Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Votos de castigo     
 
 ABC.    02/12/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Escenas políticas

Votos de castigo

Lo bueno y lo malo de este país es que tiene precedentes para todo. Si algo nos pilla de sorpresa, es

porque queremos, y porque seguramente ejercitamos más la voluntad —a veces buena y casi siempre

mala— mucho más que la memoria y el entendimiento. Ahora podemos recurrir al precedente del conde

de Romanones. La anécdota del conde, sea falsa o verdadera, es archisabida. Quería don Alvaro entrar en

la Real Academia, aspiración que, yo no sé por qué, está lejos de los políticos de hoy. Todos los

académicos le habían prometido su voto.Cuando el conde se enteró de que no te había votado ninguno,

lanzó su famosa exclamación: «¡Jo, qué tropa!»

Aquí estamos entre la unanimidad y el voto de castigo. A la tropa socialista le hace falta urgentemente un

don Esteban Bilbao, que buscaba en las Cortes de la perhistoria franquista alguna «abstención

sacrificada» para no dar una impresión de excesiva domesticación. «Necesitamos alguna abstención.

Sacrifiqúese usted y ya me encargaré yo de dejar a salvo su adhesión inquebrantable», vendría a decir el

bueno de don Esteban. Las discrepancias eran la prueba sublime de la lealtad, como el sacrificio de

Abraham. En cambio, la tropa centrista anda entretenida con el voto de castigo. Sobre los candidatos

únicos —que es otra manera de ensayar la democracia a la búlgara— llueven los votos en blanco. Es una

lluvia paradójica, o sea,"en contra de las predicciones y de las rogativas. Es como pedirle al santo que

llueva, y que el santo nos mande el granizo. Los votos a un candidato perdedor pertenecen a la naturaleza

y a la lógica de la democracia y a la cortesía del electorado. Pero los votos en blanco al candidato único

pertenecen a las señales sutiles del secreto semáforo político o a la mala uva del personal. Los votos en

blanco que han acompañado la elección de don Iñigo Gavera y de don Jaime Lamo de Espinosa, o forman

parte de la cólera del español sentado, o del pecado nacional de la envidia, o de la rebeldía del elector al

dictado, o necesita más agudas interpretaciones. De cualquier manera habrá que convenir que la

democracia, incluso en sus formas más desconcertantes, resulta siempre moderadora y confortante. En

vez de los autos de fe, de la pena de azotes o de las banderillas de castigo, ahora castigamos con votos en

blanco. En el ruedo ibérico esto resurta consolador. Mucho peor habría sido que los hubieran entregado a

la dialéctica de don Juan María Bandrés, a la clemencia del alcalde de Basauri o a la hospitalidad de don

Jordi Pujol. Eso habría sido terrible.

Es de esperar que alguien haya pensado ya en las consecuencias del ejemplo. Porque don Iñigo Cavero,

desde la secretaria general del partido, deberá convencer al electorado de que le voten, y don Jaime Lamo

de Espinosa, desde la presidencia del grupo parlamentario, deberá levantar los dedos para enseñar a sus

señorías lo que deben hacer en las votaciones del Congreso. Pero si no se votan ellos mismos, ¿por qué

íbamos a votarles los demás? El caso es que don Leopoldo estará ahora poco más o menos que como el

conde de Romanones, percatándose de qué tropa tiene que apacentar. Cada uno le habrá pedido algo a

cambio de su voto, y está claro que no se puede contentar a todos. Pera en cuanto ´al electorado se percate

de que los votos sirven para pedir, van a empezar las solicitudes, y a ver cómo hacemos subsecretarios a

seis millones de españoles.

Don Leopoldo ha tenido que regenerar el partido y que recomponer el Gobierno en medio de un coro de

imprecaciones, con una minoría en el Parlamento cada vez menos mayoritaria y bajo la terrible amenaza

de las fugas. Hasta el mismísimo Suárez le ha dicho que se, iba del Centro, y ya llega un momento en que

no se sabe qué es peor, si lo que se va o lo que se queda. Jo, qué trapa. No es extraño que al verse metido

en ese berenjenal el señor Calvo-Sotelo se haya llevado a las Cortes ese libro de don Eugenio d´Ors que se

llama precisamente «Diálogos de la pasión meditabunda». Y encima, la que se ha armado. Parece lógico

que en el Congreso se arme la marimorena porque aparezcan en el hemiciclo los bigotes del señor Tejera.

Pero no es razonable que se pongan así porque el señor presidente del Consejo se lleve un libro al escaño.

«Ha venido con un libro», se decían unos a otros. «¿Con un libro? ¡Madre de Diosl ¿Y qué va a pasar

ahora?» Hombre, pues tampoco es para tanto. Al fin y al cabo, Azorín, que fue subsecretario, iba con un

paraguas rojo; Ramón Gómez de la Serna dio una conferencia montado sobre un elefante; don Enrique

Tierno actúa con collar, y don Luis Yáñez lleva «Le Monde» bajo el brazo. Además, todo el mundo

recuerda que don Santiago Carrillo se nos apareció con peluca. En este país hay gente muy rara. Lo

mismo te encuentras a un señor que se lleva a la plaza de Oriente un retrato de Franco de tamaño natural,

que ves cómo don Felipe González se ha llevado un retrato de las mismas dimensiones, pero de Pablo

Iglesias, al Congreso Socialista. Había un aficionado al fútbol que se llevaba un trombón al estadio, y la

democracia se trajo al Senado a monseñor Xirinacs. Hay que perdonarle a don Leopoldo que se haya

llevado un libro al banco azul. Además, a lo mejor ha hecho eso para acabar de una vez con todas esas

habladurías acerca de la derechización. Aquí, en cuanto uno lee un libro, es que se esta haciendo de

izquierdas.

Lo que hay que hacer en este país no es leer, sino manifestarse. Casi todo lo que se ha conseguido aquí, lo

hemos conseguido gritando por la calle. Sale uno a la calle, y le conceden la amnistía. Se va uno a la

«diada» y le dan el Estatuto. Sí usted quiere que a los presos etarras los lleven a Nanclares de Oca, que

Cataluña sea una nación, que no le despidan de su empresa, que no entremos en la OTAN, que los jueces

condenen a unos o no condenen a otras, que dejemos de mirar con algunos escrúpulos a los mariquitas,

que el Gobierno sea asesino, que Reagan no sea presidente de los Estados Unidos, que el aborto sea una

dulce costumbre hogareña, que se vea bien la fuerza del «pecé» o que volvamos al candil en vez de hacer

centrales nucleares, lo que hay que hacer es manifestarse. Hasta lo que de prohiban las manifestaciones se

ha conseguido con una manifestación.

A lo mejor, la fragilidad de nuestra democracia se termina en cuando se consiga algo con los votos.

Aunque sean de castigo, hombre.—Jaime CAMPMANY.

 

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