Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Urnas y metralletas     
 
 ABC.    05/01/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ABC. VIERNES, 5 PB ENERO PE 1979. PAG. 3.

ESCENAS POLÍTICAS

Urnas y metralletas

LO ha dicho Martín Villa con palabras no solo apenadas, sino penosas. La verdad es que hasta ahora la

democracia le ha reservado a este hombre de ánimo acorazado las palabras más dificiles y dramaticas.

Aparece en escena cuando llueven los desalientos, los insultos o las Indignaciones. Es el encargado de

ofrecer serenidad cuando el país se encuentra sobresaltado y casi descompuesto. Es el encargado de meter

en la cámara frigorífica esos acontecimientos que encierran calor suficiente para provocar un Incendio.

«O nosotros acabamos con la E. T. A., o la E. T. A. acabará con nosotros.» En realidad no se trata de una

alternativa que se propone al país, sino de una alternativa que debe resolver el Gobierno. Esa frase parece

dicha como si el Gobierno estuviese hablándose a si mismo en voz alta. Si el terrorismo acaba con

nosotros o con nuestras libertades, del Gobierno será la responsabilidad. Eso se le está diciendo al

Gobierno, con argumentos, con gritos y con lágrimas, en el foro político, en los periódicos y en la calle.

En temas como el terrorismo, la subversión separatista y el orden público, las debilidades, las flaquezas,

las concesiones y la falta de autoridad son pecados que se pagan caros. Los regímenes que no aciertan a

defenderse contra esos enemigos mueren. Los remedios a las situaciones Insostenibles se buscan en otras

clinicas políticas. Aunque esos remedios no curen la enfermedad y sólo logren ocultarla o detenerla para

que estalle luego con mayor fuerza. Lo que se empezó mal no lleva camino de terminar bien. Habrá que

reconocer que a la hora de atribuir responsabilides no sólo hay que hablar del Gobierno. Algunas fuerzas

políticas, durante el periodo de la transición, confundieron democracia con anarquía, y libertad con

ausencia absoluta de autoridad. Confundieron el concepto de oposición democrática —la leal oposición al

Gobierno de Su Majestad— con el empujón brutal para derribar las paredes maestras del Estado, de

cualquier Estado. Fue necesario que las cosas se pusieran muy mal para que esas fuerzas empezaran a

comprender su error, y ojalá lo hayan comprendido en toda su magnitud, con propósito de enmienda. La

movilización de las masas en peticiones de amnistía, en solicitudes de indultos y en hostigamientos a

las fuerzas de seguridad fue moneda corriente en la estrategia de algunos partidos políticos; de esos

mismos partidos políticos que ahora declaran solemnemente su repulsa hacia lo que seguramente es la

lógica consecuencia de haber alcanzado sus demandas. 1 A la preocupación natural por los

acontecimientos últimos que han ensangrentado nuevamente el estreno de nuestra Constitución hay que

añadir el estupor que producen ciertas afirmaciones del ministro del Interior. O mejor dicho, la necesidad

y conveniencia de que fuesen dichas en esta ocasión. «No habrá amnistías ni pactos.» Pero, ¿puede pedir

alguien a estas alturas pactos con los terroristas o nuevas amnistías para los asesinos? Et panorama del

País Vasco se ensombrece un poco más cada día. El terror produce su efecto, y, por mucho que queramos

ocultarlo o por mucho que nos cueste reconocerlo, hay un sector —minoritario, pero numeroso y

visible— de la población vasca que ha terminado por considerar a los profesionales del terror como a

héroes patriotas. Aquellos gritos del «¡Que se vayan» lanzados contra las fuerzas del Orden, han seguido

homilías monstruosamente blasfemas, donde se intenta comparar la siniestra catadura de un atracador a

mano armada y un asesino por la espalda con la dulce figura de Jesús; entierros en olor de multitud, y ese

minuto de silencio en el mítico campo de San Mames, Eso se está yendo de las manos que tienen la

obligación de no dejar que las cosas lleguen a un punto en que sea Inevitable la Intervención de quienes

tienen la obligación constitucional de garantizar la unidad de la nación española,

La Constitución ha dejado abolida la pena de muerte. En este punto, España ha Ido más lejos en el

humanitarismo de su legislación que muchos otros países de larga tradición democrática. Aleluya. Pero

nos hemos encontrado con que esa Constitución ampara a quienes aplican la pena de muerte a personas

Inocentes, y sosteniendo en la mano no los códigos, sino las metralletas. En el caso del terrorismo, detrás

de los condenados a las penas de privación de libertad, no sólo hay una familia afligida y destrozada: hay

un ejército armado dispuesto a liberar a sus compañeros de armas a costa de ríos de sangre. Sólo cuando

la democracia dispone y sabe utilizar instrumentos de defensa eficaces para asegurar la vida de los

Inocentes, puede conceder el derecho a la vida a quienes han hecho de la suya, fría y sistemáticamente,

una profesión colectiva y fanática. La E. T. A. ha segado en unos meses más que los códigos en muchos

años. Y además eligiendo a sus victimas entre ciudadanos que no habían cometido otro delito que el de

servir a la sociedad o comportarse como diligentes padres de familia. ¿Disponemos y utilizamos esos

instrumentos de defensa?

Es incómodo gobernar sentado sobre las bayonetas. Es mucho más difícil gobernar sentado sobre esa

pirámide de papel que sale de las urnas, Pero las urnas conceden la legitimación democrática plena para

aplicar las leyes y para gobernar con tanta autoridad como sea necesaria para salvaguardar el don precioso

de la libertad, la gran conquista de los pueblos. Las urnas sólo pueden vencer a las metralletas cuando

están preservadas de los Impactos de las «parabellum». Empezamos ahora un nuevo periodo electoral.

Bajo los disparos, y de regreso del entierro diarlo, las urnas no se llenan con el voto libre, reflexivo y

sereno. Se llenan de votos airados, coléricos, temblorosos.

A la hora en que escribo, una noticia que hacía concebir la esperanza de la detención de los asesinos del

gobernador militar de Madrid, parece deshacerse como un vago y brevísimo suspiro de alivio. La E. T. A.

campa por sus respetos en el País Vasco y fuera de él. ¿Vamos a tener que acudir a votar amedrentados

por el terror? E| miedo no es buena tierra para que florezca la democracia. «O nosotros acabamos con la

E. T. A. o la E. T. A. acabará con nosotros.» ¿No es esto una guerra a muerte? Vamos a olvidar las

debilidades pasadas que trajeron esta situación. De nada vale ya llorar sobre la leche derramada, sino es

para que. cada cual haga examen de conciencia. Pero ha llegado el momento de extirpar las raices. Están

asesinando las urnas a ráfagas de metralleta. Jaime CAMPMANY.

 

< Volver