Autor: Díez del Corral, Francisco. 
   El centro, enemigo     
 
 Diario 16.    29/04/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Viernes 29 abril -77/DIARJO 16

OPINION/5

EL centro, enemigo

Francisco Diez del Corral

Ya está. Aunque las informaciones al respecto son todavía contradictorias, parece que el presidente, a su

regreso de los Estados Unidos, va a presentar al país su candidatura. Candidatura, en principio,

independiente, pero similar —faltaría más— a la del Centro Democrático. E idéntica, naturalmente, a las

listas "independientes" que sus hombres, "los hombres del presidente", van a encabezar por esas

provincias de Dios. Todos independientes, cómo no, pero todos dependientes del señor presidente,

incluido el propio Centro Democrático, independiente de los "independientes" que dependen del señor

presidente. En el mejor de los casos —o en el peor, que tanto da—, el "hábil negociador", en un mensaje

radiotelevisivo al país, expresaría sus preferencias personales por el "centro"- Dicho con sus propias

palabras, anunciaría cuál es para él la concepción política que más se acerca a su "modo de vivir y

pensar". La cual estaría, afirman los comentaristas, a igual distancia del PSOE y otras formaciones de

izquierda, que de la impopular Alianza. En el puro centro, vamos.

Ya está, sí. Con el visto más que bueno de los Estados Unidos y la calurosa aprobación de la República

Federal Alemana, con el beneplácito y aplauso de una mayoría del país que no sabe muy bien de que va,

pero que, en cualquier caso, no desea que le compliquen mucho las cosas, el señor Presidente se prepara a

rematar brillantemente su reforma. La puntilla, que se dice. Pues hay bastantes posibilidades de que el

Gobierno presidido por el señor Suárez pase a convertirse, ay, en el Gobierno del señor Suárez. Con lo

que su cantar democrático podría ser entonces, quizá otro cantar.

Continuación legitimada

Porque la reforma política de Suárez representa la continuación en el Poder, legitimado ahora con el aval

democrático, de las mismas clases y estamentos que durante tantos años —¿sólo años?— lo han venido

ejerciendo. En términos de poder, al no producirse la tan pregonada y no tan bien defendida "ruptura

democrática", no se ha producido tampoco la ruptura de la continuidad de aquél. Su forma y

manifestaciones han cambiado, pero el poder, mutatis mutandi, sigue siendo el mismo- Es claro, por lo

demás, que aquellas clases, para poder seguir hoy gobernando, necesitan de la legitimidad democrática.

Tan claro como evidente resulta que, llegado el momento de crear las nuevas leyes que sancionen y

realicen la reforma, si son sus representantes quienes mayor fuerza numérica han de tener en su

elaboración, aquéllas resultarán, por supuesto, a su medida. Es decir, y entre otras cosas, de forma que

puedan presentarse a las segundas legislativas con las máximas garantías de ganarlas. De ahí lo peligroso

que para la izquierda podría resultar el no neutralizar ese "centro" —con la salida de Ruiz-Giménez y Gil-

Robles, ya totalmente "gubernamentalizado"— y aplaudir, por el contrario, la operación centrista de

Suárez como forma de contrarrestar a los impopulares. En gran medida, aun admitiendo las posibilidades

que en cualquier caso va a permitir el juego parlamentario, se hipoteca ese mismo futuro por el que se

apuesta para justificar con él la pérdida del presente. Pero aquél nace siempre de éste...

Se equivocó de enemigo

Actuando así, y aunque a muchos esto les pueda parecer una blasfemia, la izquierda democrática podría

haberse equivocado de enemigo. Pues desde la perspectiva antes aludida, hoy por hoy, en función de las

posibilidades electorales, su "adversario" principal no es la derecha neofranquista, sino el "centro"

gubernamental.

Cierto que con los impopulares de Fraga —el político español, dicho de paso, más rigurosa y

profundamente ayuno de talento político de toda la historia de España, incluida la antigua, sólo

comparable tal vez a don Carlos Arias—, si consiguieran la mayoría, con un poco de suerte a lo mejor ni

siquiera se celebraban las segundas legislativas- Pero es muy dudoso que en estos comicios, y a pesar de

sus muy penosas retiradas tácticas, vayan a conseguir muchos más votos de ese diez por ciento que se

atribuye a su bestia negra, el PCE. Así, no neutralizar el "centro" para debilitar a la derecha neofranquista

es tanto como echarse la soga al cuello para evitar ser. ahorcado por quien todavía no tiene la cuerda.

¿Hasta qué punto podría haberse neutralizado esta situación? Ciertamente, la ruptura democrática, con la

cual no habría habido "centro" gubernamental, sino centro a secas, era empresa política delicada. Pero

admitido esto, y admitido las dificilísimas circunstancias en que la oposición de izquierda ha tenido que

actuar, se hace muy cuesta arriba concluir aceptando la fatalidad de este proceso. Estratégicamente, esa

izquierda ha tenido dos opciones: o no entrar en las elecciones, con lo que destruía así la propia estrategia

del Gobierno, o presentar una candidatura unitaria democrática y enfrentarse al "centro" con sus mismas

armas. Si la primera era arriesgada, la segunda, a pesar de los pesares, hubiera podido ser viable. Esgrimir

ante ella el fantasma del Frente Popular y sus posibles catastróficas consecuencias, si se examinan de

cerca las cosas, parece más la justificación de una incapacidad que la explicación convincente de una

decisión política. Pues si estamos en 1936 ni esa candidatura hubiera sido, estrictamente hablando, de

Frente Popular. Pero sucede que los partidos tienen razones que la razón democrática no conoce: las

razones partidarias.

 

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