Autor: Herrera, José Luis. 
   El concredo     
 
 Informaciones.    26/07/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El español constituido

EL

CONCREDO

Por José Luis HERRERA

Articulo 15.3.—Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las

creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación

con la Iglesia católica y con las demás confesiones.

EL español venía siendo, durante la mar de tiempo, portador de valores eternos. No vamos ahora a decir

que ya no lo sea. pero, desde luego, no consta. Lo único que consta, de cuando en cuando, es que algunos

españoles, que venían siendo, durante la mar de tiempo, soportes de la eternidad, se han convertido en

portadores de valores temporales, con preferencia hacia Suiza. ViVir para votar. Lo cierto es que

andamos en un sitio en el que siempre se arregla todo bautizando o desconvocando de bautismo, según

toque, a lo que no hay manera de bautizar. Cada vez que unos cuantos españoles deciden que el resto de

los españoles son ingobernables y pasan al ataque constituyéndose, cuan _ do menos, en gobernadores,

España vuelve a ser católica. Cada vez que se mueren los gobernadores vitalicios de sus magistraturas y

los ingobernables no parecen dispuestos a que les hereden sus yernos, un poner, España deja,

automáticamente, de ser católica. ¿Puede, al fin y al cabo, ser católica España?

Nadie ha pensado nunca que Hospitalet de la nacionalidad del Llobregat, sea ingeniero industrial, aunque

en su censo haya muchísimos ingenieros industriales. Nadie ha dicho que Tolosa, de la nacionalidad del

señor Arzallus, sea un perito papelero, por mucho perito papelero que haya en Tolosa, ni que —por la

abundancia de pelos negros— sea Morata de Tajuña un moreno de verde luna. Cuando el español le

cuelga a un puñado de españoles un sambenito —o un santiaguito, según se mire— es que quiere

encandilar la sardina con el ascua, Por eso España, según venga el aire, vuelve a ser o deja de ser católica,

cuando la verdad es que ni el probable San Pablo ni el legendario Santiago vinieron aquí a bautizar las

peñas de Urquilo o los picos de Urbión. Porque, de haber venido, vinieron a bautizar españoles, que no es

lo mismo que bautiza partidos judiciales, nacionalidades o tribus de Israel.

Los padres concillares, tíos consensúales de la Constitución, no iban a dejar de ser españoles. Y habiendo

entre ellos propietarios tan viscerales de la misma España, menos. Por eso han, sido mucho más. Y se han

dormido divinamente después de asegurar que aquí no hay ninguna religión estatal. Por que, como es

sabido, hay federalismo teatino en Alemania occidental, plantagenetismo arriano en Escocia,

confucionismo político en el sudeste asiático y galicismo perplejo en La Coruña. Justo, justísimo ha sido

dejar cómodamente sentado que aquí ninguna confesión, ni siquiera la confesión general progresiva, va a

ser propiedad del Estado, hija del Estado ni novia del Estado. Sí, señor. Porque España no hay mas que

una, de formato corto y rica —eso si— en nacionalidades y en mercurio.,

Claro que el consenso obliga. Y, luego de afirmar que el Estado español no posee ninguna, religión

propia, manda tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad, española, o sea, que cuando un

español llegue donde sea, el más o menos San Pedro le dirá: «¿Español?» «Si, señor, y de Arenas de

Usted Mismo», le contestará, pelota, el paisano. Y el aduanero celeste le tendrá que responder:

«Entonces, a esperar a que llegue el resto de la sociedad española, que es la que tiene las creencias y, por

ende, las responsabilidades; la que, colectiva y constitucionalmente, va a salvarse o a condenarse, según

haya sido virtuosa o lúbrica, humilde o consejero delegado, pía o cabanillas.» id est, que aquí, o se salva

España, como dicen otros, o se pierde España, como dicen los mismos. Según., por supuesto, las

creencias que tenga la sociedad, que es la que se bautiza o se queda mora.

Y, al final, como en loa Autos Sacramentales, el triunfo del consenso. El gesto insinuante, la mirada que

promete, el pañuelo abandonado a su leve peso, «abanico y mirada, clavel y antojo» de la ponencia. El si

es no es, al todo y nada, el déjemelo usted pensar; un ay, darling, no seas bestia, pero que no se te ocurra

irte; o sea, las «relaciones de cooperación con la Iglesia católica y con las demás confesiones», que viene

a ser como un místico coqueteo constitucional, la monogamis de hecho en el harén de derecho. O lo que

decía el otro: no cree uno en la religión verdadera, y va a creer en las demás...

La democracia en vías de desarrollo ha llegado, sin duda, a la edad de la frase pulimentada o neolítico del

consenso. Hoy concedo más que ayer, pero menos que mañana. Digo y no afirmo. «Tomo y obligo.»

Quiero y no puedo. Y cuando entre en relativo vigor, más bien en sopor, el articulejo susoescrito, ya que

se sabe: las sesiones del Consenso de los Diputados terminarán siempre con el canto colectivo del

Concredo. Que es como el consenso, pero en valores eternos, o asi.

 

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