN, y de que hubiera constituido una dejación de responsabilidades parlamentarias

endosar al cuerpo electoral tal resolución, razonamiento más propio de sofistas o de rábulas que de

juristas rigurosos. Todavía más artificiosa suena la paternalista y desdeñosa teoría de que la cuestión

atlántica es demasiado compleja y delicada para que los ciudadanos puedan entenderla, formarse un juicio

y emitir su opinión.

Pero el argumento más débil del poder ejecutivo ha sido, precisamente, al que se ha aferrado con mayor

insistencia. Porque la ausencia de referéndum para ratificar la entrada en la OTAN de los grandes países

democráticos de Occidente se justificó sobradamente por la existencia de desahogadas mayorías

parlamentarias, que no hacían sino reflejar un amplio y denso consenso nacional. Al hilo de ese falaz

razonamiento, el Gobierno ha utilizado un argumento complementario de idéntica fragilidad, referido al

entusiasta apoyo que dieron los partidos de la Internacional Socialista a la creación del Tratado del

Atlántico Norte. Porque, así como la OTAN no hubiera podido nacer y desarrollarse sin el apoyo de los

socialistas europeos, la entrada de España en esa organización no podrá consolidarse sin un amplio

consenso social y sin el respaldo de los socialistas españoles.

Esta situación remite, por supuesto, a las diferencias que separan al PSOE en 1981 de los laboristas

británícos, los socialistas franceses y los socialdemócratas alemanes en el pasado. No parece probable que

la opción hoy defendida para España por Felipe González carezca de serios apoyos parciales dentro del

socialismo continental, en función de las grandes transformaciones ocurridas durante las tres últimas

décadas en el escenario mundial y de las perspectivas hacía el futuro de una Europa democrática unida

también militarmente y capaz de romper la bipolaridad de las superpotencias. La postura del PSOE es, en

efecto, compleja, ya que postula a la vez el mantenimiento de la OTAN en sus actuales perfiles y el

alejamiento de España de su estructura organizativa. Las reiterativas intervenciones gubernamentales para

aludir a las amenazas de la URSS y del Pacto de Varsòvia probablemente estuvieron orientadas a

insinuar, subliminal y oblicuamente, que los socialistas españoles y los partidarios del referéndum son

insuficientemente antisoviéticos, por no decir prosavíéticos. argucia polémica tan malévola cqmo

inverosímil. Porque la entrada de España en la OTAN no se vincula de forma mecánica y necesaria con la

obvia tarea de hacer frente al imperialismo soviético, cuestión en la que la abrumadora mayoría de los

españoles estamos de acuerdo, sino que se inscribe dentro del marco más general del papel que le debe

corresponder a España tanto en la defensa occidental como en la distensión internacional y dentro del

cuadro específico de la complementariedad entre esa estrategia planetaria y las prioridades defensivas

españolas frente a la potencial amenaza de otras naciones, también prooccidentales, en nuestro flanco sur.

La insistencia del PSOE en Ceuta y Melilla o en Gibraltar ha pecado seguramente de alarmismo y

oportunismo. Pero nadie puede negar que el Reino Unido y el Reino de Marruecos tienen la doble

condición de países antisoviéticos y de naciones con problemas territoriales —Gibraltar, en un caso;

Ceuta y Melilla, en el otro— con España.

El debate en el Congreso, aparte de la insuficiencia y superficialidad de la intervención del ministro de

Defensa, que no llegó a explicar cuál es el concepto de defensa de España que mantiene el Gobierno, y de

algunas salidas de pie de oanco del ministro de Asuntos Exteriores, no ha hecho sino profundizar la

brecha del desacuerdo existente entre la actual mayoría parlamentaria y el PSOE y reducir como una piel

de zapa la superficie de consenso que una "decisión política de especial trascendencia" exige en el terreno

de las relaciones internacionales y de la defensa. El Gobierno se ha aferrado a la entrada en la OTAN

como un niño insomne a su osito de peluche, tal vez para desplazar del foco de la atención pública otros

problemas prioritarios que no tiene valor para afrontar o capacidad para resolver.

Digamos finalmente que el propósito del PSOE de celebrar un referéndum sobre nuestra permanencia en

la OTAN en el caso de que Felipe González fuera nombrado presidente del Gobierno, lo que le habilitaría

para convocar una consulta popular, ha convertido en pírrica y provisional la victoria del Gobierno, que

ha confundido, una vez más, la firmeza con la rigidez, el espíritu de las leyes con su espíritu, y los

intereses del Estado con las conveniencias coyunturales del poder ejecutivo. Error todavía mayor si se

recuerda que el movimiento en favor de la distensión y contra los dos bloques en el Reino Unido y en la

República Federal de Alemania, donde la influencia de los comunistas prosoviéticos es prácticamente

inexistente, puede extenderse a España y acrecentar, en 1983, las posibilidades electorales de triunfo

socialista. El debate de la OTAN ha concluido en el Congreso, pero no terminará ni en el Estado ni en la

sociedad hasta que se celebre el referéndum o los socialistas españoles cambien de criterio sobre nuestro

ingreso en la Alianza Atlántica. Porque un sistema democrático no puede adoptar "decisiones políticas de

especial trascendencia" en su política exterior y de defensa sin un amplio y vigoroso consenso social.

 

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