Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La cofradía del silencio     
 
 ABC.    11/03/1980.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC. MARTES, 11 DE MARZO DE 1980. PAO. 8.

ESCENAS POLÍTICAS

La cofradía del silenció

CADA vez está más claro. Los primeros pasos de nuestra democracia no van a discurrir por un pamino de

rosas. Parecía que todo iba a ser fácil. Quizá demasiado fácil. Y ahora nos desilusionan o nos desesperan

las sucesivas dificultades. Ya se sabe que España es un país de paradojas, pero no tiene uno más remedio

que asombrarse ante el hecho de que nuestro comportamiento democrático se vaya deteriorando a medida

que el proceso democrático avanza. Tendríamos que haber ido aprendiendo a votar, y resulta que cada vez

somos menos los españoles que acudimos a las urnas. Tendríamos que haber Ido aprendiendo a dialogar,

a debatir civilizadamente nuestros problemas, y proliferan los gritos, la algarabía y el tiroteo. Tendríamos

que haber ido aprendiendo a asumir responsabilidades, y cada vez nos acostumbramos más a descargar

nuestras propias responsabilidades en los hombros de los demás.

De esto, como de todo, podemos echar las culpas a los políticos. Y eso sería, en buena parte, verdad.

Como en tantas otras ocasiones inaugurales o iniciales de nuestra Historia, no toda la ciase política sabe

estar a la altura de las difíciles circunstancias. Se enzarza en dimes y diretes y en esgrimas personales, y

con lamentable frecuencia olvida los grandes intereses comunes, el bien superior de la sociedad e incluso

el instinto de conservación del Estado. Algunas veces parece que nuestra clase política no ha emprendido

una aventura en la que tenemos que salvarnos todos, sino un salvarse quien pueda. Bueno. De nuestras

últimas desgracias podemos, como digo, echar las culpas a ¡os políticos. Pero eso no nos va a salvar como

ciudadanos. Porque nos quejamos del Gobierno, nos lamentamos de la oposición, nos afligimos de

nuestros parlamentarios o nos dolemos de nuestros extremismos políticos representados en personajes

políticos más o menos grotescos y pintorescos. Pero también es cierto que, en vez de aplicarnos a elegir

mejor y a depurar, con el soberano instrumento del voto, a nuestra clase política, lo primero que se nos

ocurre es darle la espalda a las urnas y declararnos en huelga política de brazos caídos y de imprecaciones

alzadas. Mal camino para inaugurar una procesión democrática. Mucho más que la debilidad o torpeza de

un Gobierno, o que la aspereza y la agresividad de la oposición, asusta contemplar cómo casi la mitad de

los españoles se ha afiliado a la cofradía del silencio. Ayer no más cantábamos aquello de «habla, pueblo,

habla». Y ahora resulta que medio pueblo prefiere estar callado. O peor: callado ante las urnas y dando

voces y ayes en la calle, en el lugar de trabajo y en las tertulias.

Se me ocurren estas preocupadas meditaciones a la vista del resultado de las elecciones en el País Vasco.

Los vascos han votado. Bueno, es un decir. Porque la verdad es que han votado un vasco si y otro no. La

abstención en estas primeras elecciones para un Parlamento y un Gobierno vascos es sencillamente

desoladora. Más del cuarenta y cinco por ciento. Era tanta la responsabilidad de los españoles de

Vasconia en esta ocasión —realmente histórica— que no valen para mitigar el significado de la

abstención ni las referencias al mal tiempo, ni la ambigüedad de algunas ofertas electorales ni siquiera el

miedo. Habrá que buscar causas más importantes.

Y habrá que tomarse en serlo este desencanto general que nos ha invadido a los españoles al penetrar en

el sistema democrático. Habrá que tomarse en serio el específico desencanto y, más aún, el desconcierto

que la democracia ha producido en el País Vasco. Y habrá que considerar seriamente la sospecha, cada

vez más vehemente, de que los partidos políticos no aciertan a ofrecer un abanico de actitudes capaz de

abarcar y de satisfacer las ilusiones políticas de los españoles. Y habrá que encontrar la manera de

convencernos de esto: que la democracia se basa en la participación del pueblo, y de que la mejor forma

de estimular la dictadura de los menos es el desentendimiento político de los más. La democracia no es

sólo asunto de leyes. Es también asunto de costumbres. Y por eso no es solamente asunto de políticos,

sino asunto de ciudadanos.

Desde aquellas cifras del primer referéndum español para la reforma política los electores han ido

descendiendo de un modo alarmante. Que la violencia, el grito o las armas sean usados por una minoría es

un problema, una dificultad o un obstáculo. Que las urnas no sean usadas por la mayoría es una rendición

sin condiciones. Sin urnas razonablemente llenas la democracia se queda vacia. Hay que contar siempre

con un grupo de ciudadanos que se quedan callados y en silencio ante una pregunta política. Pero este

silencio es ya un trueno. Es el silencio de media España.

Cuando medio censo no vota es Imposible saber lo que quiere el censo. En estos casos, el terreno político

se puebla de intérpretes interesados, de espontáneos representantes de la mayoría silenciosa. Sin embargo,

algo ha salido en el País Vasco como cabía esperar. Y eso es el triunfo de una fuerza política, el PNV,

moderada en su ideario y equívoca en el planteamiento de su nacionalismo. A la vista de los resultados

nadie podrá decir que el peligro político en Euzkadi provenga de la posibilidad de un vuelco hacia

posiciones de izquierda extremista o revolucionaria. La izquierda de Euzkadi ha sufrido una gran derrota.

El peligro proviene de la falta de claridad del nacionalismo vasco, de su proclividad a no definir con

nitidez su concepto de autonomía y su idea del Estado, su manera de entender qué es el País Vasco y qué

es España.

El resultado de las elecciones no va a permitir gobernar al PNV en Vasconia sin apoyos de otras fuerzas

políticas, aunque esos apoyos no estén directamente comprometidos. Pero la victoria de los nacionalistas

obligan a aceptar dos gravísimas responsabilidades. Por parte del PNV, a hacer posible la autonomía

vasca sin romper España. Por parte del Gobierno español, a saber que tiene la obligación esencial de

preservar la españolidad y la paz de un pueblo que, ni siquiera bajo el desencanto y bajo el terror, ha

seguido la tentación independentista. Dos partidos moderados politicamente, la UCD y el PNV, tienen en

sus manos la tarea de restablecer la paz en Vasconia y de devolver a aquel país los índices de progreso y

desarrollo que fueron, durante mucho tiempo, los primeros de España. Jalma CAMPMANY.

 

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