Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La patata caliente     
 
 ABC.    18/09/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

VIERNES 18-9-81

OPINION

Escenas parlamentarias

La patata caliente

Las predicciones de los meteorólogos políticos, o sea, de los "hombres del tiempo» político,

pronosticaban tongo. El combate en el Pleno de la colza iba a ser un combate amañado, con llaves

convenidas y con golpes casi ensayados, como esos espectáculos de lucha libre en que los gladiadores,

después de acongojar al respetable fingiendo que se machacan el esqueleto, se marchan juntos en el

mismo autobús a preparar una nueva pelea. La oposición —se decía— no va a aprovechar el drama de la

colza para intentar forzar la caída del Gobierno. La sombra del 23-F aconsejaba prudencia, y no se creia

prudente organizar una marimorena política y meterse en otro voto de censura o en otro voto de

investidura. La letra de los tanguillos del golpe cosquilleaba todavía en las orejas políticas. «Aquellos

guardias civiles que interrumpieron la votación...» A lo más, se hablaría de una censura moral. «No va a

haber sangre —aventuraban los observadores—. Se van a pegar como haciendo sombras. Tongo. tongo.»

Y tal vez algunos espectadores del tendido 2 del ruedo ibérico se vieran invadidos por la decepción. Y tal

vez algunos políticos, también. En este país, ya se sabe: los políticos empiezan cruzando el florete

deportivamente en la esgrima de salóm y terminan a estacazo limpio, propinándose mamporros y

soplamocos de los de no te menees. Mariana, y ahora te vas a enterar tú de lo que cuesta un peine. O sea,

que, como diría un locutor deportivo el partido se está endureciendo.

Don Santiago Carrillo ataca de nuevo. Don Santiago Carrillo ha empezado por decir que nadie se iba a

aprovechar atií. o sea, en el hemiciclo, del drama nacional del aceite de colza para utilizarlo en la lucha

política. Pero, a renglón seguido, don Santiago Carrillo ha acusado al Gobierno de haber querido evitar el

debate parlamentario, de haber acudido al Congreso por la fuerza y haciendo de tripas corazón. (Hay que

reconocerte a don Santiago Carrillo la habilidad oratoria de decir las cosas para que las entienda, sin

esfuerzo, don Marcelino Camacho.) Don Santiago Carrillo ha añadido que el Gobierno intenta trasladar al

Congreso la patata caliente. Don .Santiago Carrillo, a medida que va perdiendo aquel sentido del humor

parlamentario que derramaba en sus primeras intervenciones, y aquella piadosa costumbre de introducir

jaculatorias en sus discursos, el «si Dios quiere» y el «que venga Dios y lo vea», va perdiendo también

algún rigor lógico. A don Santiago Carrillo, cuando decía, por ejemplo: «Nosotros no queremos que

cambie el Gobierno, porque en esos bancos de la UCD es muy fácil encontrar ministros peores», se le

enten: día todo. Ahora se le entiende menos. Porque una de dos, p el Gobierno quería trasladar «la patata

caliente» y vino al Parlamento de buen grado, o aceptaba la responsabilidad de proseguir solo y sin

compañía parlamentaria las investigaciones sobre el drama de la colza, y por eso venía forzado al

Congreso.

Y tampoco se comprende del todo la posición del Partido Socialista. No presenta una moción de censura.

¿Por qué? Pues porque el mecanismo constitucional obliga a que una moción de censura vaya

acompañada de la presentación de un candidato a la Presidencia del Gobierno,, a la exposición de un

programa y a una votación, de la cual o sale confirmado.—y por ello fortalecida— el Gobierno

censurado, o sale derribado —y por ello sustituido—. A don Felipe González, que ya perdió un voto de

censura, no le habrá gustado la idea de correr el riesgo casi seguro de perder otro. ¿Qué hacer entonces?

Pues ya que no nos conviene —habrán pensado los socialistas— presentar un voto de censura contra el

presidente del Gobierno, vamos a presentarlo contra cinco ministros. No cabe duda de que ésta es una

bonita manera de ganar, aunque se pierda; de no perder, aunque el adversario gane, y de señalar a unos

responsables sin aceptar la responsabilidad, de participar en la investigación y en la prueba. Y de paso,

como dijo con el natural asombro don Leopoldo Calvo-Sotelo, de quitar y poner ministros sin tomarse el

trabajo de gobernar.

A todo esto llegan noticias de que a la lista de muertos por la intoxicación del aceite de colza hay que

añadir los nombres de dos nuevas víctimas y de que en mi tierra, tierras de Murcia, sigue circulando el

dichoso aceite y las autoridades han tenido que realizar nuevos decomisos. Lo que menos se entiende de

todo esto, con estar todo tan confuso, es que se haya logrado un acuerdo total sobre lo más importante:

que Gobierno y oposición, el centro, la derecha y la izquierda, estén conformes en investigar las

conductas delictivas y las posibles conductas administrativas cómplices o negligentes; que hayan

acordado la obligación en justicia de atender y aliviar a los afectados y que también coincidan en la

necesidad de reformar la Administración del Estado para crear o perfeccionar organismos de inspección

cuya eficacia impida la repetición de estos dramáticos trances. Y si están todos de acuerdo en ello, ¿qué

falta? ¿Por qué no se ponen, unos y otros, a investigar juntos y a trabajar en eso, unidos o separados? Pues

seguramente porque falta el segundo acto del drama. Falta hacer eso que don Santiago Carrillo decía que

nadie quiere hacer: especular políticamente con un drama nacional.

Increíblemente, la Mesa de las Cortes ha improvisado una nueva Constitución, y ha admitido a votación

una censura parcial contra el Gobierno, una censura contra cinco ministros, pon Landelino Lavtlla, en un

rapto de improvisación celtibérica, se ha inventado en menos de horas veinticuatro una nueva figura en

los esquemas de la democracia parlamentaria. El mundo occidental se estremecerá mañana ante la

contemplación del invento. ¡Válgame, don Landelino, y con qué razón dijo don Miguel de Unamuno

aquello de «que inventen ellos»!

Y si de todo esto resultara que estos juegos parlamentarios prohibidos nacen no sólo de la picaresca

política de la oposición, sino de las tensiones internas del propio partido en el Gobierno, entonces, apaga

y vamonos. El espectáculo de un presidente del Gobierno, subido a la tribuna de oradores de un

Congreso, para aclarar que el Gobierno es solidario y que el Congreso no puede nombrarle y cesarte

ministros, es algo así como si viéramos a alguien explicar a un Congreso de filólogos que la del puntito es

la «i» y la redondita es la «o». Hay un momento en el debate de la colza en que el señor presidente del

Gobierno se acerca al escaño de su antecesor, don Adolfo Suárez, para cruzar con él unas palabras. ¿Qué

pasa? ¿Cuántos partidos, cuántas partidas, cuántas banderías, cuántas facciones hay en esta UCD que nos

gobierna? ¿Desde cuáles escaños se está trabajando para hacer rodar cabezas de ministros? ¿Por qué

manos anda ahora la patata caliente»? Si sólo tuviéramos que pedirle a Dios que nos libre del aceite de

colza...—Jaime CAMPMANY.

 

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