Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El fantasma del miedo     
 
 Hoja del Lunes.    20/11/1978.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Los episodios nacionales.

El FANTASMA DEL MIEDO

Tenemos miedo. Parecemos niños pequeños aterrorizados por pesadillas. En este país de guapos,

valientes y bravucones cunde el miedo como una epidemia nueva, como una enfermedad desconocida por

estos pagos. Se diría que nos hemos convertido en un país de medrosos, que ya seria una manera de

cambiar. Andamos todos huyendo de algo, y algunos, por huir, huyen incluso de si mismos. O sea, que

salen fuera de si. Les invito a ustedes a analizar la actitud de muchos españoles, y en el fondo de ellas

podrán ustedes encontrar el condicionante del miedo. Pongan ustedes el termómetro al país, y verán subir

en él la fiebre del miedo. Estamos todos pagando un salario al miedo. El miedo se pasea, como un

fantasma, arrastrando cadenas, por los corredores y las almenas de este viejo castillo llamado España.

Hasta en las audacias, en los desplantes y en las bravatas, lo que de verdad hay es miedo.

Hay muchos españoles que tienen miedo al pasado, como esos pusilánimes que se quedan paralizados por

el terror a los muertos. Estamos en el país del "Convidado de piedra", de la invitación al Comendador y

de la escena de Don Juan Tenorio en el cementerio. Y ahora resulta que tenemos miedo a los muertos.

Nos ponemos a temblar ante el imaginado desfile de las ánimas, Hoy hace tres años que murió Franco y

muchos más que fusilaron a José Antonio Primo de Rivera. Y no parece sino que muchos hayan querido

pasar de puntillas sobre esos aniversarios, casi con el temor de que se yergan en sus tumbas. Al tercer año

no resucitó. Eso era una broma, muy rentable, por cierto, de Vizcaíno Casas. Pero muchos se han

escondido, como si la broma pudiera convertirse en realidad. O como si hablar hoy de Franco pudiera

llevar aparejada la pena de que te cuelguen a uno del cuello el sambenito de franquista o le quiten ese

carnet de demócrata que conceden o niegan los que predican una democracia muy sospechosa. Bien es

verdad que Ricardo de la Cierva ha aprovechado la fecha para anunciar su "Historia del franquismo". Y

que he leído una noticia en la que se nos dice que Franco fue partidario de entrar en la guerra mundial, al

lado de Hitler y Mussolini, al contrario de lo que se ha dicho en la versión que hasta ahora conocíamos de

la entrevista de Hendaya. Y que también nos han contado que, hacia el final de su vida, antes de perder la

consciencia, Franco confesó a su presidente de Gobierno que tal vez se hubiese equivocado en la política

de los últimos años. Y bien es verdad que hay que señalar una excepción ilustre. Don José María de

Áreilza ha escrito un ensayo en abreviatura de lo que, con mayor perspectiva histórica, pueda ser un juicio

sereno y objetivo sobre la figura de Franco.

Otra clase de miedo es esa que se traduce en esas invocaciones patéticas y demenciales del "¡Franco,

Franco, Franco!", a los tres años de su muerte. Esa es otra manera de estar aterrorizados, de dejarse

atrapar por el pánico. Los que llaman ahora a Franco, como si de verdad el sacristán del Valle de los

Caídos se hubiese encontrado esta madrugada alzada y fuera de su sitio la pesada losa que cubre sus

cenizas, tienen miedo del presente y del futuro. Si guardar una larga temporada de silencio sobre la figura

de Franco sirviera para hacernos olvidar a los españoles la guerra civil que él protagonizó y nos fuera útil

para adquirir responsabilidad en esta nueva era en la que ensayamos de nuevo una democracia y un

Gobierno basado en la soberanía del pueblo, habríamos encontrado la manera de no juzgar

apasionadamente una figura que ya corresponde a la historia, y de hacer cicatrizar más rápidamente

heridas que no todos han olvidado. Pero es que el silencio, de un lado, se corresponde con los gritos del

otro, y en medio de todo este miedo, el cronista también tiene derecho a tener miedo de que ese doble

miedo sirva para todo lo contrario.

Ni unos van a sepultar con su silencio a Franco más de lo que está ni los otros lo van a resucitar a gritos.

La figura de Franco y los cuarenta años de la historia de España que él ha protagonizado son ya materia

para la historia y no argumento para la disputa política. Franco—unos dirán que para nuestro bien y otros

dirán que para nuestro mal—es una_ figura irrepetible, como tantas veces se ha dicho. La frase que tuvo

en un tiempo un determinado sentido, ahora puede tener otro más profundo. Ni él puede volver ni nadie

puede intentar tener en este país su poder, su autoridad, su manera singular de entender el Estado y la

política. Así que o es historia o es un fantasma.

Hay gentes que llegaron a la política o a la vida pública de la mano de Franco, que colaboraron, con

opiniones diversas, muchas veces contrapuestas entre sí, en la evolución política de su régimen, y que de

él aprendieron o intentaron aprender lo bueno y lo malo de lo que hoy saben del arte de.gobernar. Y, sin

embargo, quisieran borrarle del recuerdo, junto a los años de su mandato en este país, como si se tratara,

no de una figura de carne y de hueso, y del protagonista de casi medio siglo de historia, sino de un

pecadillo de juventud o de un traspiés de sus inicios por la intrincada selva de la política. O sea, que

tienen miedo.

Hay gentes que intentan que este pueblo se gobierne con las leyes de Franco, con el estilo de Franco, con

los métodos de Franco. No se dan cuenta—dejando aparte el juicio que merezca su deseo—de que eso no

es que sea malo o bueno. Es que es imposible. Hay sistemas políticos que pueden tener viabilidad y

prolongación después de la muerte de su fundador. El de Franco, no. El franquismo estaba condenado a

morir irremisiblemente con Franco. Todo el edificio de su régimen estaba sostenido por su mano. En su

juego político había, peones y trebejos, a los que iba sacrificando según los avatares de esa partida que

debía durar toda su vida, pero nunca hubo herederos. Ni, siquiera a su sucesor quiso dejarle el privilegio

de la ley de prerrogativa, aquella que usó poco, pero que pudo usar siempre —y de ahí quizás el hecho de

que,no tuviera que recurrir a ella con demasiada frecuencia—, y que murió con él.,´Los que ahora quieren

un franquismo sin Franco están atacados del "shock" del futuro. Tienen pánico a que el pueblo español se

gobierne por sí mismo. Confunden un homenaje de aniversario con una resistencia a que el pueblo

español se dé una Constitución en la que se reconozca su plena soberanía. No de otra manera hay que

entender los gritos de ayer en la plaza de Oriente, en esa plaza de Oriente que durante tantos años fue la

plaza mayor del franquismo vivo. O sea, que también tienen miedo.

Miedo tienen esos pocos jefes y oficiales que han intentado jugar a los pronunciamientos y a los golpes de

Estado en este país en que tantas veces hemos jugado a ese peligroso juego. Miedo a nuestra falta de

responsabilidad como pueblo. Porque todo eso de la "Operación Galaxia", descubierta por los jefes de la

Policía Armada, y que luego se ha visto que era como una sanjurjada en miniatura, no supone miedo a un

determinado Gobierno—que puede tener más o menos aciertos—, sino miedo al pueblo, que ahora tiene

la potestad de poner y quitar gobiernos. Claro que ése es un miedo militar, y el miedo militar siempre va

acompañado y envuelto en el riesgo, la aventura y la audacia.

Los síntomas del miedo florecen por aquí y por allá. En ese Gobierno que ante unas noticias un tanto

alarmantes, pero no graves, confunden el regreso de unas unidades en maniobras con un golpe militar.

Miedo hay en esa actitud ante el fenómeno del terrorismo, cuando nadie se atreve a llamar a las cosas por

su nombre; cuando nadie preside los entierros de los que mueren bajo las balas terroristas; cuando se

permite que a los que matan se les exalte como a héroes. Miedo en defender a unos funcionarios de la

justicia cuyo pecado consiste en aplicar las leyes que les dio el legislador, como ahora se les exigirá la

aplicación de las que promulguen los nuevos legisladores. Miedo a que el Estado sea ya incapaz de

asegurar la integridad y la libertad de todos los ciudadanos, porque son todos los ciudadanos los que están

amenazados por quienes pretenden, exactamente, sepultarnos bajo el miedo, bajo el pánico, bajo el terror.

Miedo en quienes pagan tributos revolucionarios. Miedo en quienes tienen que informar de los hechos.

Miedo en los que deben afrontar políticamente, desde uno u otro partido, el tema del País Vasco. Miedo al

"no" a la Constitución. Miedo al "sí" a la Constitución...

Hemos abolido la pena de muerte. O mejor, vamos a aboliría. Antes podíamos realizar una última

ejecución: fusilar al miedo. Dejar de tener miedo a nosotros mismos.

Jaime CAMPMANY

 

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