Autor: López Sancho, Lorenzo (ISIDRO). 
   Planto por Letamendía     
 
 ABC.    10/11/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ABC. V

planetario

PLANTO POR LETAMENDIA

No sé si a don Francisco Letamendia se le puede llamar «mutil». Ya no recuerdo cuándo leí u oí esa

palabra, que me parece pertenecer al respetable lenguaje del pueblo vasco. Probablemente reside en mi

memoria desde los lejanos tiempos de la República, en los que yo empezaba a ser un joven estudiante

republicano y apasionadamente partidario de los Estatutos vasco y catalán. Pero Aunque no se le pueda

llamar «mutil» al señor Letamendia, dedico hoy mi emocionado homenaje al enérgico gesto de

«aizkolari» con el que gritó, según dicen —yo no estaba allí—, lo de «gora Euzkadi Askatuta», que

también decía yo en Aquellos mis inocentes años, y presentó la dimisión del parlamentario español.

Lo de «aizkolari» lo aprendí, creo que lo aprendimos muchos españoles, por aquellos tiempos en que

Paulino Uzcudum —¿era un «mutil» Paulino?— ganaba pelea tras pelea a fuerza de aguantar más

tortazos que el tío que te ponían delante en el cuadrilátero. Los vencía por agotamiento. Como ahora nos

ha vencido a todos el «mutil» Letamendia, antes de agotarse, a su vez, y abandonar.

A mí, y a muchos, me parece una pena que Letamendía nos deje. El día que también se marche el señor

Xirinachs, el primer Parlamento del nuevo régimen se habrá quedado sin intermedios cómicos y un circo

donde sólo haya tigres, zorros y leones acaba por aburrir. ¿Qué va a hacer el Parlamento sin Letamendia?

¿Quién cumplirá ahora el importantísimo deber de personificar la intransigencia, la incomprensión, el

designio de violencia? En unas Cortes bien organizadas hacen falta este tipo de personajes. Como Creen

enseña a Antígona en una inolvidable escena del drama de Anouilh, el pueblo necesita, para su

ejemplarización, del traidor y del héroe. ¿Qué va a ser de las Cortes si después del «mutil» Letamendia,

mosén Xirinachs, el senador, puesto, como aquel huevo de Colón, de pie por su solitaria terquedad, dimite

y se va?

Hasta otras elecciones debería tenderse un crespón negro sobre el escaño que ocupaba el señor

Letamendia y poner en él con letras de oro su nombre. Al fin, viene a ser como una especie de

fallecimiento político de la libertad de decir lo Inadmisible. Como una suspensión de esa ejemplaridad de

que muchos aguanten a uno solo lo que se consideraba inaguantable. Como un monumento a la paciencia

nacional. Cuando el «mutil» Letamendia decía lo que decía, desacreditaba todas las pistolas de la E. T,

A., les robaba su posible justificación. Si en Madrid, en el seno de los padres de la patria era posible

insultar a la Patria, a su bandera, a. sus titubeantes instituciones, a su voluntad de entendimiento y de

negociación, estaba claro que las pistolas no utilizaban la única dialéctica posible, a la que hace decenios

aludió José Antonio «sensu contrario», sino que practicaban, pura y simplemente, el crimen, el terrorismo

del crimen.

Después de todo, Letamendia quizá se haya marchado para justificar así con su ausencia a las pistolas.

Eso es hacer trampas. Pongamos pues, no uno, sino dos crespones. El primero, a. la libertad de provocar;

el segundo, a la verdad. Triste y sencillamente, a la verdad.— Lorenzo LÓPEZ SANCHO.

 

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