Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Del no pero sí al sí pero no     
 
 ABC.    26/02/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

JUEVES 26-2-81

OPINION

ABC/3

Escenas parlamentarias

Del no pero sí al sí pero no

La sesión comenzó con aplausos. La euforia natural del reencuentro en el hemiciclo, despiertos ya de la

pesadilla de Tejero, se resolvió en el civilizado tableteo de las palmas. Hubo aplausos y abrazos para el

teniente general Gutiérrez Mellado. Y don Adolfo Suárez levantó una ovación. Los señores diputados,

desde la derecha y desde la izquierda, aplaudían a Suárez. Quizá aplaudían, en Suárez, al protagonista de

la reforma y de la transición a la democracia, esa democracia que estuvimos a punto de perder hace sólo

unas horas. Quizá aplaudían, en Suárez, al presidente del Gobierno que se había despedido de su sitio en

la cabecera det banco azul con un gesto de dignidad y serenidad mientras silbaban las balas sobre su

cabeza. Quizá fue un poco de las dos cosas: despedida y homenaje.

Después hubo palmas para todos. Para el Rey, a quien todos reconocen, sin reticencias, el mérito más alto

en la salvación de la democracia y en la custodia de la Constitución. Para el pueblo, para los medios de

comunicación, para el personal auxiliar del Congreso. Y, naturalmente, para sus propias señorías, que

soportaron con «temple», según la expresión medida de don Landelino, la angustia del secuestro. La

votación de investidura iba a continuar. O, mejor dicho, iba a volver a empezar. Antes hablaron

brevemente los representantes de los partidos y, antes aún, el señor candidato. Don Leopoldo Calvo-

Sotelo podría empezar su discurso con la famosa frase de fray Luis: «Decíamos ayer.» Después de un

romántico de las armas, un clásico de las letras. Hay días y hay sucesos a los cuales es mejor dejarlos

encerrados entre paréntesis.

Sin embargo, algo había cambiado desde aquella sesión que comenzó el lunes y que prosiguió el

miércoles. Aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid, o sea, aprovechando que el teniente coronel

Tejero había pasado por el hemiciclo, la izquierda replanteaba el viejo tema del Gobierno de coalición.

Don Felipe González se ofrecía para formar un Gobierno de amplia base parlamentaria y de ancho

respaldo popular», es decir, con los socialistas en el Gabinete. Don Santiago Carrillo, obviamente, habría

apoyado ese Gabinete. Al fin y al cabo, eso es lo que está pidiendo don Santiago desde el comienzo. O la

propuesta le pilló de sorpresa a don Leopoldo Calvo-Sotelo —cosa improbable— o el señor candidato

prefirió no tomarla en consideración. Y no dijo ni que sí ni que no. Prefirió rechazar, por lo tácito, la

mano de doña Leonor. Ya he dicho que don Leopoldo Calvo-Sotelo posee una notable habilidad para

responder, improvisando, a los oradores que suben, a la tribuna. Responde a todos, excepto a aquellos que

cree mejor no responderles. Responde a todo, menos a lo que no le parece prudente. O sea, que maneja la

cita de los clásicos con igual desenvoltura que la elocuencia del silencio.

Pero las intervenciones de los oradores fueron menos agrias; los «noes» fueron más dulces; el debate, más

escueto. Socialistas, comunistas, socialistas andaluces y nacionalistas vascos iban a seguir diciendo que

«no»: lo mismo que el lunes cuando apareció el tricornio en el hemiciclo. Pero todos estaban de acuerdo

en colaborar, si no en ól programa del Gobierno, sí en la consolidación de la democracia, en la defensa de

las instituciones democráticas. Todos son conscientes de que nuestra democracia es todavía frágil, y

tierna, niña, y no admite demasiados zarándeos.

Ni zarándeos ni zarandajas. Para robustecer la democracia todos ofrecieron el hombro. Se conjuró el

peligro; la luz roja se había apagado, según frase de don Felipe González, pero algunos saben y todos

intuyen que el menor descuido o cualquier exceso puede descuajaringar el invento. Y todos median con

mayor escrúpulo las palabras y las actitudes.

Por otra parte, los nacionalistas catalanes y la totalidad de los diputados de Coalición Democrática se

pasaron al «sí». Roca Junyet ese catalán que habla el español más claro de la Cámara, explicó que «su»

lectura de la democracia, que «su» manera de reaccionar ante los acontecimientos últimos han impulsado

a los catalanes a cambiar el voto. Mantienen las reservas ante el Gobierno, mantienen las disidencias ante

el programa, pero votarían que sí. Y lo mismo explicó Fraga. Los seis diputados de CD que se

abstuvieron en la primera votación de investidura se irían al voto afirmativo, tal y como habían, hecho,

sin necesidad de que Tejero entrase en el Parlamento, los señores Areilza, Osorio y Senillosa. En horas

veinticuatro, el no pero sí de los catalanes y los fraguistas se había convertido en un sí pero no. «¡Tanto

sucede en término de un dial», que podría decir don Leopoldo volviendo a sus clásicos.

Y ahí tienen ustedes cómo los que se habían acostado abstencionistas se levantaron afirmativos. Y ahí

tienen ustedes cómo don Leopoldo, en el examen de septiembre, cuando pensaba que iba a ser investido

con los modestos votos de una mayoría simple, lograba una nota más que suficiente para alcanzar

brillantez en el examen de junio. Y todavía más: alcanzaba una cifra de votos afirmativos superior a la

conseguida por don Adolfo Suárez en su examen de investidura y en el voto de confianza. Como éste es

un país mágico y no un país lógico, aquí la magia, en cualquier momento, puede destrozar cualquier

lógica, incluida la lógica matemática.

Ahora, a esperar el Gobierno que forme el señor Calvo-Sotelo. en el cual serán significativos los nombres,

por supuesto, pero quizá más significativos sean sus primeros pasos y sus primeras decisiones. Afuera, los

hilos del intento de golpe de Estado del lunes, 23 de febrero, se enredan y extienden. La destitución y

arresto del teniente general Miláns del Bosch y el cese del general Armada dan la impresión de que algo

más profundo y grave que la audacia de un teniente coronel enfebrecido de golpismo latía bajo el asalto al

Congreso de los Diputados. El nuevo Gobierno se hallará, dentro de unas horas, ante la más difícil

situación que ha vivido España desde la muerte de Franco: con el Estado acosado por un flanco a sangre y

fuego; y amenazado, por el otro flanco, por la repetida tentación a la asonada y al pronunciamiento. El

nuevo Gobierno se enfrentará al problema de defender, de un lado, la unidad de España y la dignidad del

Estado; por otro, la democracia y la libertad.

Para lograr ambas cosas con firmeza y buen éxito, quizá necesiten los señores ministros nonatos un

«temple» aún más resistente que el necesario para atravesar las dieciocho horas que transcurrieron bajo

las armas desenfundadas de sus secuestradores. Los errores serían cada vez más peligrosos. Y somos

muchos los que estamos deseando que acierten. O sea, que ellos a aplaudir, y nosotros a esperar.—Jaime

CAMPMANY.

 

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