Autor: ;Martín Bernal, Obdulio. 
   Entre ellos estará la bisagra     
 
 ABC.    29/11/1981.  Página: 14-15. Páginas: 2. Párrafos: 23. 

DOMINGO 29-11-81

En perspectiva

Entre ellos estará la «bisagra»

Habrá más. Quizá no estén aquí todos los que son, pero es casi seguro que son

todos los que están. Los

socialdemócratas ordoñistas, la Fundación —o el bloque— de Tamames y los

liberales de Garrigues, más

o menos por este orden, miran hacia un horizonte político con «bisagras».

Nosotros no decimos ni que sí

ni que no, sino todo lo contrario Nos limitamos a dar cuenta de su situación, de

sus posibilidades y de sus

presuntos propósitos. Que son éstos.

Ordóñez: Socialdemócratas entre diestra y siniestra

De momento, Francisco Fernández Ordóñez ha conseguido situarse el primero en la

línea de salida de la

todavía nonata operación bisagra. Aunque sobre el madrugar, bien se sabe, existe

división de opiniones en

la sabiduría popular y hay refranes contrapuestos.

Con notable capacidad previsora, Ordóñez y los suyos fundaron Acción Democrática

horas antes —o

después— de abandonar la UCD. Y a partir de ese instante se aprestaron a la

reconstrucción de una fuerza

política socialdemócrata que ellos, en la búsqueda de una marca políticamente

diferenciada y al mismo

tiempo abierta, prefieren que se llame centro radical.

La no pequeña «tragedia» con que se encuentra el grupo ordoñista es que ha

dejado una larga estela de

socialdemócratas que prefieren seguir cobijados bajo el techo centrista, al

menos mientras se aclare este

confuso y encapotado horizonte.

Pero —y la tragedia puede tener dos partes—, por el otro flanco, en el PSOE

también menudean los

socialdemócratas, que, además, cada día están más cómodos en su partido. Y, por

si fuera poco, los

programas centrista y socialista se entrecruzan en los polos de la

socialdemocracia.

Sin ernbargo, Ordóñez piensa, y asi lo ha dejado escrito, que «entre Felipe

González y Calvo-Sotelo

existe un espacio político», y lo especifica como «una alternativa de cambio,

renovadora, laica,

independiente y crítica». En otras palabras, el dirigente socialdemócrata

pretende convocar a, aquellos

españoles que desde una opción no socialista estén dispuestos a impulsar un

programa de transformación

real del país».

Pero, aun suponiendo que este espacio ideológico exista —y hay que suponerlo

porque, además de las

expectativas ordoñistas. hay un cierto tono social que parece predecirlo—, hasta

convertirlo en espacio

electoral deberá recorrer un largo y abrupto trecho. En primer lugar, Ordóñez

necesitará —casi huelga

decirlo— un respaldo económico con un largo etcétera de cifras. Según dicen sus

enemigos, el hecho de

que haya decidido desembarcar de la UCD significa en este hombre, que describen

calculador y receloso,

que el apoyo financiero lo tiene más que cuajado Necesita también, y quizá sobre

iodo, construir una

infraestructura sólida, homogénea y valiosa en todos los confines del Estado. Y

en ello está.

Por ahora, Ordóñez cuenta con veinte par lamentarios, algunos de notable valía,

y la? plataformas que

puede organizar en las distintas provincias sobre los restos de este

desgajamiento. No parece que esto sea

suficiente para sostener la gran opción electoral que él pretende. Tendrá que

utilizar mucha

aplicación y habilidad para conseguir articular otras familias socialdemócratas

a las que los sucesivos

descalabros electorales han dejado en un estado letárgico, al borde de la

extinción o totalmente

extinguidas (Federación Socialdemócrata, que fuera de Lasuen; Social-Democracia,

PSDE...). Y, sobre

todo, tendrá que rebuscar otras afinidades en las sensibilidades liberales o en

la burguesía ilustrada de la

Fundación.

Para ello cuenta con un activo político indudable y muy atractivo para, algunos

sectores. Y un cierto

pasivo que le granjeará el rechazo de algunos otros. Por ahora, está el primero.

Los liberales: Como vuelve la cigüeña al campanario

Algunos dicen que ía ideología liberal es aquí ancha y poderosa, pero está

desperdigada en el desencanto

que nos invade; o subsumida en los múltiples aparatos del Poder, Algunos otros

apostillan que «lo

liberal», aparte de una palabra maltrecha, es sólo un talante del que no andamos

precisamente sobrados

las recias gentes —todo un carácter— de estos parameros.

Todos coinciden, sin embargo, en que las fuerzas liberales jugaron un airoso

papel progresista en el siglo

XIX y primera parte del XX hasta hundirse —o perecer— en el largo sueño de la

dictadura franquista.

Las alegrías predemocráticas del 1976 nos trajeron una cierta floración de ramas

liberales. La más tupida

la encabezaba el malogrado Joaquín Garrigues Walker (Federación de Partidos

Demócratas y Liberales),

quien, junto con el PDP de Camuñas, se acogió antes de los comicios a la opción

centrista de Suárez y se

colocó en la antesala del Poder. Pero había otras rhuchas tentativas

disputándose el pan, el nombre y la

sal.

Sólo los liberales de UCD parecían estar llamados, bajo la espesa sombra de

Joaquín Garrigues, a un

futuro prometedor. Pero la temprana desaparición del líder les dejó literalmente

huérfanos y, lo que es

peor, desconcertados. Los Fontán, Merigo, López Jiménez, Soledad Becerril,

perdieron muchos puntos en

la rueda de la fortuna centrista.

Y fue entonces cuando subió a la escena Antonio Garrigues Walker. Lleva meses

rastreando y rastrillando

la geografía política, haciendo montoncitos de clubs liberales en las

principales ciudades. Ha constituido

ya 16 y piensa organizar otros 18 antes que de que termine el año. Sus

correligionarios centristas se han

unido a él sin reservas.

Sus partidarios, que ya son bastantes, ven en él un nuevo adalid para la causa

emprendida por su hermano,

y aseguran, con palabras de Machado, que con los clubs «vendrán los liberales

como torna la cigüeña al

campanario». Sus adversarios —que le han crecido cuando menos al mismo ritmo que

sus partidarios—

piensan, por el contrario, que Antonio Garrigues no representa ni con mucho la

tradición liberal

progresista española. Su liberalismo es, sobre todo, «americano»,

fundamentalmente económico —libre

mercado— y, por tanto, conservador. La otra cara del liberalismo (defensa a

ultranza de derechos y

libertades, progreso social) es secundaria en sus planteamientos, dicen.

Pero lo cierto es que Garrigues ha entrado en la política con mucho tiento:

echando cimientos y con las

espaldas bien guardadas por una infraestructura consistente. La operación, aun

sin desvelarse, aparece

casi diáfana: primero consolidar las bases, luego hacerse valer, en una

presumible coalición de centro. A

ser posible, y en igualdad de condiciones, con UCD. Y si esto no es posible —

ahora no es, al menos,

probable— para eso está el espacio bisagra.

La Fundación: El discreto

encanto de la burguesía

ilustrada

La Fundación para el Progreso y la Democracia es, hoy por hoy, sencillamente una

espectacular nómina de VIPS con el discreto y

lejano encanto de la burguesía ilustrada.

Nada menos que 32 catedráticos de Universidad —cinco rectores, dos vicerrectores

y tres decanos— se alinean entre sus promotores.

Y junto a ellos hay más de un centenar y medio de personalidades situadas en los

más altos niveles profesionales de este país. Lo

más granado de la moderna ilustración española: una muestra de lujo de la

burguesía intelectual, difícilmente encajable en los angostos esquemas y

cerrados intereses del partidismo de la transición.

La Fundación está presidida por el empresario Jesús de Polanco, y entre sus

vicepresidentes figuran varios relevantes «ex»: Ramón

Tamames, ex PCE; Luís González Seara, ex UCD; Paquita Sauquillo, ex ORT.

Profesores, abogados, economistas, arquitectos, pintores

forman la urdimbre de una asociación que se

define, por el momento, como una plataforma

social sin más. Aquí hay gentes notables políticamente inéditas, pero también

restos de sonados naufragios izquierdistas.

El conglomerado es un algo variopinto

ideológicamente, aunque con una notoria vocación de centro-izquierda, y

reivindica dos

señales específicas que se han dado en etiquetar con palabras llamativas:

regeneracionismo y radicalismo. El primero de estos marchamos aparece

significado en los principios fundacionales: El objetivo de la asociación es

«contribuir a un rearme cívico que actúe de factor innovador y crítico» para

regenerar la sociedad española y el afianzamiento de una

auténtica democracia, ahora amenazada. El radicalismo es, sobre todo, una

apreciación

de los analistas políticos y viene a señalar una defensa enérgica y prioritaria

de los derechos y libertades de los ciudadanos.

Estos dos principios son, por ahora y sintetizando, el eje sucinto sobre el cual

se aglutina un surtido de pelajes ideológicos netamente diversos, pero no por

ello adversos. Y estos son los principios en torno a los que, a

juicio de los más voluntariosos de sus miembros, podría tejerse sin dificultad

un programa mínimo en el caso de que la Fundación —o un bloque importante de

ella— se decida a dar el breve paso que la separa de una

fuerza electoral. En resumidas cuentas, piensan los convencidos, con mimbres

casi idénticos se hizo el cesto del Partido radical italiano y su fórmula ha

resultado poco menos que arrolladora.

Pero una opción electoral requiere un aparato por mínimo que éste sea una sólida

financiación y, en fin, una cierta disciplina. Y en la Fundación tendrá que

actuar una poderosa criba. Porque en ellas hay militantes de

UCD —como Matías Cortés y Terceiro—, gentes de un invento parejo, pero, por

ahora, diferenciado de la Fundación —Acción Democrática—, como Carmela García

Moreno y González Seara. Y hasta gente del PCE. Los mimbres puede que los

tengan. Pero les falta querer y poder fabricar el cesto Nada fácil.

 

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