Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La caja de los truenos     
 
 ABC.    25/10/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Escenas políticas

La caja de los truenos

Propongo que a don Fernando Castedo lo pongamos detrás de un cristal, como a Reagan y como al

«Guernica». Ya está bien de darte sopapos. Como unos empezaban a llamarle «tonto útil», los socialistas,

para defenderle, te han llamado «señor bajito, de derechas de toda la vida». Lo mismo le llamabam el

«topo», que es un animal que trabaja en lo subterráneo, que le llamaban el «Woody Alien» de Prado del

Rey. Le han reprochado todo lo que ha hecho y todo lo que no ha hecho. Entre unos y otros le han

presentado como traidor, inconfeso y mártir. Le han echado en cara que se empinara a Prado del Rey con

los votos socialistas; que administrara el ricino ideológico en Radio y Televisión; que entregara la cabeza

de Iñaki Gabilondo; que nos presentara ilustres «profesionales» que llaman al premio Adonais, premio

Adoné, y a Carmen García Bloise, Carmen García Bluas, que es que no se conocen ni a sus

correligionarios; que nos metiera en el cuarto de estar el bestialismo, el incesto, el mal gusto, las malas

costumbres, la publicidad encubierta y la propaganda política; que convirtiera a don Felipe González en el

Gregory Peck de la caja tonta; que prestara la pantalla a los apologetas del golpismo; que se resistirá a

dimitir cuando había perdido la confianza de su partido y del Gobierno que le nombró, y que, al fin, haya

dimitido. En la hora amarga del desenlace de esta eutrapélica aventura le han dejado solo incluso sus más

cercanos colaboradores, el presidente del Gobierno que le nombró, los consejeros de RTVE que le

votaron, los editorialistas sin carné y los telespectadores sin disciplina de partido. Pues, eso: que te

preserven detrás del cristal.

Bueno, solo, solo, lo que se llama solo, no se ha quedado don Fernando Castedo. Más bien se ha quedado

mal acompañado. Peor que peor.» Se ha quedado con don Francisco Fernández Ordóñez, por el bando de

su partido. Pero don Francisco Fernández Ordóñez ya ha dicho «estoy harto» —que ya era hora de que

también esa frase sonará en sus labios—y que tiene un pie en UCD y el otro en el PSOE, y ya casi los dos

pies en el PSOE después de su cena con don Felipe González, que fue una cena en ta que la verdad del

cuento se quedó para mañana, como la cena de don Baltasar de Alcázar. Ay, señor Fernández Ordóñez,

que de grandes cenas están las sepulturas llenas. También las sepulturas políticas. Y por el bando

socialista se ha quedado,, sobre todo, con don Alfonso Guerra, que como dirían tos padres terribles es

«malas compañías». Don Alfonso Guerra, al enterarse de lo de Castedo, le ha pegado fuego a la traca de

los adjetivos. El «rojerio», desde hacía algún tiempo, ya no le llama a la pantalla de televisión «la caja

tonta». La llamaba, aunque en secreto, «la caja útil», y más públicamente «el medio». El medio para el

fin, claro. Ahora, la caja tonta es la caja de los truenos. Lo que más me fastidia de la retahila de adjetivos

de don Alfonso Guerra no es que sea un ejemplo de democracia para el fiscal. Lo que más me fastidia es

que se me aproxima peligrosamente en el dominio, la riqueza y la soltura para el adjetivo, cuya

preeminencia me corresponde desde que Manolo Alcántara me bautizó entomólogo de adjetivos.

Don Alfonso Guerra ha puesto en la nota del PSOE para calificar el cese o la dimisión, o lo que sea, del

señor Castedo estos adjetivos: brutal, irresponsable, vergonzosa, ilegal, burda y arbitraria. La nota no fue

aprobada por el 99,6 por 100, como se aprobó la gestión de la Ejecutiva del PSOE, sino por aclamación.

(Mi amigo el poeta Eladio Cabañero echó una vez un discurso en los Juegos Florales de Tomelloso, y me

contó que los espectadores «aplaudían como procuradores». Y yo, en mis crónicas de las Cortes

franquistas, les llamaba «el lago de los cisnes unánimes», como homenaje a Rubén y a don Esteban

Bilbao. Ahora resulta que los cisnes unánimes son estos socialistas predemocráticos, y que además

aplauden como procuradores. En esta última sesión de la nota de los adjetivos no votaron en contra ni se

abstuvieron esos tres señores de Avila, enviados seguramente por don Adolfo Suárez para que se notase

en algo la reforma política, la transición y la construcción de la democracia). Además de brutal,

irresponsable, vergonzosa, ilegal, burda y arbitraria, don Alfonso Guerra ha añadido otros adjetivos a la

decisión: el cese ha sido delictivo, vandálico y chapucero. Bueno, pues ya está claro. No es que a don

Fernando Castedo lo hayan removido de Prado del Rey. Es que han echado de la Televisión a don

Alfonso Guerra.

Por si eso no estuviese claro, ahí están don Eduardo Sotillos y don José Luis Balbín, dándose con los

talones en el bullarengue para ir a comunicar el terremoto al señor Guerra. Y pegándolo al asiento («A

mí, que me echen»), mientras firman pliegos de protesta, que es cosa que no hicieron los profesionales a

quienes el señor Castedo adminis´ tro el ricino de ta depuración. Lo que ya no está tan claro es esa frase

de don Fernando Castedo en su carta, «Se me exige la dimisión por haber hecho aquello para lo que se me

nombró». ¿Y para qué se le nombró? ¿Quién o quiénes le dieron el encargo de hacer lo que ha hecho?

Porque hay que reconocer que, además del aspecto político, la radio y la televisión del Estado es una serie

de programas patas arriba. Casi nunca podía saber uno lo que estaba contemplando: si un telediario, una

tertulia, un entremés, un mitin, un guiñol, una francachela de flipados o una sesión de espiritismo. Lo

mejor es que una televisión y una radio del Estado no sea de ningún partido político. Pero que el partido

mayoritario entregue la televisión del Estado a la oposición es cosa que produce la risa nerviosa. El señor

Mitterrand conquistó la televisión francesa al ganar las elecciones. Aquí, el socialismo la conquistó a

pesar de perderías. Y además, entraron en ella como si se la hubieran dado a saco. De todo esto, tal vez no

tuviera la culpa don Fernando Cas* tedo, que no es un profesional, y que bastante hacía con atender los

teléfonos de la diestra, de la siniestra y del centro. Pero era irremediable que él haya tenido que jugar el

papel de cabeza de turco, como ha jugado don Alfonso Guerra el papel de paparrabias.

He empezado por decir que a don Fernando Castedo hay que ponerlo detrás de un cristal, como a Reagan

y como el «Guernica». Pero quizá sea más justo poner detrás del cristal a don Carlos Robles Piquer,

porque ahora ya a ser él quien reciba la descarga de las rabietas, los berrinches, las verraqueras y los

pataleos de esos a quienes se les ha quitado el juguete. Ya le están diciendo que es reaccionario, que fue

director general con Franco, ministro con Carlos Arias y que sigue siendo cuñado de Fraga. Pues nada, a

desterrar de la política a Fernández Ordóñez, que fue subsecretario con Franco; a Felipe González, que

fue del Frente de Juventudes; a Ramón Tamames, que escribía en «Arriba», y a algún Busteto, por primo

de Calvo-Soteto.

De don Carlos Robles Piquer, por aquello de la objetividad informativa, se dice también que es nombre de

muchas lecturas. Y a lo mejor, ahí duele, ahí duele. A lo mejor eso es lo que más aterroriza, espanta y

empalidece a esos que quieren darle el premio Adoné a Carmen García Bluas.—Jaime CAMPMANY.

 

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