Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El clavo y la bisagra     
 
 ABC.    24/11/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

OPINIÓN

A • c

Escenas políticas

El clavo y la bisagra

Bueno, pues ya tenemos á don Leopoldo Calvo-Sotelo instalado en dos lugares preeminentes, sin contar

la Presidencia del Gobierno: la dirección de la UCD y el Museo de Figuras de Cera. A la presidencia de

UCD, quizá el señor Calvo-Sotelo llega un poco tardé y al Museo de Cera demasiado pronto. Cuando

dimitió don Adolfo Suáréz, casi todos creímos que sería bueno para el partido, para ef pafs y para el

ejercicio de los hábitos democráticos proceder a la diversificación de cabezas: poner unef cabeza al frente

del partido y otra cabeza al frente del Gobierno. O sea, una operación de cariocinesis. Los que así

pensábamos no teníamos en cuenta seguramente las características especiales de nuestra embriología

política. Aquí, en cuanto una célula política se divide, o el embrión.separado quiere comerse a la célula

madre, o la célula madre quiere devorar a la hija. Repetimos el espectáculo goyesco dé Saturno, o de

aquel conde Ugollno de quien nos cuenta cosas el Alighieri, o el de «sos antropagos que se tragan a sus

mayores para adquirir, por ingestión, su experiencia y sabiduría. Podemos soportar la plasmodiéresis del

Estado de las autonomías, lo de nación de naciones y lo del poder central y los poderes periféricos, pero

no aguantamos mucho tiempo la bicefafia del jefe del Gobierno y del presidente del partido. Total, que

hemos tenido que volver a ta rienda doble en la mano única. Aquí, toda decisión fundamentada en la

lógica, sin tener en cuenta la magia, está condenada a resultar, por lo menos, apresurada.

Lo del Museo de Cera llega quizá demasiado pronto. Para meter en el museo a un presidente del Gobierno

habría que esperar al ducado. Pero los cambios políticos, y también el nuestro, siempre tienen prisa por

entrar en la Historia, y seguramente por eso à nuestros hombres políticos les entró aquella manía de

saludar a todos los días de cada semana con el nombre rimbombante de «fecha histórica*. La verdad es

que,en eso no se diferenciaban mucho de sus antecesores,. Como ellos, los políticos, quieren entrar tan

deprisa en la Historia, hay que´ meterlos en seguida en el museo. De ahí que, cuando uno entra en el

Museo de Figuras de Cera, le parece que asiste a la constitución de aquel Gobierno de concentración

nacional que ya no propone tan frecuentemente don Santiago Carrillo. Allí están todos, Habría que oír las

cosas que se dicen cuando llega la noche, en cuanto se quedan solos. Alguna vez tendrá que escribir

alguien Los pactos del museo», obra que no tiene que ser, necesariamente, de terror.

El caso es que ya tenemos a don Leopoldo instalado en esos dos pedestales. No parece que sea la cera,

precisamente, el material de que está hecho el nuevo presidente. Así, a primera vista, parecía más

moldeable y más derretible, pero el material presidencial va adquiriendo consistencia. Corno don

Leopoldo Calvo-Sotelo es un político extravagante y extraño que escucha música y mira libros, a lo mejor

ha leído las escrituras sagradas, y por eso se ha aprendido tan bien lo de que hay un tiempo para

cada.cosa. Y está::haciendo las cosas,1 una detrás de otra, con la goethiana inexorabilidad pausada de los

mismísimos astros. Al final va a resultar ser un sujeto de difícil sonrisa, de cara de póquer, de estrafalarios

«bermoldos», rostro de esfinge y muchísimo cuidado. Voy a ver si encuentro algún personaje parecido en

las profecías de Nostradamus, no sé, alguien que pueda realizar los doce trabajos de Hércules con la

figura de Buster Keaton.

Ahora que todo el mundo está buscando algún quicio para el pártido bisagra y una rendija en, el espacio

político para meter la cuña dé la misma o semejante madera, don Leopoldo ha vuelto a abrir el abanico

del Centro y, además, ha dicho que él va a ser el clavo. El clavo parece lo más pequeño e insignificante,

lo mentís advertible, del abanico y, sin embargo., resulta lo más necesario para que no se desmangarillen

las varillas. Don Leopoldo no está tocando la batería en un orquesta de «rock*, pero no cesa de dar

martillazos en la fragua de Vulcano. Macera, muele, zurce, remienda, recompone y enjareta. Calla y

escucha. Va uniendo los hilos de ta trama y, además, tiene en suspendo a los personajes. Conserva «in

pectore«´ las decisiones y va derramando bálsamos sobre las heridas, tragando sapos con

Imperturbabilidad de rumiante, masticando problemas, y to mismo tiende puentes de plata que .tanza

silbos amorosos. A lo mejor, termina dor ponei* el orden necesario en la jaula de grillos y coloca a cada

cual en su sitio. •;

La operación de desembarco la ha realizado tan bien que ni siquiera los que le han Votado y los que han

traído el agua a su molino saben lo que va a hacer con el agua.y con los votos. Hasta esas cuarenta

papeletas en blanco resultan misteriosas´y unos se las atribuyen a los suaristas, otros ^ los extremeños y

algunos terceros las interpretan como un silencioso homenaje à don Adolfo Suárez. Con ellas se ha

evitado la impresión de unanimidad felipista del Congreso del PSOE, se gana, pero no se arrolla, se abre

una espita al desfogufry se invita al fundador a que no rompa el carné número* uno y se quede en una

situación de reserva y en un dorado retiro mientras que las esperanzas cortesanas hacen nacer canas en las

sienes de los mas astutos y ambiciosos.

Las pretensiones de los bisagristas se ponen más difíciles después de las palabras del señor Calvo-Sotelo

en el Consejo Político de UCD. En la frontera con el socialismo no parece que vaya a quedar una franja

de tierra de nadie que pueda ser ocupada perruna docena de colonizadores, y yo creo qué ha sido él quien

ha dejado decir eso de que doria Soledad Becerril puede llegar a ministra para que doña Carmela García

Moreno empiece a tener dolor de corazón y a hacer propósito de enmienda. Me da la impresión de que

don Leopoldo) está invitando a todo el mundo a que se quede con él, junto a él y alrededor de él, pero que

si alguien se levanta y dice que se va, te da ta mano gentilmente, le acompaña a la puerta y se quita ei

sombrero con mucha cortesía.

Quizá el señor Suárez termine por comprender que un partido nacido de los abrazos apresurados entre

diversas gentes que acudían presurosas en socorro del vencedor, todavía tenga que permanecer unido por

un clavo que funcione también como resorte del Poder y que su mayor gloria para el futuro puede

consistir en habar dado vida, Improvisadamente, a un partido que no se derrita, como un cirio, en

cuanttyno sea él quien Ileve la palmatoria. Yo no sé si él Centro estará destinado a gobernar en España

durante ciento siete anos. Tampoco es cosa:que me produzca demasiada curiosidad, porque eso ya no lo

verán mis ojos. Pero cuando don Adolfo Suáréz dijo aquello tan cabalístico de los ciento siete años,

estaría pensando, digo yo, en que debía ser algo que durara más que una jefatura de Gobierno. Y a esperar

el aire del abanico.—Jaime CAMPMANY.

 

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