Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   La decisiva intervención del Senado     
 
 ABC.    06/09/1978.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

C. MIÉRCOLES, 6 DE SEPTIEMBRE DE 1978. PAO.

LA DECISIVA INTERVENCIÓN DEL SENADO

NO podrá ni abordarse la historia de la transición sin una fuente que es, cada semana, remanso: la trilogía

de comentarios que aparece en la privilegiada tribuna de «Hoja del Lunes» madrileña firmados por Calos

Luis Alvarez, Jaime Campmany y un maestro variable, quizá porque resulta imposible completar la terna

de manera fija con la misma categoria permanente. De Carlos Luis Alvarez sólo revelaré que suelo

esperar a su artículo semanal para matizar el mío y a veces para romperle; de mi paisano Campmany, que

cada semana aprendo periodismo de su pluma, con esa excepción-obsesión que se le escapa en ciertos

abjetivos; empecé considerando a una de sus victimas predilectas de forma parecida, pero a fuerza de

encuentros y hasta de discrepancias creo que el difícil y apasionante personaje no viene tocado ni de lejos

por la sombra del caos, y Jaime, que vive de claridades objetivas, acabará, como yo, por comprenderlo.

Por todo ello no salgo de mi asombro ante los comentarios —reincidentes ya— de Carlos Luis Alvarez

sobre el Senado. El especial grado de abstracción —segundo grado clásico— del que le han brotado

incontenibles, definitivas, tantas intuiciones al joven maestro, no puede aplicarse al prejuicio, sino al dato;

por lo menos al dato adivinado. ¿Por qué no se decide Carlos Luis Alvarez a honrar alguna vez con su

presencia viva los escaños marginales de la Comisión Constitucional? ¿Por qué, al menos, no construye

alguno de sus acres comentarios senatoriales sobre la trama —sorprendentemente exacta— de Sol

Gallego Díaz y su certera pareja de observación diaria, para no citar más que un ejemplo de penetración

informativa?

«Quandoque bonus dormitat Candidus», dicho sea en su honor y en desagravio del Senado real, que bien

poco tiene que ver con ese Senado de tercera abstracción que estas semanas nos ofrece. Recuerden

ustedes a ese Senado al que, harto de tantas Insinuaciones, de tantas coacciones y tantos menosprecios me

vi obligado a definir como cámara de los incordios. Ese Senado manifestó con mesura decisión que

pensaba encontrar su camino institucional en la discusión del provecto del Congreso sobre la

Constitución. Y sencillamente lo está haciendo; casi lo ha hecho ya. Vean ustedes artículo por artículo;

casi todos están reformados por el análisis senatorial. El Senado, con celeridad, pero sin prisas morbosas,

está reformando profundamente la Constitución del Congreso; sin destruirla, sin reescríbirla;

precisamente por el respeto que siente ante el borrador. Varios artículos esenciales han cambiado de

orientación; no hacia el partidismo, sino hacia la exigencia popular. Ahí está el reconocimiento del

castellano como español, mientras se subraya también (lástima que un hombre tan penetrante como Josep

Meliá no lo haya querido entender) el carácter español de las demás lenguas de España. Ahí están las

nubes del artículo 9.° disipadas —como las del artículo 1°, nubes partidistas. grisáceas— y reafirmada la

libertad de enseñanza junto a las demás libertades y derechos a la tuz de los acuerdos supranacíonales en

el nuevo apartado 2 del artículo 10. Ahí está la desaparición de extraños fantasmas pseudototalitarios en

la fórmula del control comercial. Ahí está mantenida, sin privilegios, la mención a la Iglesia católica y

alejado definitivamente el peligro de la constituciónalización —especialmente absurda— del aborto;

cualquier católico —como cualquier acatólico— puede sentirse plenamente a gusto dentro de este marco

constitucional, aunque haya ciegos que viendo no ven y oyendo no oyen. Ahí está, perfilado, mejorado,

aprobado sin discusiones represivas, pero con afianzamiento de la dimensión institucional y cultural del

Rey el título de la Corona. Ahí están las docenas de perfeccionamientos técnicos, expresivos —las

admirables enmiendas de Cela— y políticos que culminan horas antes de escribirse estas líneas en el

reencuentro del propio Senado con su destino; en la reafirmación del Senado como institución, al

configurarse como cámara territorial; como equilibrio de provincias y comunidades autonomías, según

profunda expresión de Antonio Jiménez Blanco; al cuajar así su «decisiva intervención» con te que titulo

este resumen, y debería entrecomillarla, porque es frase del portavoz del P.S.O.E. Francisco Ramos al

destacar las enormes y positivas diferencias entre el espectral Senado que quiso inventarse el Congreso y

la espléndida posibilidad institucional que nos brinda el texto rehecho por la Comisión Constitucional.

El Senado, como anunciamos algunos entre el escepticismo general, no sólo ha reformado el borrador

constitucional sin invalidar, sino todo lo contrario, realzando el enorme esfuerzo del Congreso; pero es

que además ha sido capaz de reintrepretar el «consenso», esa palabra sagrada de la transición que algunos

se obstinan en no comprender, cuando se trata sencillamente de la di´ ferencia histórica entre una

Constitución para la paz y un rosario de Constituciones frustradas y abocadas —como todas las

anteriores— a la guerra civil. Porque este nuevo consenso del Senado —que no destruye al del Congreso,

sino que lo incorpora— es la renovación profunda del acuerdo entre los grupos políticos; pero es también

el consenso con el pueblo que nos ha enviado aquí y que nos exige, en directo, precisamente lo que

estamos haciendo.

No voy ahora a señalar las causas de lo que está pasando. Pienso hacerlo en comentarlos sucesivos. Hoy

me basta con señalar tan Importante concentración de sucesos políticos con un ruego a mis colegas de la

Prensa, más intenso cuanto más altos están en la general estima: ya no vale abstraer sobre prejuicios;

conviene discutir —aprobar o disentir— sobre la obra del Senado con los datos delante, v lejos del propio

temor a lo que el Senado pudo ser si hubiera aceptado, como se fe pidió insistentemente, algunas

insuficiencias que le entregara —en medio de una meritísima labor— la Cámara Baja—Ricardo de la

CIERVA.

 

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