Autor: Tusell, Javier. 
   Razones para el voto centrista     
 
 ABC.    10/06/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

VIERNES, 10 DE JUNIO DE 1977.

RAZONES PARA EL VOTO CENTRISTA

Por Javier TUSELL

Hace ya unos meses, en un libro, quizá, de los dignos de meditación del presente momento español, Julián

Marías precisaba la diferencia existente entre los términos «continuismo» y «continuidad». «Continuidad

—decía el ilustre pensador— quiere decir necesidad de continuar y es la única manera conocida de vivir

históricamente; pero continuar significa continuar hacia adelante. El continuismo es, por el contrario, el

intento de continuar igual (es decir, no continuar, no seguir).» Si no se quiere partir de la realidad se cae

en la demencia abstracta, pero no menos peligroso es pretender que todas las cosas sigan igual.

En las presentes históricas circunstancias españolas hay muchas personas que tienen un considerable

miedo al cambio. Puede haber ocasiones en que se trate de un sentimiento espúreo o interesado, pero yo

no creo que se trate de eso en la mayor parte de los casos, sino de una sensación lógica y natural en quien

empieza a tantear un terreno desconocido que no sabe qué le va a reportar. A estas personas yo les pediría

simplemente dos cosas: en primer lugar, que procuraran mirar a su alrededor para constatar hasta qué

punto la realidad impone el cambio; en segundo lugar, que meditaran las palabras de Marías para

descubrir la magnitud del mismo. La verdadera continuidad creo que exige en el momento presente

cambios verdaderamente sustanciales. Parafraseando a aquel personaje de novela italiano, nunca ha sido

tan obvio que son imprescindibles mutaciones políticas fundamentales para que una parte importante de

nuestra vida siga siendo Igual.

El destino final del proceso que vivimos y que inevitablemente se va a producir es el advenimiento de la

democracia. Es éste un término que ha resultado destinatario de oleadas de cieno durante mucho tiempo

por parte de portavoces oficiales, pero que ahora lo sigue siendo, de manera poco velada, por parte de una

izquierda que no oculta sus propósitos de pasar a etapas «superiores» (en realidad son todo lo contrario).

Convendría recordar, sobre todo para quienes se sienten atemorizados o perplejos ante el presente, que la

democracia tiene en su favor muchas cosas y una de ellas es su contenido conservador. Robert Moss ha

escrito, por ejemplo, que el sistema democrático «es posiblemente el mejor método para reducir la

violencia política y para crear un amplio "consensus" social, dentro del cual el conflicto puede ser

contenido». La aparente tranquilidad superficial de las dictaduras encierra en realidad un potencial

estallido de efectos imprevisibles.

La democracia es, pues, inevitable y deseable: pero para que empiece a funcionar es necesario,

especialmente al principio, elegir bien a quienes van a protagonizar su puesta a punto. Una tentación

grave que puede sufrir el elector es la de «votar contra», es decir, hacerlo en favor de quienes son más

enemigos, en apariencia, de lo que odia. Pero éste es un procedimiento peligroso que puede contribuir

como ninguno a la inviabilidad de una experiencia democrática que creo inevitable y en sí misma

positiva. La democracia, escribió Walter Lippman, «sólo puede hacerse funcionar por hombres que

posean la filosofía dentro de la cual fue concebida y fundada». Un régimen democrático es, por

definición, para todos; pero en un momento fundacional en el que todavía no está extendido todo lo que

debiera el ideario y la cultura ciudadana que le son propias, debe ser protagonizada, en un puesto

relevante, por quienes siempre la han defendido o los que nos han llevado hasta ella.

Se podrá decir que la forma en que hemos sido llevados hasta ella ha sido muy deficiente, con desorden

público grave y tensiones sin cuento. No quisiera minusvalorar lo sucedido, pero es muy fácil exagerarlo.

Durante meses hemos presenciado en casi todos los sectores de la Prensa española el despliegue de un

entusiasmo desaforado por la experiencia portuguesa. Pues bien; ésta, que efectivamente ha llevado al

país hermano a unos niveles de libertad y de estabilidad a largo plazo como nunca ha tenido, se ha hecho

a costa, por el momento, de una gravísima situación económica y del peligro de un golpe totalitario de

izquierdas. La vía española a la democracia ha sido, desde luego, infinitamente más segura.

Pero un electorado conservador suele pedir a los destinatarios de sus votos no sólo que sean los

protagonistas circunstanciales de una carta que debe ser jugada, sino también que sean capaces de

gobernar. Hay un problema muy importante en el panorama político español que es necesario solventar

con urgencia: el económico. Aquí y ahora este problema sólo se puede superar negociando, y para ello es

imprescindible que los interlocutores se concedan cuanto menos beligerancia para serlo. En mi opinión,

quienes están en esas circunstancias son, sobre todo, los candidatos centristas. Esa es también, por tanto,

una buena razón para votarlos.

—J. T.

 

< Volver