Autor: Jiménez de Parga y Cabrera, Manuel (SECONDAT). 
   Suiza y los trabajadores españoles     
 
 Diario 16.    08/04/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Suiza y los trabajadores

Españoles

Me ha helado el alma —dice Jiménez de Parga en este artículo— que lejos de ser solidarios, un ochenta por ciento de los votantes suizos sé hayan pronunciado en contra del estatuto de los trabajadores extranjeros.

Con una gran pena recibo los resultados del referéndum del domingo en Suiza sobre el estatuto de los trabajadores extranjeros. Después de casi tres años de resistencia en Ginebra y de haber conocido de cerca la cerrada actitud de las autoridades helvéticas, no podía esperarse la aprobación de la propuesta humanitaria de «ser solidarios», que agrupa a muchos hombres y mujeres de buena voluntad y escasa fuerza en el país. No era posible hacerse ilusiones. Sin embargo, que un 80 por 100 de los votantes se hayan pronunciado rotundamente en contra me ha helado el alma.

Nada extraordinario se pedía. La condición de temporero produce inseguridad radical, pues se teme (ahora, en plena crisis económica de Occidente, con fundamento) que el contrato no sea renovado y haya que salir del territorio de la Confederación. Solicitar una cierta estabilidad de residencia parece justo, así como tener la posibilidad de reagrupar la familia, con la venida de la mujer y los hijos. Son, a mi juicio (y perdón a mis amigos suizos si exagero), derechos elementales, fundamentales o, como allí es costumbre decir, derechos naturales.

Tampoco resulta descabellado intentar disfrutar de algunos derechos políticos, como puede ser participar en las elecciones que se celebran en España, aunque sea votando por medio de una carta que se pueda depositar en un buzón de correos.

Luego, esas pequeñeces de facilidades para la educación de los hijos (los privilegiados que pueden tenerlos cerca), enseñanza del castellano, etcétera.

A estas reivindicaciones de los inmigrantes, el pueblo suizo ha dado un rotundo «no». ¡Qué extraña sociedad aquélla! Mientras alardean de encontrarse en la vanguardia de la humanidad en muchas cosas, niegan derechos básicos a seres humanos que con ellos conviven y que, con su esfuerzo, contribuyen a la prosperidad económica del país. (Acaso nos sirva para medio entender algo de lo que allí ocurre el dato —insólito— de un pueblo europeo donde hasta 1971 las mujeres fueron menores de edad, políticamente hablando, pues se les excluía del derecho al voto, salvo excepciones intrascendentes en algunos cantones.)

España no ayuda

Pero dejemos a los suizos que hagan en su casa lo que quieran. El resultado adverso del referéndum del domingo debería ser motivo para reconsiderar nosotros, los españoles, la escasa ayuda que prestamos a nuestros trabajadores emigrantes al no ratificar el convenio 143 de la Organización Internacional del Trabajo, que adoptó la Conferencia General el 24 de junio de 1975.

Ese convenio se refiere, justamente, a la igualdad de promoción y trato de los trabajadores emigrantes, al tiempo que prohibe las migraciones en condiciones abusivas. O sea, reglamenta, según los principios universales del derecho, la materia que acaba de ser tan mal tratada por el pueblo suizo.

Cuando en el consejo de la OIT apoyamos cualquier resolución favorable a los trabajadores fuera de su país, siempre nos amenaza un sencillo argumento de cualquier adversario: «Si son ustedes tan entusiastas defensores de sus compatriotas de la emigración, ¿por qué no ratifican el convenio) 143?

Efectivamente la posición de los trabajadorés españoles en Suiza es mala y la posición del Gobierno resulta débil.

Cartera llena

Hace unos meses visitaron Ginebra unos parlamentarios de los diversos partidos representados en las Cortés Generales.Fueron allí a explicar las bondades del proyecto de ley de emigración, que un día se debatirá en el Congreso de Diputados.

Recuerdo las caras de estupefacción de algunos de los oyentes, y hubo que advertir a aquellos entusiastas «padres de la" Patria» que la solución no vendría sólo de una ley española, sino de que los Gobiernos que han recibido en sus territorios a miles de trabajadores de España se muestren dispuestos (o sean obligados) a suscribir acuerdos que concedan estatutos dignos a los inmigrantes. Y para alcanzar ese objetivo, es conveniente presentarse a las negociaciones con la cartera bien repleta, es decir, con los convenios internacionales ratificados y aplicados dentro de España.

Pasó la débil esperanza del referéndum de «ser solidarios».

Los buenos ciudadanos suizos estarán tristes al comprobar que la gran mayoría de sus compatriotas no son solidarios con las penas y sufrimientos de los miles de seres humanos que allí viven y trabajan. Para los españoles de la emigración, el domingo 5 de abril de 1981 será una fecha más que añadir en el negro calendario de una existencia en un pueblo que se opone a que «los otros» echen raíces en su tierra.

 

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