Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   La soledad de Gutiérrez Mellado     
 
 ABC.    07/01/1979.  Página: 8-9. Páginas: 2. Párrafos: 23. 

ABC. DOMINGO. 7 DE ENERO DE 1979. PAG 8

Crónica de la semana

LA SOLEDAD DE GUTIÉRREZ MELLADO

OLD soldiers never die; they Just fade away.» En abril de 1951, después de ser sustituido del mando en

Corea, e! genera! Douglas Mac Arthur recordó a los miembros del Congreso la letra de aquella antigua

tonada: «Los viejos soldados nunca mueren; simplemente se desvanecen.» Muy pronto, tal vez

dentro de cien días, el teniente general Gutiérrez Mellado se desvanecerá probablemente de la

escena pública, con el mismo sigilo y la misma modestia con que accedió a ella. El y su obra —las

sólidas bases de la reforma militar— quedarán ya en manos de la Historia. Estoy seguro de que su juicio

no le será adverso.

Tras los Incidentes del pasado jueves, Intelectualmente, racionalmente, no cabe otra postura en estos

momentos, sino la de acatar la autoridad y esperar, con suma confianza en la institución militar, el

desenlace de las investigaciones en marcha. Utilizando las mismas palabras que el teniente general

Gutiérrez Mellado empleó anteayer en el Consejo de Ministros, en el patio del Palacio de Buenavista

tuvieron lugar episodios, lisa ´y llanamente «inadmisibles desde el punto de vista de la disciplina». En un

Estado democrático, en un Estado de derecho como es el nuestro, nada, absolutamente nada, justifica

gestos de abierta rebelión ente el Mando, como les protagonizados por algunos jefes y oficiales.

No es a un grupo de militares a quien corresponde juzgar la política del Gobierno. Su misión

constitucional es por el contrario servirla con la mayor dedicación posible. Si esta política resulta

inadecuada para resolver los problemas que tiene planteados la sociedad, existen mecanismos Claramente

perfilados a través de los cuales se pondrá en marcha un programa alternativo administrado por personas

diferentes. No olvidemos que estamos en vísperas de unas elecciones generales y que las urnas sirven

precisamente para dilucidar si los ciudadanos respaldan con su confianza la gestión del actual Gabinete o

si, por el contrario, deciden revocar el mandato que le otorgaron en junio del 77. Cuando llegue el

momento del sufragio, el voto de los militares que el jueves corearon las voces que pedían la dimisión del

Gobierno y del Ministro de Defensa en concreto, valdrá exactamente lo mismo que e1 de los operarios del

taller de este periódico, exactamente lo mismo que el de los redactores de este periódico, exactamente lo

mismo que el de los lectores de este periódico.

Asi es, así debe ser. En un régimen de libertades como el felizmente instaurado en España, ya no hay

ciudadano de primera y ciudadanos de segunda. Sólo aceptando este marco general, podemos seguir

profundizando en el tema. O se cree en la democracia o no se cree en ella.

D EL GOBIERNO DEBE APRENDER DE LO OCURRIDO

Las cosas luego ya no son tan simples. La sociedad tiene la obligación de preguntarse por qué quienes

durantes años y años han hecho de la disciplina su más sagrada ley, han llegado a transgredir esa ley de

forma tan aparatosa. Inmediatamente topamos con la teoría del listón, expuesta hace unos meses en las

páginas de ABC por José María de Areilza. Desde e1 mismo momento del comienzo de la transición —y

es adecuado decir que la transición comenzó con la muerte de Carrero— la E. T. A. no ha dejado de subir

el listón de los tolerables para los ciudadanos y para las instituciones. Si su objetivo es ver rodar al atleta

por el suelo, después de hacerle fracasar ante una altura para él excesiva, es triste tener que reconocer que

esta semana ha estado más cerca que nunca de lograrlo.

Pueden buscarse respuestas tranquilizadoras, desde todos los puntos de vista. Pueda decirse, por ejemplo,

con toda razón. que algunos medios de comunicación son, desde hace tiempo, sembradores de cizaña

contra el Poder legítimamente constituido. Esta y otras apreciaciones por el estilo no reflejan, sin

embargo, sino aspectos laterales de la cuestión. Su núcleo medular estriba, sin lugar a dudas, en la

probada Ineficacia del aparato del Estado ante la escalada terrorista.

Si hubiera que interpretar en su sentido literal la rotunda sentencia del ministro del Interior, de que «o

acabamos con la E. T. A., o la E. T. A, acabará con nosotros», el futuro se presentaría bastante sombrío

porque, al menos hasta ahora, la E. T. A. está «acabando» mucho más con nosotros, que nosotros con la

E. T. A., Esta evidencia —aunque no hay que confundir la lucha contra el terrorismo con un partido de

baloncesto, al final los números cantan— es la que está llevando a una parte de las Fuerzas Armadas y a

una buena parte del Cuerpo Social. hasta estados de crispación Insostenibles.

El Gobierno ha respaldado solidaria y expresamente al teniente general Gutiérrez Mellado, tras los

sucesos del Palacio de Buenavista. Pero eso no basta: el Gobierno debe, además, meditar detenidamente

sobre lo ocurrido y tratar de sacar enseñanza de ello. Porque la gran lección que se desprende de los

incidentes del jueves sugiere que si el partido en el Poder y los partidos en la oposición no son capaces de

combatir el terrorismo desde perspectivas democráticas, pronto habrá quien lo intente al margen de ellas.

G LA LEYENDA DEL ÁRBOL DE MALATO

La audacia de los hombres de la E. T. A. les ha llevado nada menos que a asesinar al gobernador militar

de Madrid, segunda autoridad castrense de la I Región. En el primex libro escrito por mi pobre buen

amigo José María Portell, sobre los que luego serían sus verdugos, se habla de la leyenda del árbol de

Malato —localizado en el término de Luyando—, según la cual los problemas del pueblo vasco sólo

debían tratar de resolverse al amparo de BU sombra milenaria, es decir, dentro de los propios límites del

territorio vasco. La E. T. A. ha roto ahora, de forma definitiva, con esa tradición ancestral, y sus

comandos están dispuestos a actuar en cualquier lugar de España. Hemos entrado en una nueva fase del

proceso que lleva a la ulsterizaclón del problema vasco.

El análisis detallado de cómo se ha .llegado hasta aquí necesitaría de bastante más espacio que el propio

de esta sección dominical. No cabe duda, en cualquier caso, de que los extrañamientos, la amnistía, la

propia forma en que se legalizó la «ikurríña» y, desde luego, el desarme Constitucional del Estado fueron

las lluvias que han sedimentado los actuales barros Pero de nada sirve mirar hacia atrás, Para bien o para

mal —en este caso pienso honradamente que para mal—, lo hecho, hecho está y de los que se trata es de

intentar corregir el rumbo a partir de las actuales circunstancias,

Por delante incluso de la crisis económica, la violencia etarra constituye hoy por hoy. el principal

problema de cuantos afectan a la Patria. En una democracia los problemas se resuelven, con la

cooperación de todos, en el crisol de la confrontación y del debate. Una campaña electoral, una «campaña

electoral de verdad», como la que reclamaba esta semana el grupo Publius, debe ser el máximo exponente

de este proceso. En vísperas del comienzo de la carrera hacia las urnas, los medios de comunicación

tenemos el deber de exigir a los partidos políticos sus respectivos modelos de solución para liberarnos de

la angustia que nos oprime. Difícilmente podría imaginarse un fraude político de mayores dimensiones

que un discurso electoral del presidente Suárez, en cuyo frontispicio no figure un entramado de

propuestas encaminadas a cicatriz?´ la herida por cuya brecha ha manado gre tan noble como la del

general C tantino Ortín.

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Pocas iniciativas contarían con mayor respaldo popular como la reforma del artículo 15 de la

Constitución, que eleva al máximo rango legal la abolición de la pena de muerte

O «COMMENCAIS VOUS, MONSIEURS LES ASSASSINS!»

Está claro que sus propuesta, como las de cualquier otro dirigente, tendrán que abarcar soluciones

políticas. Sin ellas, el fuego podrá apagarse, pero persistirá siem-pre el rescoldo capaz de hacerlo revivir.

Reconocido esto, hay que advertir que la gran prioridad es en estos momentos Im-pedir que las llamas

más altas prendan en las vigas maestras del edificio nacional. Ello requiere una enérgica acción, ampara-

da por cuantas medidas legales puedan contemplarse dentro del flexible arco del modelo democrático.

Un ejemplo muy claro es el del trata-miento constitucional de la pena de muer-te. Pocas iniciativas

contarían en estos momentos con mayor respaldo ciudadano como la de quienes propusieron la reforma

del artículo 15 de la Constitución que eleva al máximo rango legal las tesis abolicio-nistas, sin más

excepción que la que se re-fiere a «lo que puedan disponer las leyes penales militares en tiempo de

guerra». Como se recordará, éste fue uno de los pre-ceptos Impuestos por los socialistas a la U. C. D. en

la fase del consenso nucleada en torno a la cenia que Abril y Guerra ce-lebraron a finales de mayo en el

restaurante José Luis, previamente el grupo parlamen-tario centrista, sin entrar en el fondo del asunto, se

había opuesto abrumadoramente a la constitucionalizaclón del abolicionismo.

Por aquel entonces una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas re-velaba que una neta

mayoría de los espa-ñolea eran partidairüos de la aplicación de la pena de muetrte en determinados su-

puestos. Aunque comprenidio perfectamente sus razones. Intelectualmente me siento más cercano a los

prohombres que dimitieron por negarse a firmar una senitencia capital, que a este amplio bloque de

compatriotas, y no voy a ser yo. desde luego, quien pida el ajusticiamiento die nadie. Pero mucho más 1

que la propia pena de muerte, me repele la renuncia pusilánime a ]a vigencia de su poder intimidatorio,

concediéndoles a los criminales la segunidad de que sean cuales sean sus móviles, sean cuales sean sus

mé-todos, sean cuales sean sus víctimas, en ningún caso, de ninguna manera, bajo nin-

gún supuesto, podrán ser ajusticiados. Si ser abolicionista es estar contra la pena de muerte, entonces soy

abolicionista, pero hago mías las palabras de aquel ministro francés- en pleno, debate sobre .el tema: « ¡

Commencais vous, monsieurs les assas-sin!»

D GOBERNAR ES DESGASTARSE, Y EL MINISTRO DE DEFENSA HA GOBERNADO

En este y otros muchos puntos el rearme del Estado pasa por una revisión realista de las características del

mundo em que vivimos; Los pioneros del abolicionismo a ultranza en nuestro país fueron personajes

como Garrido y Tortosa o Francisco Javier de Moya que se proclamaban discípulos de Fourier y

quedaban inscritos, por lo tanto. en la escuela de pensamiento expresamente denominada como el

«socialismo utópico». Aunque nuestro esquema de convivència cada vez se parece menos al

conglomerado de comunas agrícolas — «falanges, según el curioso léxico de Fourier — propuesto por el

pensador francés, sus herederos, empe-ñados en hacer brotar rosas y paternas de los puños, siguen

defendiendo propuestas perfectamente adecuadas a las peculiari-dades de esa, Arcadia feliz de les églogas

pastoriles.

La Historia está llena de ejemplos de cómo el desajuste entre estos planteamien-tos teóricos y la verdad

del mundo tangible ha generado algunas de las mas horrorosas sagas de terror y tiranía. Puesto que va de

abolicionismo, baste el caso de aquel joven idealista llamado Maximiliano Robespierre que ¡polemizaba

anuentemente contra -la pena, capital y muy pronto hizo pasar, solo en París, a 2.627 personas por la

guillotina antes de ser él mismo ejecutado. Sin lie-ga-r a esos extremos, quede el telón de fondo

provisionalmente zanjado con las palabra que hace unos meses le servían a la re-Vista «Time» para cerrar

un informe sobre el tema: «Lo mejor que pueáe decirse sobre la concepción del mundo de los socialistas,

es que si fuera real no haría falta para nada el socialismo.»

Fuente al irumovilismo reaccionario y frente a les ensoñaciones inútílles de quie-nes Juegan con la

tranquilidad de que a ellos no les compete el Gobierno del Es-tado, España tiene que reemcontoar su ca-

mino a través de un nuevo Impulso refor-mista. Precisamente por eso es de lamentar que los sucesos de la

semana pasada hayan supuesto una nueva erosión de la Imaeen pública del teniente general Gutiérrez Me-

llado. La política no es un juego de buenos y matas. Gobernar es despártanse y está clairo que el ministro

de Defensa ría gober-nado. A meddo plazo la viabilidad de la re-forma máilStaír por él Melada pasa

precisa-mente —es lo lógico en toda, obra huma-na— por el acceso al frente defl Departa-mento de

algulem dispuesto a quemar nue-vas emergías con la misma generosidad que él ha demostrado.

Cuando ese momento llegue, cuando se desvanezca ese viejo soldado al que en si-lencio líos ofiícdiailes

más jóvenes aplauden, es posible que algunos de quienes pidieron su dimisión el Jueves, que algunos de

quie-nes no han cesado de hostigarle desde cter-ta Prensa, comiencen a comprender la hon-radez de sus

esfuerzos, encaminados a tra-tar de Incorporar a las Fuerzas Armadas a la gran cita de la España de hoy

con las exigencias de su tiempo. Tal vez enton-ces intuyan, retrospectivamente. la pro-funda soledad de

ese admirable señor Gu-tiérrez, ese militar mil por mil, al que ya nadie podrá tratar de degradar. — Pedro

J. RAMIREZ.

 

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