Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El destape, a punto     
 
 ABC.    27/11/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Escenas polít icas

El destape, a punto

Lo bueno que va a tener don Iñigo Cavero, si por fin le hacen secretario general de la UCD, es que va a

dar una imagen de cola-cao, de chocolate Matías López, de buenos alimentos y de que todo se puede

arreglar en una satisfactoria sobremesa. La llegada de don Iñigo al puente de mando de la UCD va a ser

como si en una película elegida por Chicho Ibáñez Serrador apareciera de pronto Oliver Hardy. Después

de la trascendente caída de ojos de don Rafael Arias Salgado, de las ojeras de don Rafael Calvo Ortega y

de los pelos de punta de don Agustín Rodríguez Sahagún, todos necesitábamos bastante sosegar el ánima

y el ánimo en una figura oronda, beatífica, conventual y angélica. Tras los dimes y diretes, las grescas, los

floretees, los ganchos, las zancadillas y los pulsos, alguien tenía que venir a recitarnos el «orate fratres».

Además, compensará mucho la figura alta, enjuta, altiva y casi vegetal de don Leopoldo. Cuando hayan

acometido juntos algunas empresas podremos ponerlos juntos y en estatua, en la plaza de España, debajo

de don Quijote y Sancho. Con don Iñigo al lado, siempre puede uno esperar que le quede algún trozo de

queso en las alforjas. Y encima hace juego con don Miguel. Doménech.

Es curioso. Cuando se trata de enviar a alguien al partido, don Leopoldo siempre prefiere enviar a un

gordo. Tal vez piense que los delgados son menos de fiar, se mueven mucho y organizan en seguida el

baile. Es preferible el colchón, la sonrisa y esa impresión de paciencia y serenidad que dan siempre los

gordos. Don Leopoldo, en vez de un secretario general ha pensado un secretario pascual. No es que don

Iñigo esté tan gordo que en la mesa del despacho de Arlabán tengan que hacer una media luna para que

encaje el vientre, como dicen que tuvieron que hacer con Santo Tomás. Pero es hombre que puede

imprimir un aire de pausados giros en ese frenético ir y venir y volar y revolar de ardillas y de colibríes

que se observa últimamente en los jardines del Centro. Como todos parecen tener el baile de San Vito,

don Leopoldo se ha fijado en el único que se ha quedado quieto. Y en vez de mandar a un virrey o un

justicia mayor a calmar a las huestes levantiscas, revoltosas y pedigüeñas, les ha mandado un abad. Ahora

falta que entren todos en obediencia y que permanezcan en la disciplina del claustro.

Dicen que don Leopoldo anda con quebraderos de cabeza, y es natural, porque aquí encuentra uno más

duelos y tiene que andar con más tafetanes a la hora de repartir canonjías y despachar indulgencias que a

la hora de definir los dogmas. Es verdad que nuestros políticos son mayormente dogmáticos, pero

también es verdad que nada de lo humano les es ajeno, y para manejar un cotarro tan variopinto como

éste hay que tener en cuenta no sólo las ideologías, sino las ambiciones. Don Adolfo Suárez, con la

aureola del fundador, el carné número uno en el bolsillo y el olor de loas y elegías, dijo que se iba, y ahí

tenemos a don Leopoldo pensando en si será mejor quedarse solo que quedarse en la soledad de dos en

compañía. Tenía razón don Leopoldo cuando dijo aquello de que la UCD sin Suárez ya no sería de alguna

manera la UCD, y en esta historia ya no deben producirse más destierros.

Don Francisco Fernández Ordóñez anda incordiando con su Acción Democrática, ha levantado et

banderín de enganche y, además, se ha olvidado pronto de su promesa de apoyar al Gobierno y le ha

dejado en minoría antes de que el gallo haya cantado tres veces: Don Ricardo de la Cierva se le ha

escapado por la derecha, y si para don Leopoldo cada día tiene su afán, para don Ricardo cada día tiene su

artículo. Don Oscar Alzaga anda medio rebelde y medio levantisco por el mismo lado, y además, tiene el

gravísimo inconveniente de que no quiere ser ministro. Pero ¿qué querrá este chico? Los políticos que no

quieren ser ministros son incómodos como un juanete, como un orzuelo o como un forúnculo. Don

Miguel Herrero Rodríguez de Miñón tiene otro gravísimo inconveniente: que sí quiere ser ministro, y si

se te quita de un lado habrá que ponerle en otro. Don Luis Gámir, el socialdemócrata leal, da un paso al

frente y ofrece su lealtad probada para ocupar un puesto de primera fila en servicio al partido. Lo de don

Rodolfo Martín Villa es peor, porque no pide nada, dice que tiene «escasa disponibilidad», pero alguien

tiene que tirar del carro, sobre todo si se quiere que el carro sea el del vencedor. No es lo mismo hilar que

darle teta al niño, y alguien tendrá que ocuparse de preparar el milagro de las urnas. O de construir el arca

para salvarse del diluvio que viene, el oleaje filipino a babor y el temporal fraguiano a estribor.

Tiene que ser verdad eso de que la política posee algo de erótico y que el poder es una suerte de libido,

porque de otro modo no íbamos a encontrar a nadie dispuesto a vivir en la Monctoa, y los candidatos iban

a decirnos que buscásemos al padre de don Práxedes Mateo Sagasta.

Porque, aparte de todas estas teclas, de / todos estos registros y de todos estos resortes de precisión, hay

que preocuparse de entrar en la OTAN; de templar gaitas entre los empresarios y el señor García Díez; de

embridar a Jordi Pujol, de frenar a Garaicoechea y de ponerte acíbar en la boca a don Heribert Barrera; de

mirar cuántos disgustos nos trae la lista de coches multados por lo de la plaza de Oriente; de tranquilizar

al sable y de que el acero vuelva a su vaina; de inventar algo para que el 23 de febrero pase ya de una vez

a la Historia sin armar la de tirios y troyanos, la de romanos y cartagineses, la de montescos y capuletos o

la de moros y cristianos. Y hay que contar los que quedan, los que van quedando y los que nos van a

quedar, y arreglar el desaguisado de Castedo en Televisión, y en pagar lo que se debe, y en no salir

malparados de las urnas.

La política está, en este momento, llena de tapados pululantes. El tapado para la Secretaría, el tapado para

Cultura, el tapado para que ponga voz al grupo parlamentario, el tapado para la economía, el tapado para

la política y el tapado para que tranquilice a los que no están tapados. Dentro de poco empezará el

destape, y ahí tendremos en qué entretenemos un rato, mirando cómo quedan las «familias», los

«barones», los rebeldes y los leales. Lo más probable es que este de ahora sea el Gobierno que nos lleve a

las urnas. Es el Gobierno de la última oportunidad para la regeneración de UCD. Para la regeneración o

para el descalabro, que, de alguna forma, sería un descalabro en nuestra cabeza Jaime CAMPMANY.

 

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