ETA y el problema vasco, ponencia del coronel Cassinello. 
 El cambio incesante de hombres y planes resta eficacia en la lucha contraterrorista     
 
 Ya.    13/06/1982.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

13-VI-1982

Nacional

"ETA y el problema vasco», ponencia del coronel Cassinello

El cambio incesante de hombres y planes resta eficacia en la lucha contraterrorista

«ETA y el problema vasco» fue el título de una extensa y documentada ponencia del coronel Andrés Cassinello, del CESID, que se leyó y debatió en la última jornada del seminario sobre «Terrorismo internacional» que se ha venido celebrando en un hotel madrileño. En la sesión intervino también Arish R. Turle, y las jornadas fueron clausuradas después de que el sociólogo Salustiano del Campo presentase su ponencia relativa a la «Aproximación sociológica al problema del terrorismo».

Tras un somero repaso a las teorías del terrorismo y el marco general del problema, el coronel Andrés Cassinello afirmó, ya refiriéndose en concreto a la ETA, que «la tragedia es que desde 1833, hace ciento cincuenta años, no ha habido una generación vasca que no haya contemplado a los otros españoles a través de la mira de un fusil».

El proceso de indoctrinación y los parámetros de la situación vasca fueron otros aspectos que trató el corone] Cassinello antes de adentrarse en el examen del informe Foessa, «recusado en base a ciertas peculiaridades, pero que no haríamos mal tomándolo en serio, porque es congruente con los resultados electorales obtenidos en 1980 por Herri Batasuna, que obtuvo el 16,32 de los votos electorales, más del 9,66 por 100 de Euskadiko Eskerra y una parte sensible del PNV, en el que todos somos conscientes de la existencia en su seno de una fuerte tendencia independentista».

«Para medir su fuerza —continuó Cassinello— se puede partir de los resultados electorales y de la concurrencia a las movilizaciones.

La movilización popular

En las elecciones de marzo de 1982 la coalición HB obtuvo 152.000 votos. Esa cifra puede darnos el techo máximo de quienes le apoyan con derecho a voto, animados por no más de diez mil militantes de esa organización política. Pero una cosa es votar, que no compromete a nada y otra participar. Las movilizaciones populares, constituyen así un segundo termómetro que nos sirve para medir el número de los más comprometidos. Las movilizaciones populares alcanzaron su cénit en agosto septiembre de 1977, cuando en Pamplona se reunieron 60.000 personas para recibir a los extrañados de ETA. De entonces acá hay un continuo descender de las cifras.

A partir de 1979 ya las convocatorias no son simultáneas en las tres provincias; en 1980 fracasan por primera vez las marchas proamistía, que antes habían sido semillero de nuevos militantes de ETA, con lo que éstas no se convocan en 1981 y, por fin, en ese último año abundan los partes de novedades de treinta manifestantes donde antes se manifestaban tres mil. Otro dato significativo es que últimamente las manifestaciones más numerosas se producen por hechos no provocados por ETA, sino como consecuencia de hechos propios (entierro de etarras como Arregui, muerto en Carabanchel, o de Lucio, muerto frente a la Guardia Civil en Orio).

Conviene también resaltar que es en 1980 cuando las manifestaciones contra el terrorismo comienzan a conseguir altas tasas de movilización popular, iniciándose la confrontación entre PNV y abertzales con motivo de los asesinatos de Ryan y Pascual Múgica, ingenieros de Lemóniz.

Describiendo la preparación técnica de los comandos, el coronel del CESID indicó que «hacer explotar una carga al paco de un autobús, disparar a la nuca de un coronel retirado o contra la espalda de un guardia civil no precisa ninguna técnica depurada. Basta la que tiene cualquier asesino.

«Las acciones —continuó— son de extremada sencillez y las distancias de tiro, cortas. En su historia, ETA ha llevado a cabo muy pocas acciones de planificación elaborada: la emboscada de Ispaster, el robo de siete toneladas de explosivos en Santander, el asesinato de Carrero... y poco más».

«La preparación habitual de sus hombres se realiza en cursos en Francia, de corta duración. De mayor duración, pero igualmente de escasa calidad,-son los cursos celebrados en el extranjero: en Beirut, con la OLP; en Argel y en Yemen del Sur.

El aprendizaje de los comandos

Los cursos en Beirut han sido al menos dos, a los que asistieron 18 miembros de ETA (p-m), con una duración de ocho días, en la que efectuaron hasta 73 disparos con distintas armas. El curso fue calificado como una «chapuza» y varios de los participantes habían enfermado por el mal estado de la comida. Como prueba de inadaptación, figuraba una marcha de resistencia por el desierto, que cualquiera sabe qué utilidad tendría para los vascos.

En Argel, uno de los cursos se desarrollo del 1 al 15 de abril de 1976, en la Academia de la Policía, estimándose en 100 el número de militantes de ETA (p-m). De la calidad del curso puede servir como juicio las palabras de Errati Urrutia: «Con posterioridad presté el servicio militar en Zaragoza, en el que el nivel de conocimientos militares adquiridos fue superior al alcanzado en Argelia.»

ETA (m) celebró, cuando menos, un curso de cuarenta y cinco días en Yemen del Sur entre febrero-marzo de 1980, al que asistieron un total de 14 de sus miembros.

Cambio incesante de hombres y planes

La conducción de la lucha armada contra ETA fue criticada por el coronel Casinello: «Se caracteriza

—dijo— por el ensayo continuo de nuevos planes y procedimientos que se cambian apenas iniciados y por el relevo incesante de hombres al frente de los puestos de más capacidad de decisión. En tres años, cuatro directores generales de la Guardia Civil, tres ministros, tres directores de Seguridad, cuatro generales jefes de la quinta zona de la Guardia Civil, cuatro jefes superiores de Policía de Bilbao, tres jefes de comandancias de San Sebastián y Bilbao... Una guerra larga ha de caracterizarse por la continuidad en la dirección y el planeamiento, y la verdad es que en esta lucha, la necesidad de los éxitos próximos nos ha llevado a prisas y a un continuo tejer y destejer.»

Bajo el epígrafe de «medidas de energía», el coronel Cassinello analizó las declaraciones de estado de excepción y la atribución de competencias a la jurisdicción militar para delitos de terrorismo, considerando que no fueron beneficiosas, tanto por extender las limitaciones de derechos individuales a una mayor parte de la población como por la imagen negativa de celebrar consejos de guerra en tiempos de paz contra civiles.

Los indultos, extrañamientos y amnistías, entendidos como medidas pacificadoras, tampoco eran nuevos, y ya se utilizaron en tiempos pretéritos para las partidas carlistas. Cassinello pasó revista en este punto a todas las medidas de gracia (las penas de muerte conmutadas del proceso de Burgos, el extrañamiento de 17 etarras, la amnistía general de octubre del 77), indicando que después de la amnistía general de 1977, en lo que restaba de ese mismo mes de octubre ETA realizó cinco nuevos asesinatos, «con lo que las medidas de gracia fueron por un lado y los resultados de la lucha por otro». ¿Cómo valorar lo hecho? Es indu-

dable que la amnistía no supuso la paz, ni tan siquiera mitigó la acción terrorista. Lo discutible es su incidencia en el tentó despegar de las masas respecto al núcleo de ETA. En ese aspecto no es aventurado asignarle un valor positivo.

La coordinación policial

Para el coronel Cassinello, la coordinación de los servicios policiales constituye una utopía en la práctica y un objetivo técnico deseable. «En la lucha contra ETA —añadió— ha habido tres intentos de establecerla, pero han sido basados más en la necesidad de dar una respuesta a un clima de ansiedad pública que como intento serio de recomponer la conducción de la lucha desde bases más racionales.»

El coronel Cassinello pasó revista a los varios intentos de mando único registrados hasta la fecha, y refiriéndose al penúltimo dijo: «El nombramiento de Santamaría se produjo como consecuencia del atentado de Ispaster, en el que fueron asesinados seis guardias civiles. La verdad es que el general Santamaría, pese a todas sus atribuciones por decreto, mandó a la Policía Nacional, de la que era inspector; coordinó algo a la Guardia Civil cuando sus criterios coincidían con los de la Dirección General, y fue orillado por todo el Cuerpo Superior de Policía. Más se consiguió a través de su trato humano que con su inexistente coordinación a lo largo del año más duro en víctimas del terrorismo y más difícil en elecciones.»

Los resultados de la lucha antiterrorista, según los datos aportados por el ponente, son los siguientes: desde 1968 hasta 1 de mayo de este año, 349 asesinados (103 guardias civiles, 37 policías nacionales, 25 hombres del CSP, 32 militares y 152 civiles, además de 492 heridos. En el mismo período, 64 terroristas fueron muertos (41 en enfrentamientos, dos ejecutados, doce en acciones de incontrolados y nueve en accidentes sufridos por ellos mismos). Como consecuencia de la acción policial, más de 3.500 miembros de ETA han sido detenidos, de los que unos quinientos quedan en prisión.

 

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