Autor: Bandrés Molet, Juan María. 
   Ante la muerte de Joseba Arregui     
 
 El País.    17/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

TRIBUNA LIBRE

Ante la muerte de Joseba Arregui

JUAN MARJA BANDRES

¿Ingenua buena fe o cínica hipocresía? Esa es la duda que nos plantearíamos, si la experiencia no nos preservase de la candidez a la que naturalmente tendemos, ante tanta expresión de sorpresa, tanto gesto de estupor en torno a la tortura y posterior muerte de José Arregui, militante, seguramente, de ETA Militar.

Como si el hecho de la tortura fuese nuevo; como si no hubiese sido nunca denunciado; como si, al margen de la credibilidad de los denunciantes, no se hubiese puesto de manifiesto que objetivamente el sistema legal que contempla el terrorismo propicia lo que Carlos Santamaría define acertadamente como un «vacío de jurisdicidad», la cómoda pervivencia de esa despreciable Institución —digo Institución, con mayúscula— de la tortura.

En las actuales circunstancias, lo verdaderamente extraño sería que no se torturase, y ahora, ante este hecho, que sólo se diferencia de otros cientos que hemos denunciado —corriendo el riesgo de sentarnos en el banquillo de los acusados, por cierto— en que esta vez alguien ha cometido un error de cálculo sobre los límites de la resistencia humana al sufrimiento, me sorprende que personas relacionadas incluso con el aparato policial se extrañen no ya por el error y por la monstruosidad de sus consecuencias, sino por la pura posibilidad de que en este país se practique la tortura. Como si la Comisión de Derechos Humanos del Congreso no estuviera atestada de denuncias; como si Amnistía Internacional no hubiera hablado a tiempo advirtiendo del peligro.

Mucho me temo que esta pose ingenua no sea más que una preparación al angélico rol al que habrán de acomodarse para tratar el caso Arregui como hecho aislado, susceptible de ser solucionado

por un par de dimisiones, incluso con algún procesamiento, quién sabe, pero sin recurrir a la necesaria y profunda transformación de la ley, de los aparatos de seguridad responsable, de lo que de ninguna forma puede aceptarse como hecho accidental y aislado.

Cuando Arregui luchaba con la muerte, cuando trataba desesperadamente de meter el aire de Carabanchel en sus pulmones encharcados, Euskadiko Ezkerra defendía en el Parlamento vasco la inconstitucionalidad de la ley de suspensión de derechos fundamentales ante un PSOE que defendía lo contrario, basándose en la utilidad —según palabras de su representante García Damborénea— de la retención de los detenidos en comisaria durante el tiempo necesario para la obtención de información provechosa para la prevención de actos de terrorismo (¡cómo me recordaba García Damborénea los argumentos de Osear Alzaga y del propio Rosón!). Y, como decía el responsable de Euskadiko Ezkerra, que se explique por qué tendría que hablar el octavo o noveno día un detenido que no ha querido hacerlo el primer día, y si no es más lógico pensar que ese tiempo es útil solamente para disimular los golpes a base de «tamtum» u otros antiinflamatorios ricos en bencidamina.

A mí, y supongo que a otros muchos, nos da la impresión de que las indignaciones de última hora nacen del hecho de que los torturadores se han pasado; torturar, sí; pero sin pasarse, dentro de un orden y, sobre todo, con discreción, sería la expresión. Incluso las pasadas son comprensibles si no son

extremas, porque, como decía el parlamentario socialista antes aludido, existiendo la misma honora bilidad a guardias y a ladrones: «¿quién ha conculcado el derecho de Ryan y los muertos anteriores a tener abogado, a declarar en un juicio, a no ser torturados?».

En este país se llevan las dialécticas de tus muertos contra los míos. Las muertes son las únicas razones y nadie se plantea nada si no hay cadáver por medio. Iberduero necesita ver muerto a Ryan para someterse a la autoridad de las instituciones vascas; el PNV también, para plantearse seriamente el referéndum sobre Lemóniz, y el PSOE ver a Arregui en el anatómico forense para caer en la cuenta de que la tortura no es una entelequia.

Alguien dijo, no sé quién, que unos mueren y otros trafican con el cadáver. Cada muerto es el muerto de alguien y ese alguien hará el mejor uso posible de sus restos. Ryan no era mi muerto, desde mi posición antinuclear —yo deseo sinceramente la paralización de las obras de Lemóniz y su demolición y por eso me critican haberme indignado por su muerte—, y ahora la toma de posiciones ante aquel suceso, la crítica honesta a ETA Militar por aquella acción y a quienes protagonizaron los hechos desgraciados que acontecieron luego, me impide, según ellos, hacer mío el cadáver de Arregui. Tampoco es mi intención rentabilizar para beneficio de mis ideas ninguna vida humana. Pero tampoco cargaré sobre mis espaldas el peso de esa muerte. Tendrán que hacerlo quienes aprobaron una ley que facilita la tortura, quienes pudiendo

no se opusieron desde sus escaños vacíos a su aprobación, quienes desde su ceguera política no saben inventar para Euskadi más camino que el que exige necesariamente pisar charcos de sangre.

Dentro de una racional incerti-dumbre, mi camino está claro. Seguiré clamando —como lo vengo haciendo desde hace muchos, muchísimos años— contra el más grave atentado a la dignidad humana: la tortura desde el Estado practicada por funcionarios a quienes todos pagamos el sueldo. Seguiré exigiendo la derogación —aunque me quede solo— de la legislación que posibilita estos hábitos espantosos. Seguiré gritando, hasta quedar ronco, «¡que se vayan!», sin necesidad de pedir a nadie que los maten. Seguiré pidiendo la liberación de todos los presos políticos vascos y la vuelta de los exiliados, convencido de que por ahí también pasa la pacificación en Euskadi. Seguiré propiciando el diálogo y la negociación y el pacto, si es posible. Seguiré propiportando con dolor, y si es posible con dignidad, las criticas acerbas, y, en ocasiones, injustas, de quienes, deseando en el fondo lo mismo que yo deseo, muestran a veces su censura a pedrada limpia. Seguiré creyendo que se puede no estar conforme con muertes como la de Ryan e indignarse hasta la exasperación por muertes como la de Arregui. Seguiré luchando con mis hermanos trabajadores vascos y con todos los hombres capaces de comprender nuestra angustia, por una Euskadi socialista, libre y en paz.

Esta es mi responsabilidad. Que asuman la suya quienes hacen que los vascos, para ser oídos, no tengamos otra alternativa que matar o que nos maten.

Juan María Bandrés es diputado de Euskadiko Ezkerra por Guipúzcoa.

 

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