Carrillo, el fulminador     
 
 ABC.    27/11/1981.  Página: 7. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

Hilo directo

el fulminador

Santiago Carrillo detuvo la cucharilla a mitad camino, del plato a los labios, para atender al chiste que le

contaban desde un extremo de la mesa: «... y Carrrillo va a lograr lo que Franco no logró: ¡acabar con el

Partido Comunista!» Sonrió rezongón, pero no le gustó la broma. Ha bregado, como un viejo lobo de mar

faena contra la borrasca, mientras a un costado y a otro de la barca le asaltaban los lertchundinos, los

renovadores, los «picos de oro» intectuales «que aún quieren más democracia y más follón interno», los

nuevos «euros», los prosoviéticos «con la KBG a sus espaldas...», y... «todos esos muchachos concejales

que se aferran al puesto y a las dulzuras del cargo y prefieren perder el carné del partido antes que perder

su poder municipal». Sacó de su carcaj un manojo de rayos fulminantes y asoló a los disidentes heréticos

con una refriega de expulsiones: «A los dogmáticos les dimos un palo de muerte en el Congreso... Y

ahora hemos empezado la "limpia"..., ¡ya está bien de aguantar tanto desafío a la dirección del partido!

No voy a dimitir, porque éste no es un litigio personal, sino político. Mi desaparición, y la del equipo

dirigente del PCE que trabaja conmigo, supondría un proceso de involución hacia posiciones soviéticas.

Mientras que mi permanencia asegura el eurocomunismo, que es el PCE que hace falta hoy en España.»

Momentos antes, y evocando aquellas conversaciones con José Mario Armero y con Suárez antes de la

legalización del PCE, había afirmado: «Sin mí al frente del partido, los comunistas no hubiesen adoptado

una actitud tan responsable ante el cambio como la que adoptamos... Yo, con Suárez, y menos con

Armero, no firmé ningún pacto; pero sí hubo un compromiso serio, de palabra: el Gobierno nos legalizaba

y nosostros nos empeñábamos en un apoyo firme a la Monarquía. ¿Por qué? Porque la Monarquía nos

garantizaba, y nos sigue garantizando, a todos, una democracia parlamentaria y de partidos, un Estado de

Derecho, unas libertades, una continuidad política... Es de justicia reconocer que los comunistas hicimos,

en buena medida, que el cambio político fuera pacífico. Incluso "arrastramos" a la moderación a los

compañeros socialistas.»

Me gusta, me sugiere y hasta me asombra a veces, cuando llego al periódico después de un almuerzo o un

desayuno con políticos, repasar mis notas con un lapicero rojo. «Salen» observaciones interesantes como

éstas de ayer con Carrillo: dos alegatos en favor de Felipe González y el PSOE, y tres golpes de fusta.

Dos fervorosos elogios a Adolfo Suárez, y un varapalos contundente a Calvo-Sotelo. Así, de Suárez llegó

a decir que «sólo él en UCD podría ser hoy ministro de la Defensa», y explicó, al ver nuestro estupor:

«Fue el único que, mientras gobernó, supo cuadrar a los militares»... Y de Calvo-Sotelo en su función de

doble presidente: «Creo que no sirve ni para la una ni para la otra...! y menos para las dos a la vez.» En

favor de Felipe González y el PSOE dijo: «Es una canallada decir que hubo pactos secretos con Moscú»;

pero... agregó malévolo: «La predilección soviética por el PSOE puede proceder de que han hecho

"acuerdos públicos", insisto: no privados, ni secretos, pero sí grandes coincidencias públicas con los

intereses de la URSS: OTAN, Tercer Mundo..

Propugnó repetidas veces la necesidad de que «UCD y PSOE gobiernen juntos, apoyados desde fuera por

los comunistas y por Alianza Popular». Aunque no se paró en barras a la hora de pronosticar: «No creo en

el triunfo de las izquierdas en las próximas elecciones. Mis amigos socialistas no tienen en cuenta el

miedo que hay en España a un golpe de Estado. Y ese temor pesaría en las urnas. El error socialista, y si

yo fuese Felipe lo evitaría, es dar la impresión de que la izquierda puede ganar. Esa sola perspectiva

levanta las barreras del miedo y desvía el voto. Yo creo, y muchos españoles así lo piensan, que hoy los

llamados «poderes fácticos» no admitirían bien el triunfo de la izquierda, aunque sólo fuese el de Felipe

González. Aún más, los que quieran propinar al Gobierno y su partido un «voto de castigo», porque las

cosas no van bien, no votarán al PSOE: ahí está el ejemplo de lo sucedido en Galicia.»

No le veo a Carrillo con grandes deseos de entrar en la revisión de sus «dolores de escisión» y sus

pecados de «omnipotencia». Se entretiene en otras acuarelas políticas, y despacha con una leve pincelada

cuestión tan ardua como «las expulsiones de concejales y las sustituciones a golpe de "decreto" del

Comité Central del PCE...». Esto tiene una lectura elemental: el avasallamiento de la que fue voluntad

popular electoral, en su día, de urnas municipales: «Bueno —dice—, el PSOE ha destituido ya a más de

cincuenta concejales, alcaldes, presidente de Diputación y hasta de Consejos Regionales, y nadie se ha

escandalizado.»

Sale a relucir, y no una sola vez, el tema del «golpismo latente». Se diría que cada quién ha oído ecos y

resonancia, en su caracola de cabecera. «Si hubiera un "golpe" y prosperase... no sería posible después, un

cambio y una reconducción pacífica.» Después, muy serio: «Hoy no hay más argumentos para justificar

un "golpe" que las crisis de los partidos. Por ello, hay que restañar y arreglar los conflictos internos sin

dejar que se pudran largo tiempo... Como también hay que evitar la sensación de vacío de Poder, que

podría darse con unas elecciones anticipadas por la debilidad del partido gobernante... Nos importa y nos

compete, ¡a todos!, llegar en paz hasta el ochenta y tres. Porque si no..., ¡ni habrá elecciones!»

Malagorero estaba el «camarada». Y como nos refiriésemos a ciertas conversaciones recientes entre «un

ilustre militar» y varios «ilustrísimos» civiles, diputados todos ellos, Carrillo nos dijo: «Antes que un

"Gobierno de gestión", presidido por nosequién, es preferible un "Gobierno de concentración" entre

fuerzas parlamentarias, mi vieja tesis: todos, codo con codo, por sacar adelante el empeño común

democrático. Y conste que esta idea... no es sólo mía.» Hizo una pausa para encender su enésimo

cigarrillo «stuyvesand». «En UCD hay unos sectores demócratas y otros sectores que... no lo son tanto. Y

no lo digo porque procedan del viejo régimen: yo tengo más confianza en un Suárez o en un Martín Villa

que en un Alzaga p en un Herrro de Miñón. A hombres como éstos, el miedo a un triunfo; de la izquierda

les llevaría tan lejos como a la formación de un "Gobierno de gestíón",. incluso presidido por un militar...

y eso sería una dictadura.»

Alguien le ha preguntado si, en algún momento, el PCE y CC OO esgrimiría el arma temible de una

«huelga general». Responde enfático y solemne: «Nosotros nos plantearíamos una huelga de ese tipo para

defender al Rey y a la Constitución,si hiciera falta. Y es claro que no sería una huelga revolucionaria.»—

Pilar URBANO.

 

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