Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Centro 77     
 
 ABC.    09/06/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

CON la aguda profundidad que le caracteriza publicaba hace poco en estas páginas mí querido amigo

Federico Silva Muñoz un escrito titulado «Centro-36», en que demostraba precisamente eso: que el

Centro en 1936 resultó imposible. El señor Silva tiraba, naturalmente, por elevación, sobre un Centro

distinto, el Centro de hoy; porque nada tiene el bien llamado ministro-eficacia contra la figura fantasmal

de don Manuel Pórtela Valladares, ni menos contra el urdidor de aquel Centro nonato, el presidente

Alcalá Zamora, contra quien ahora arremete don José María Gil nobles y Quiñones con ardor de ¡oven

político que es. Ño sé si don José María se ha equivocado, como don Federico, de elecciones; porque las

´Memorias´ de don Niceto, aquel gran jurista y gran caballero, reconstruidas por él mismo, son,

evidentemente, auténticas, íntegras y verídicas. Pero en todo caso la notable lección de Historia que acaba

de darnos el señor Silva demuestra exactamente lo contrario de lo que él pretende; es decir, que el Centro-

77 es posible, porque, entre otras cosas, es necesario. Y resulta que hasta en un país tan complicado como

el nuestro —quizá por su radical sencillez— todo lo necesario es posible.

Me divierten cada vez más esos políticos (y no hablo, naturalmente, ´del señor Silva) que dan cabalgadas

de percherón por la cristalería de la Historia y después, cuando se les invita correctamente a analizar a

fondo su contribución a esa Historia, se evaden donosamente con el pretexto de que «no desean entrar en

el túnel del tiempo*. En este mundo podemos escaparnos de todo menos de dos cosas: de la Historia y de

nosotros mismos. Algo asi meditaba ante la fotografía —que mejor hubiera sido no explicar todavía

peor— de un hombre por tantos aspectos admirable, el padre Llanos, que me parece la metedura de puño

más gorda en toda la historia c o nt e m poránea. Algo asi voy acumulando —-después de proclamar,

abiertamente, una filiación política— en mis notas sobre el descaro con que ciertos informadores y ciertos

medios que alardean de imparciales fomentan hoy opciones parciales que no hace falta detallar; pero de

las que vamos a pasar factura implacable cuando llegue, dentro de poco, la hora del análisis y de la

serenidad.

Si destilamos la historia contemporánea de España veremos, primero, que nunca hemos tenido

democracia; segundo, que esa historia se identifica con un proceso —latente o eruptivo, según épocas—

de guerra civil. La causa de una y otra realidad puede resultar muy importante para la posibilidad —no ya

electoral, sino histórica— del Centro.

Nunca hemos tenido democracia. Los regímenes liberales, progresivos, del siglo XIX hasta la

Restauración no fueron democráticos por falta de participación. Como ha establecido definitivamente el

profesor Artola, la participación electoral —trucada, además— en todo el siglo apenas llegaba al cinco

por ciento de la población. Ese dato invalida cualquier otra discusión. Si democracia es elecciones, más

participación, más convivencia, el primer dato falla en la primera Restauración, más liberal que todos los

anteriores regímenes; pero donde fas elecciones se "hacían», según el aceptado y antidemocrático argot de

la época. En las elecciones de la República, esa Constitución hecha por media España contra la otra media

fallaba la convivencia; por eso en las elecciones de 1936 no se votó la democracia, sino la guerra civil.

Por lo demás, todos los partidos que hoy intervienen en las elecciones-77, de derecha y de izquierda,

¡amas se han comportado democráticamente cuando ellos, o sus antecesores, estuvieron en el Poder.

Quien ahora zahiere al contrario por antidemócrata destruye su propio tejado.

La historia de nuestras siete guerras civiles declaradas —¿quién ha contado sólo cuatro?— y de nuestros

dos siglos de querrá civil latente se explica, en buena parte, porque los dos polos políticos de la derecha y

de la izquierda no han tenido ¡amas, para aislarlos y convertir asi en energía creadora su chispazo mortal

de acercamiento, a una masa moderada en el centro. No han faltado intentos de centro, pero todos fueron

abortos. Artola no ve por parte alguna la ´tercera vía* que algún optimista intuye entre los liberales y los

serviles de Cádiz y sus tiempos. La Unión Liberal de O´Donnell fue una derecha disfrazada. El

posibilismo melquiadista resultó una gran ilusión dispersa. El lerrouxismo —que pudo ser el gran

Centro— acabó en nostalgia corrompida de una tradición romántica. El portelismo fue lo que acaba de

explicarnos don Federico Silva: un pucherazo ¡puro y cansino.

La inexistencia del Centro o, mejor, la imposibilidad del Centro ha sido, pues, condición determinante

para que la aparición de la democracia en España se haya postergado en el altar trágico de la querrá civil.

Por eso vivimos ahora unos momentos de enorme tensión histórica. Porque ahora el Centro existe. Porque

ahora la gran decisión común del pueblo español es negar hasta las raíces de la guerra civil. Porque los

grandes líderes han declarado —al revés que en 1936, don Federico— que van a aceptar los resultados

electorales. Alguno desbarró, pero dio explicaciones. Es cierto que quienes vivimos las elecciones desde

los campos, y las ciudades, y las pedanías, presenciamos desah o g o s demagógicos absurdos. Alguien

ha amenazado, en Bullas, con la absurda pretensión de que quien no se apunte ahora a determinado

partido *no entrará en el reparto de tierras». Alguien ha exigido, en Torreagüera, «que doblen el lomo los

capitalistas». Alguien ha condenado en Caravaca los viajes del presidente «por lo caros que son». Asoma

el miedo histórico por algunos resquicios y algunos excesos. Pero no ganará el miedo.

El Centro existe. Desde hace una semana, como advertía lúcidamente el señor Benzo, las baterías se

enfilan por uno y otro lado sobre e! Centro; y no se bombardea ¡o que no existe. El enemigo del Centro

no es la derecha ni la Izquierda, sino el miedo. Esta es la idea más decisiva del primer candidato.

Sin necesidad de recibir consignas generales, el Centro, por todas las provincias, ha decidido no

responder a los ataques personales con venganzas personales. Está ya actuando como Centro. No puedo

hablar de lo que no sé, pero debo rendir testimonio de lo que veo. Los hombres del Centro reciben las

mayores ovaciones de la campaña cuando responden a las agresiones convergentes de la derecha y la

izquierda con su afirmación de que necesitan a la derecha y a la izquierda cuando plantean sus debates

como diálogo y no como invectiva. Cuando saben, a la vez, discrepar y respetar.

Ahora, en 1977, el Centro es posible, porque es una demanda del pueblo. En 1936 el pueblo —ahí está la

tragedia— quería la guerra civil. Ahora exige la moderación. El Centro no es más que la oferta que trata

de responder a esa demanda. Sus hombres y mujeres están demasiado ocupados en preparar sus acciones

concretas y sus elecciones municipales como para responder a los insultos; como para preocuparse de las

zancadillas de quienes decían estar en el Centro mientras e! Centro eran ellos; y ahora dan, por esos

mítines de la izquierda, un espectáculo curioso, aunque humanamente comprensible. El primero de los

derechos humanos es el derecho al pataleo.

Desde su nueva piel política —que deseamos no sufra jamas el rechazo del trasplante— cierto líder de

izquierda va pregonando en algunas provincias que el Centro es auténtico en todas menos en la que habla;

porque en la que habla el Centro es el disfraz de la derecha. Algo sabe de disfraces el personaje, sólo

queda agradecer desde aquí su contribución a campañas ajenas.

Por si la Historia sirve de algo debo terminar con el comentario de un grupo de amigos al escuchar, el 3

de mayo en Caravaca, la noticia sobre la firma del pacto del Centro. Tardío, imperfecto, indiscutible, ya

se sabe. Un veterano político recordaba allí que la Esquerra Republicana de Cataluña se constituyó a

primeros de abril de 1931 y barrió las elecciones del día 12. Puede que esta otra expresión —

imperfecta— de una inmensa exigencia popular de moderación, que surge incontenible desde el país real,

sea la mejor garantía para el Centro-77.

Ricardo de la CIERVA

 

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