Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El arte de lo plausible     
 
 ABC.    03/12/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Escenas políticas ABC 13-12-81

El arte de lo plausible

Don Adolfo Suárez dijo en una ocasión como ésta que había hecho el mejor Gobierno posible. Dentro de

UCD, se entiende. O sea, que había hecho el mejor cesto con los mimbres que tenía a mano. Y

seguramente era verdad. Al menos, tuvo las manos libres para hacer ese Gobierno, sin que nadie se las

atara o le moviera la mano derecha ai momento de escribir en una cuartilla los nombres de los ministros.

Dichoso él, podría decir ahora don Leopoldo Calvo-Sotelo. Maniobrando, cualquiera.

A lo mejor también es éste el mejor Gobierno de los posibles. Dentro de UCD, se entiende también. Hay

que tener en cuenta que UCD se resiste a buscar ministros en el predio del vecino, y que no alarga la

mano a la fruta del cercado ajeno. Con su minoría mayoritaria, que es casi mayoría absoluta, o mejor

dicho, que casi lo fue y que cada vez lo va siendo menos, intentó gobernar aplicando la máxima de Juan

Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como. Y así ha seguido. De buscar alianzas en el arco parlamentario,

nada. Apoyos circunstanciales en el Congreso, sí; pero de entrar en el Gobierno, nada. Gobierno, de

entrada, no. Ni por la derecha, ni por el Norte, ni por el PSOE. En vano, don Santiago Carrillo lanzaba sus

silbos enamorados para que le dejasen entrar en el prado paradisíaco del Poder gracias a un Gobierno de

concentración. Se puso tan pesado que, cuando lo repetía, a los diputados les entraba la risa. Y en vano

don Felipe González se ha ofrecido ai sacrificio de aceptar la responsabilidad de compartir el Gobierno.

Ayer no más aludía a eso, con más finura y menos descaro que don Santiago. En política, ya se sabe:

aunque las cosas vayan mal, todos creen poder arreglarlas. O lo que es lo mismo: primero, mandar;

después, ya veremos.

El caso es que don Leopoldo ha tenido que hacer un Gobierno en una espectacular posición de

malabarista. La noche en que el presidente remataba la larga tarea de formar Gobierno a mí me pulo en el

estreno del Scala, donde estaba todo el Madrid del cucañista, del pretendiente, de las esperanzas

cortesanas, todo el Madrid del ombligo, del rompeolas, de la piñata, de las aristocracias y los aristodemos,

de los planetas, las estrellas fugaces y tas galaxias. González Seara, fugado de la pomada de la Moncloa,

cenaba con Enrique Mugica. El doctor Vallejo-Nájera cenaba con Antonio Gala y con Mingóte. Los

ministros confirmados, Juan José Rosón y Alberto Oliart, celebraban la confirmación. Conchita „ Velasco

estaba allí en un respiro de su trabajo, y Carlos Robles Piquer, en un descuido del Consejo de

Administración de RTV E, algunos de cuyos miembros no sólo le hacen la cama, sino que intentan

acompañarle incluso en el sueño. Miguel Domenech también estaba, porque ya debía saber que su cuñado

todavía no le hacía ministro. Y por las mesas se dispersaban, más o menos escaqueados, desde Chicho

Ibáñez Serrador hasta el embajador de Estados Unidos, desde el doctor Cabeza a Miguel Primo de Rivera,

desde don Manuel Ortiz y don José María de Areilza a don Joaquín Calvo-Sotelo, que también debía

saber que tampoco le iba a hacer ministro su sobrino, ni falta que le hace. Fernández Ordoñez no estaba, y

la cosa pudo salir bien.

En el escenario, un malabarista puso tres pisos de bandejas con copas sobre el remate de una espada; la

punta de la espada en et filo de un puñal, y el puño del puñal entre los dientes, y así subía y bajaba por

una escalera, se echaba hacia atrás, se ponía cabeza abajo y hacía otras mil diabluras sin que las bandejas

se estrellaran en el suelo ni se derramara el champán de las copas. No pude por menos de comentar:

«Mira, ahí está Leopoldo». (En esta ocasión me permito prescindir del don, porque en el arte no se usa.)

Don Leopoldo ha tenido que hacer el Gobierno pensando en que los martinvill islas no pierdan, los

soctaldemócratas no se vayan, las suaristas abran el cisma, los de la plataforma moderada no abusen, los

liberales se asomen y los independientes aparezcan. Total, un prodigio de equilibrismo, de malabarismo,

de encaje de bolillos, de cuadratura del círculo, de esmalta miniado y de escribir el Quijote en una caja de

cerillas. Algunas carambolas han salido de lujo y a cuatro bandas. Por ejemplo, nos ha salido ministra

doña Soledad Becerril. Ya le decía yo a doña Carmela García Moreno que se había jugado, al irse con la

legión de los socialdemócratas rebeldes y ordoñistas, el primer Ministerio fe. menino después de aquel de

doña Federica Montseny. Yo no sé qué irà a hacer doña Soledad Becerril con una materia tan

insignificante como es la cultura en nuestro país. Una vez que don Iñigo Cavero se ha traído el

«Guernica» y que el señor presidente del Gobierno se lleva un libro al Congreso hay que echarle

imaginación al asunto para que se ocurra algo más. De momento, doña Soledad se ha manifestado con

sencillez y humildad, y ha dicho que está abrumada, y eso es buena señal, porque la cultura siempre es

modesta. Los tontos y los ignorantes son más pretenciosos y jactanciosos.

La crisis, o mejor dicho, el reajuste, tiene dos vfctimas solamente, pero significativas. Los caídos salen

expulsados por la LAU y por la colza. El señor Ortega y Díaz-Ambrona ya tuvo dimes y diretes con otro

democristiano, que no hay peor lobo que el de la misma carnada, el señor Alzaga. El tema de la

enseñanza produce ministros y ex ministros casi con la misma profusión que abogados o médicos. Nos

han hecho la reforma fiscal. Nos han hecho la ley del divorcio. Pero no nos arreglan el tema de la

enseñanza. O sea, lo de siempre. Ahora, don Federico Mayor podrá dedicarse a intentar sacar esa materia

también mayor. La colza ha producido la mayor injusticia política de la democracia. A don Jesús Sancho

Rof le han cargado las culpas de la colza desde la oposición y, en parte, también desde su propio partido.

En esa tragedia del aceite que mata, el señor Sancho Rof es el personaje de menor responsabilidad y de

mayores aciertos. Las negligencias o las culpas habrá que buscarlas en otros Ministerios, menos en el

suyo. Desde su Ministerio se hizo lo único que se ha hecho bien en ese tema. Y ahí está, fuera del

Gobierno. Bueno, así se escribe, a veces, la Historia,

Don Jaime Lamo se va de Agricultura, pero se queda en el Gobierno. O sea, que, en reafidad, no le han

echado la culpa de la sequía. Y don Rodolfo Martin-Villa asciende al primer puesto en el Gobierno,

después del presidente. Ya avisó de que no es lo mismo hilar que darle teta al niño. O sea, lo normal para

no suicidarse. Dicen que la política es el arte de lo posible. Será mejor que la política haga también

plausible lo posible.—Jaime CAMPMANY.

 

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